A los docentes que mañana vuelven al cole…
En los últimos tiempos, el papel del profesor ha cambiado mucho.
La escuela ha cambiado, las familias han cambiado y también lo han hecho las necesidades de los niños y adolescentes. Pero, en medio de todos esos cambios, tengo la sensación de que algo se ha ido perdiendo por el camino: el respeto y la confianza hacia la figura del docente.
Y no, esto no significa que los profesores sean perfectos. Como ocurre en todas las profesiones, hay profesionales mejores y peores. Hay quienes conectan especialmente bien con sus alumnos y quienes, como todos, tienen aspectos en los que seguir aprendiendo y mejorando. Los profesores también se equivocan.
Pero me preocupa que, en ocasiones, parezca que hemos pasado de la necesaria colaboración entre familia y escuela a una relación basada en la sospecha. Familias que cuestionan constantemente cada decisión o que, sin darse cuenta, sitúan al profesor casi en el lado contrario.
Y educar así se hace muy difícil.
Porque los profesores de hoy no solo enseñan. Tienen que atender a la diversidad del aula, gestionar conflictos, adaptarse a las necesidades individuales de cada alumno, realizar informes, asistir a reuniones, evaluar, responder a una burocracia cada vez mayor y, además, hacer frente en ocasiones a la presión y al cuestionamiento constante de algunas familias.
A mi consulta llegan profesores. Profesionales. Vocacionales. Personas que eligieron esta profesión porque querían enseñar, acompañar y formar parte del crecimiento de niños y adolescentes. Y, sin embargo, muchas veces llegan saturados, agotados y con la sensación de que el sistema les exige cada vez más mientras reciben cada vez menos apoyo.
Porque detrás de un profesor también hay una persona. Una persona que puede sentirse frustrada, cansada o desbordada.
Por eso, al comenzar este nuevo curso, me gustaría lanzar una reflexión tanto a las familias como a los profesionales de la educación.
Necesitamos volver a construir y cuidar el vínculo entre la escuela y la familia.
No somos enemigos. No deberíamos situarnos en bandos opuestos cuando surge un problema. Si un niño está teniendo dificultades, si algo nos preocupa o si no estamos de acuerdo con una decisión, el diálogo debería ser siempre nuestro primer camino.
Podemos preguntar antes de acusar. Podemos escuchar antes de juzgar. Y también podemos recordar que, aunque familia y escuela tengamos funciones diferentes, compartimos algo fundamental: queremos ayudar a ese niño o adolescente a crecer y estar bien.
Nuestros hijos necesitan sentir que los adultos importantes de su vida trabajan en la misma dirección. No significa estar siempre de acuerdo. Significa poder hablar, escucharnos y colaborar incluso cuando pensamos diferente.
Mañana muchos profesores volverán a sus centros con la ilusión de comenzar un nuevo curso. Algunos seguro llevarán ya días preparando sus aulas, organizando materiales, pensando en cómo recibir a sus nuevos alumnos, en los nombres que pronto aprenderán y en todo lo que les espera durante los próximos meses.
Habrá cansancio, habrá dificultades y, seguramente, habrá momentos complicados. Pero también habrá muchos profesionales que seguirán entrando cada mañana en sus aulas con vocación.
Que no olvidemos que detrás de cada maestro y de cada profesor hay, en la mayoría de los casos, alguien que un día eligió esta profesión porque creyó en la educación.
Ojalá este curso hagamos un pequeño esfuerzo por cuidar también a quienes cuidan, enseñan y acompañan a nuestros hijos tantas horas al día.
Porque cuando familia y escuela trabajan juntas, desde el respeto y la confianza, es cuando realmente tenemos más posibilidades de ayudarles.
Feliz comienzo de curso a todos.





