Hay recuerdos que llegan cuando menos los esperas
Ayer, en un día especialmente triste por el accidente ferroviario de Toledo, Facebook me devolvió un recuerdo de hace once años.
Un texto que escribí en 2015 sobre Madrid. Sobre aquella ciudad en la que viví una de las etapas más bonitas de mi vida.
Y no pude evitar emocionarme.
Quizá porque aquel escrito comenzaba hablando de andenes, de vagones de tren, de personas anónimas con las que compartimos trayectos y rutinas. De esos amaneceres que dejamos de mirar cuando la vida empieza a ir demasiado deprisa.
Y ayer, precisamente ayer, mientras tantas personas se enfrentaban al dolor de una tragedia, aquellas palabras volvieron a mí.
Me hicieron pensar en todas las vidas que se cruzan cada día sin conocerse. En las historias que viajan dentro de cada vagón. En las personas que salen de casa pensando que será un día cualquiera, sin imaginar que la vida puede cambiar en un instante.
Pero también me hicieron viajar a una época de mi vida que recuerdo con una felicidad inmensa.
Madrid.
Mi Madrid.
La ciudad en la que fui libre, independiente, soñadora, valiente. Donde construí proyectos, compartí vida, descubrí lugares, amé, me equivoqué, aprendí y fui profundamente feliz.
He vuelto a leer aquel texto con los ojos de la mujer que soy hoy. Y he descubierto que, además de recordar una ciudad, estaba reencontrándome con una versión de mí misma a la que admiro profundamente.
Quiero compartirlo exactamente como lo escribí entonces. Sin corregir sus errores, sin cambiar sus expresiones, sin modificar una sola palabra.
Porque esas palabras pertenecen a aquella Yamilet.
Y hoy quiero dejarla hablar.
Madrid, 2015 — Mi relato original
Es una chica que te invita a vivir rápido, a perderte entre los andenes y los vagones de tren… Te hace cambiar de casa tres veces en un año y de cama alguna tantas más … El tiempo vuela y te ves envuelta en una nube de no sé muy bien el qué, en la que se acaba convirtiendo tu vida. Paseas por ella de puntillas, no vaya a ser que todo aquello a lo que no estás acostumbrada se parta en mil pedazos y caigas sobre no se muy bien el qué tampoco… Esta mujer te va poniendo pruebas y dificultades que el día uno se convierten en grandes mosntruos contra los que luchar y al día 600 monstruos con los que dia a día lidias, con un compromiso firmado por ambas partes para que no sea catastrófico.
Sigues la marcha y ya no ves amaneceres ni vaos saliendo de la boca que de ese señor que siempre sube en la segunda puerta del cuarto vagón, tampoco ves al padre del niño de tres años en el andén con bastón en mano con el que mide las distancias para no chocar contra la gente mientras mira a ninguna parte, sin nada que ver…
Van cambiando los escenarios y los protagonistas de la historia, ahora lo más común es observar por el retrovisor cómo el hombre elegante con corbata que está detrás de tu coche se urga la nariz, el de alante se despista y no sigue el ritmo del tráfico y la de la derecha gesticula a modo de gritos mientras mantiene una conversación con alguién que no está… Y así cada día, unas veces a 19, otras a 5, otras a 11… Unos veces parado, otras veces ocasional y otras veces al máximo. Lo primero eran los grados, lo segundo la velocidad del parabrisas…
Y te lanzas a cada día practicamente igual, al parecer lleno siempre de lo mismo y te das cuenta que no… Que cada día está lleno de besos y abrazos diferentes, que sus pequeños ojos brillan hoy de forma diferente ayer y que la presión con la que hoy toman tu mano con las suyas tan chiquitinas mientras te llaman por tu nombre son distintas… Que las sonrisas cambian unas veces son cómplices, otras irónicas, otras picaras… que hay mil y una noche llenas de magníficos cuentos de hadas, o no… Que hay libélulas que vuelan y se posan en pequeños oasis dando un remanzo de paz al ritmo, a la rutina… Y vuelven a salir las ganas, las ilusiones y los sueños…
Ella te da todo lo que quieras, lo que sueñes, lo que necesites y lo que no, también. Pero no pasa nada, xq ya también te ha hecho fuerte, te ha hecho capaz de lidiar y de poder con todo. Con el paso del tiempo auténticos desconocidos se convierten en tus amigos, en las personas importantes y la familia de él en tu propia familia. Él es alguien importante en ella, llegó a los 150 días y desde entonces es parte de este barco que navega no sabemos muy bien a dónde, pero sí teniendo claro el por qué!! Y así empezamos de nuevo cada día , lleno de miles de incertidumbres porque ya no tengo necesidad de controlar nada, lleno de seguridades porque vivo con la certeza de que ser fiel a una misma es lo más importante y que la honestidad hacia lo que uno siente y necesita es lo primero… Y desde ahí te mueves, teniendo un lugar de referencia que da lugar a margen de error que a mi me hace sentir llena.
Ella te transforma, te convierte en alguien diferente, no sé si mejor o no, pero lo que esta claro es que te cambia. Te hace fuerte pero sensible, prudente pero aventurera, pasional pero racional… Lo bueno de MADRID es que te lo ofrece todo!! A 2500 km tengo lo que más quiero en el mundo pero en Madrid tengo mi vida, mi futuro… Aprender a lidiar con los monstruos, la honestidad hacia lo que sientes y permitirte un margen de error son las claves que hacen que quiera ver en esta ciudad el lugar al que vine para quedarme. Ella, te lo pone fácil! Ella me hace sentir YO!
