El tiempo sí existe y tiene una importancia crucial en nuestra vida. Últimamente me he dado cuenta de que siempre que conozco a una persona nueva, una de las primeras preguntas que me hace es “¿cuántos años tienes?” Una pregunta aparentemente anodina que tiene su carga…

Un número, una casilla

Cuando contestamos a la pregunta, en seguida se nos asocian unas cuantas ideas preconcebidas, como por ejemplo:

Con 19 años, somos inmaduros, salimos de fiesta y nos emborrachamos.

Con 41 años, se nota que ya no tenemos 20, no estamos tan en forma.

Con 54 años, es imposible cambiar de trabajo.

Con 73 años, empezamos a perder la memoria.

Con 87 años, nos duele todo.

A cada edad le corresponde una larga lista de prejuicios que supuestamente tenemos que cumplir. Tienen que ver con las experiencias vividas, el físico, el trabajo, la forma de vestir, los intereses, las relaciones, las competencias, la salud etc… ¡No hay área de la vida que se salve! Sabiendo la edad, encasillamos, hacemos una valoración de quien es la otra persona y nos posicionamos con respecto a ella. La máquina está en marcha.

Masoquismo inconsciente

Cuando la otra persona tiene una edad similar a la nuestra, nos quedamos muy satisfechos y nos reconocemos en ella. Nos alegramos de que seamos de la generación X, Y o T, tenemos mucho en común y nos hace sentir bien. En caso contrario, somos muy diferentes y todo nos separa. Si la persona es mayor, suele ser una vieja y si es menor, es mona pero le falta un punto de madurez. Nos comparamos y empezamos a flagelarnos sin darnos cuenta.

Si consideramos como viejo a alguien que tiene 5 años más que nosotros, nuestra mente subconsciente sabe que a la vez tenemos 5 años más que otros muchos y que nos estamos llamando viejos a nosotros-mismos en este preciso instante. ¿Cómo nos hará sentir este pensamiento? Inconscientemente muy tristes…

Nos identificamos tanto con la fecha que sale en nuestro DNI que manifestamos en nuestra vida lo que toca pasar con esa edad. Hay creencias colectivas aceptadas por la inmensa mayoría y decidimos inconscientemente hacerlas nuestras. Si creemos que la vida adulta es dura y que hay que luchar, ésta es la realidad que vamos a vivir. Entramos en un círculo vicioso en el cual nuestra experiencia refuerza la creencia asociada.

Otro ejemplo muy revelador es cuando nos vamos acercando a los 40: si no cumplimos con las expectativas del momento, es decir los niños, la casa y un buen coche, nos invade el pánico. La mirada y los juicios de los demás nos hacen sentir muy mal: nuestra familia se preocupa por nosotros y muchos nos ven como unos raros o incluso unos fracasados… Siempre es más cómodo ser como todo el mundo.

Finalmente tenemos un miedo terrible a envejecer y muchas de las creencias que tenemos integradas en nuestra mente nos llevan a sufrir de una manera u otra.

Decidimos de lo que creemos 

A la vez vivimos una realidad muy distinta a nuestros pensamientos: tenemos amigos de todas las edades y sabemos que las afinidades y la madurez van mucho más allá de un número. Hay contra-ejemplos especialmente inspiradores como Tao, Paddy o Johanna. Si ellas pueden ¡todo el mundo puede! Hay gente de 50 años que empieza un proyecto nuevo, adolescentes que parecen más maduros que muchos adultos y escuchamos numerosos mensajes potenciadores a lo largo del día.

¿Cómo es pues que quedamos presos de tantas creencias limitantes acerca de la edad? ¿Será nuestro patrón de “la vida es sufrimiento” él que hace que pongamos nuestra atención en lo que lo alimenta? ¿Tiene relación esa obsesión con la estructura de la escuela donde nos separan por edad, creando paredes en nuestras mentes similares a los muros de las aulas?

El tiempo sí existe porque cada día lo perpetuamos y creemos que existe. Pero es tan sólo una percepción y como todas las percepciones, se puede transformar. Nosotros decidimos de lo que creemos y eso va a marcar nuestra experiencia de vida. Pasa por darnos cuenta de que otro punto de vista es posible y creerlo. Pasa por cuestionar lo que escuchamos en nuestro entorno con lucidez y decidir conscientemente si lo aceptamos y lo hacemos nuestro o no. En cada momento tenemos el poder de cambiar las creencias que nos hacen daño para integrar otras nuevas que nos hagan felices. ¿Qué decidirás creer y crear a partir de ahora?

Pregunta – respuesta

Me encanta jugar. Cuando me preguntan por mi edad, suelo contestar con la pregunta “¿para qué quieres saberlo?” Me suelen decir que “para nada, a mí no me importa la edad, no sé, para saberlo…” Es muy gracioso: nuestras conversaciones están llenas de preguntas retóricas que teóricamente no nos importan pero que objetivamente sí nos importan… Otra pregunta que me gusta hacer es “¿cuántos años crees que tengo?” Porque sí, la edad es en gran parte una cuestión de creencias: yo tengo la edad que creo que tengo y los demás tienen la edad que creo que tienen. “Tengo 152 años y el mejor cirujano plástico del mundo, te lo aconsejo”.

Finalmente he decidido ya no preguntarle la edad a nadie porque quiero conocer a las personas que me encuentro sin ideas preconcebidas. Porque realmente no me importa la edad que tienen. Quiero disfrutar del momento presente sin filtros y aprender de ellas, tengan la edad que tengan. Ligereza y curiosidad, eso es todo lo que queda al soltar mi patrón añejo. Eso sí, reconozco que alguna vez el viejo automatismo ha vuelto a saltar y le he preguntado la edad a alguien… No pasa nada, la próxima vez lo haré distinto.



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