El círculo perfecto

Punto inicial

Acababa de cumplir 36 años. Trece años antes mi padre había tenido un accidente laboral y tras sufrir un traumatismo craneoencefálico, quedo como un niño pequeño. Durante ese tiempo se convirtió en un ángel, su sonrisa permanente y su vivir en el presente, lo hicieron un ser muy especial, mi gran maestro, al que adoraba, me encantaba perderme entre sus brazos.

¿Qué pasó?

El día 19 de noviembre del 2014, tras algunas semanas de estar haciéndole pruebas, mi hermano me llamó al trabajo:

-Tata, es un cáncer y no pinta bien.

No recuerdo que le dije, pero en ese momento, un escalofrío me atravesó de arriba a bajo, como si me partiera el cuerpo en dos, el corazón, se me encogió, el estómago, los pulmones… sentí un nudo en la garganta como si se me rompiese. Un vacío abismal, con los pies al borde de un acantilado y miedo muchísimo miedo. Fui corriendo al baño y empecé a llorar, lloraba y lloré, presentía lo que iba a ocurrir.

Tres meses después, mi padre murió.

¿Que te ayudo a cambiar?

En un primer momento empecé a leer libros sobre el duelo y la muerte, de Elisabeth Kubler Ross, El libro tibetano de los muertos… Pero no conseguían calmar mi obsesión de querer entender lo que estaba pasando y el por qué o él para que, al contrario a veces despertaba mi ira cuando leía frases como “la muerte no existe”, ¿cómo que no existe? Mi padre se moría! Y cada segundo era una cuenta atrás, se iba.

Justo una semana después de la noticia, empecé el Máster de Desarrollo Personal y Liderazgo de Borja Vilaseca. El primer día, aún no entendía que hacía allí, hacer el Master era lo último que me apetecía. Pero las casualidades no existen, y gracias al Máster y los amigos que allí conocí, en el viaje de despedida de mi padre, aunque doloroso igual, me sentí sostenida, acompañada… Estoy convencida de que sin ellos todo habría sido más difícil. Me ayudaba a desconectar del trabajo, hospital, casa… Y muchos de los talleres me trasformaron a la vez que liberaron cosas de mí que ni yo conocía, como el taller impartido por Ana Sabaté, donde descubrí una ira contenida que creía hacia el mundo pero en realidad era hacia él, por qué de nuevo nos dejaba y esta vez para siempre.

La escritura fue un salvavidas en el que me apoyé y refugié. En las páginas en blanco volcaba y vaciaba palabras y palabras, y preguntas sin respuestas y dolor y llanto, puedo decir que fue un faro en ese momento de mi vida.

Que te ha aportado?

La muerte de mi padre, ha sido y es la mayor enseñanza de mi vida. Un año y medio después empiezo a vislumbrar que quizá la muerte no existe, aunque es cierto que es algo que todavía no he integrado del todo, pero siento que él no se ha ido, VIVE EN MI. Aprendí que la muerte llega sin avisar y que tenemos que vivir, VIVIR cada día, como si fuese el ultimo, decir a los que amamos que los amamos, relativizar, y agradecer lo que tenemos y valorar la gran suerte de estar sanos y vivos. La muerte me regaló vida y un agradecimiento infinito.

Y aquella sensación que viví del día en que al volver al pueblo de mi padre a esparcir las cenizas, de repente, un círculo que se había iniciado sesenta y un años antes, se cerraba, un círculo perfecto, donde ya era imposible distinguir el inicio del final, donde no había comienzo, donde terminaba nada y nada empezaba, perfecto, un circulo perfecto.

El Master, me mostró heridas aún sin cicatrizar, partes de mí que no conocía, vulnerabilidad y luz mucha luz!!

¿En qué punto te encuentras ahora?

Me encuentro en un momento que el recuerdo ya no duele tanto, aunque está presente cada día.

El Máster me ayudó a ver la dirección en la que seguir caminando. Me apunté a un curso de Escritura y en octubre inicio el Máster con Alba Payás de Duelo y Acompañamiento.

Con la muerte de mi padre, me di cuenta que en esta sociedad hay mucho que hacer en torno a la muerte, desde la educación e información hasta los cuidados paliativos. Le damos la espalda, nos venden la eternidad como si siempre fuésemos a vivir y cuando llega la muerte a nuestras vidas, algo de lo que nunca hemos hablado ni nos han enseñado, nos sacude de tal manera que, al menos a mí me ocurrió, te encuentras en medio del mar bajo una tormenta y a la deriva.

Intentó tener presente cada mañana que quizá hoy puede ser mi último día y esto me ayuda a VIVIR.

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