A la Yamilet que fui: gracias por traerme hasta aquí
Once años después, vuelvo a leer estas palabras y me emociono.
Pero no desde la tristeza.
Me emociono desde el orgullo. Desde la admiración. Desde un agradecimiento tan profundo que a veces me cuesta ponerle palabras.
Porque cuando miro a aquella Yamilet, veo a una mujer extraordinaria.
Una mujer con una fuerza que parecía inquebrantable. Con sueños, metas, proyectos y una convicción enorme de que aquello que quería podía conseguirlo.
Una mujer que tenía energía para comerse el mundo y que, de alguna manera, se lo comía.
Que era responsable de sí misma, de sus decisiones, de su vida. Que no esperaba a que las cosas sucedieran, sino que salía a buscarlas.
Una mujer imparable.
Y quiero detenerme en algo que para mí es especialmente importante.
Aquella Yamilet también tenía miedo.
No era una mujer que avanzaba porque no sintiera miedo. Avanzaba a pesar de él.
Se atrevió a cambiar de ciudad, a construir una vida lejos de casa, a perseguir sus sueños, a crear proyectos, a equivocarse, a volver a empezar.
Y lo hizo.
Con miedo, pero lo hizo.
Y hoy siento un orgullo tremendo por ella.
Por todo lo que consiguió, pero también por todo lo que intentó. Por cada decisión que tomó sin saber cómo acabaría. Por cada vez que confió en sí misma cuando no tenía ninguna garantía de que las cosas saldrían bien.
Madrid fue una de las épocas más bonitas de mi vida.
No necesito idealizarla ni convertirla en algo que no fue. Sé que hubo dificultades, incertidumbres y momentos complicados. Lo dejé escrito entonces.
Pero también sé que fui inmensamente feliz.
Que viví con una intensidad maravillosa. Que tuve sueños y fui a por ellos. Que compartí momentos con personas extraordinarias, algunas de las cuales siguen caminando a mi lado tantos años después.
Y que disfruté profundamente de aquella vida que estaba construyendo.
Hoy, cuando miro atrás, también aparece cierta nostalgia.
Echo de menos aquella energía desbordante. Aquella sensación de que podía con todo. Esa convicción de que, si quería algo, encontraría la manera de conseguirlo.
Mi vida ha cambiado mucho desde entonces. Yo también.
He atravesado experiencias que jamás habría imaginado. He tenido que aprender otras formas de ser fuerte, de escucharme, de cuidarme y de relacionarme conmigo misma.
Pero no quiero mirar a aquella mujer desde la comparación.
No quiero exigirme ser hoy la misma Yamilet que era entonces.
Quiero admirarla. Quiero quererla. Quiero agradecerle todo lo que hizo.
Porque gracias a ella hoy estoy aquí.
Gracias a sus decisiones, a sus sueños, a su valentía y a su capacidad de hacerse responsable de sí misma, hoy soy quien soy.
Y eso es algo que le agradezco cada día.
A veces pienso en lo poco que nos detenemos a reconocer a las personas que fuimos.
En cómo miramos nuestras versiones anteriores desde lo que sabemos hoy, desde los errores que cometimos o desde aquello que todavía nos falta por conseguir.
Y qué importante me parece aprender a mirarnos también desde el reconocimiento.
Reconocer todo lo que hicimos para llegar hasta aquí.
Reconocer nuestros esfuerzos, nuestras renuncias, nuestras decisiones valientes.
Reconocer que muchas veces tuvimos miedo y, aun así, seguimos adelante.
Yo hoy quiero mirar a aquella Yamilet y decirle algo muy sencillo:
Te admiro profundamente.
Admiro tu fuerza, tu libertad, tu energía, tu valentía y tu manera de vivir.
Admiro la confianza que tenías en ti misma.
Admiro tu capacidad de soñar y de convertir tantos de esos sueños en realidad.
Y te quiero.
Te quiero muchísimo.
No solamente por todo lo que conseguiste, sino por quien eras mientras lo intentabas.
Gracias por no dejar que el miedo te paralizara.
Gracias por atreverte a vivir aquella vida.
Gracias por construir recuerdos que hoy siguen haciéndome sonreír.
Gracias por las personas, los lugares, las experiencias y los aprendizajes que forman parte de mi historia.
Y, sobre todo, gracias por haber hecho tanto para que hoy yo pueda ser quien soy.
No sé si aquella Yamilet habría imaginado todo lo que vendría después.
Pero sí sé algo.
Si hoy pudiera sentarme frente a ella, la abrazaría muy fuerte.
Y le diría que estoy inmensamente orgullosa de ella.
Que no cambiaría lo que vivimos.
Que sigo agradeciéndole cada día todo lo que hizo.
Y que, aunque la vida nos haya cambiado, sigo llevándola conmigo.
Porque Madrid no es solamente una ciudad a la que recuerdo con cariño.
Madrid es también el lugar donde vivió una de las versiones de mí misma que más admiro.
Y qué suerte haber sido ella.
Con todo mi amor,
Yamilet Blanco




