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Cómo tratar con una persona con una adicción activa: qué hacer y qué no hacer

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Vanesa Fernández, psicóloga integradora en Barcelona y online. Especialista en terapia individual, de pareja y sexual
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Hay llamadas que se quedan contigo después de colgar.

Hace unos días me llamó una mujer que estaba pasando por una situación muy difícil. Su pareja consume cocaína y ella acababa de tener un bebé. Me hablaba desde el cansancio, la preocupación y, sobre todo, desde una sensación de desorientación: ¿qué hago?, ¿cómo puedo ayudarle?, ¿hasta dónde tengo que llegar?, ¿qué puedo hacer para que deje de consumir?

Cuando hay una adicción dentro de una pareja, estas preguntas aparecen una y otra vez. Y cuando además acaba de llegar un bebé, todo puede hacerse todavía más complejo. Ya no se trata únicamente de cómo afecta el consumo a la relación de pareja. Aparecen nuevas responsabilidades, preocupaciones económicas, miedo por el bienestar del bebé y, en ocasiones, una sensación de estar sosteniendo prácticamente sola una familia que debería sostenerse entre dos.

Pero hay una idea que puede resultar dolorosa y, al mismo tiempo, liberadora:

Tú no puedes conseguir que otra persona deje de consumir.

Puedes quererla profundamente. Puedes hablar con ella, intentar convencerla, acompañarla a pedir ayuda, buscar profesionales, esconder la droga, controlar el dinero, cubrir sus ausencias o solucionar los problemas que va dejando a su paso.

Puedes hacer todo eso por amor.

Y, sin embargo, la decisión de dejar de consumir y el proceso de recuperación pertenecen a la persona que tiene la adicción.

Esto no significa que la familia no pueda hacer nada. Todo lo contrario. La familia puede hacer mucho. Pero ayudar no siempre significa hacer más. A veces significa dejar de hacer determinadas cosas.

Dejar de encubrir.

Dejar de pagar.

Dejar de mentir.

Dejar de rescatar.

Dejar de intentar controlar cada movimiento.

Y empezar a poner límites.

Esta diferencia entre ayudar y rescatar es fundamental cuando convivimos con una persona que tiene una adicción activa. Porque, sin darnos cuenta, podemos acabar organizando nuestra vida alrededor de su consumo: pendientes de dónde está, cuánto ha tomado, con quién está, si volverá a casa, si cumplirá lo que ha prometido o qué problema tendremos que solucionar mañana.

Y mientras intentamos salvar al otro, nuestra propia vida puede ir quedando en segundo plano.

Este artículo nace también de esa llamada. No para juzgar a quien consume —la adicción no es simplemente una cuestión de falta de voluntad—, ni para culpabilizar a quien convive con ella. Al contrario: nace de la necesidad de recordar algo que muchas familias necesitan escuchar:

No eres responsable de la adicción de la persona que quieres.

No puedes curarla por ella.

Y poner límites no significa que hayas dejado de quererla.

A partir de aquí, podemos preguntarnos qué significa realmente acompañar a una persona con una adicción activa sin perderse uno mismo en el intento.

  1. Recuerda: tú no has causado la adicción

Una de las primeras trampas en las que puede caer la familia es la culpa.

“¿En qué me equivoqué?”

“¿No le presté suficiente atención?”

“¿Tendría que haber sido más firme?”

“¿Fue por el divorcio?”

“¿Le di demasiado?”

“¿No supe poner límites?”

Cuando convivimos con una persona que tiene una adicción es muy fácil buscar una explicación dentro de nosotros mismos. La culpa puede parecer una forma de encontrar sentido a algo que resulta incomprensible.

Pero ser familiar, pareja, madre, padre, hermano o amigo de una persona con una adicción no significa haber causado su enfermedad.

Las adicciones tienen un origen complejo. Intervienen factores genéticos, neurobiológicos, psicológicos, sociales y ambientales, y no existe una única causa que explique por qué una persona desarrolla un trastorno adictivo y otra no.

Por eso, asumir una responsabilidad que no te corresponde no ayuda a la persona que consume.

Al contrario: puede hacer que termines intentando compensar constantemente su comportamiento, justificándolo o protegiéndolo.

Y cuando alguien ocupa permanentemente el lugar de quien “arregla las cosas”, la persona con la adicción tiene menos oportunidades de asumir su propia responsabilidad.

No eres responsable de haber provocado su adicción.

Y tampoco eres responsable de conseguir que deje de consumir.

  1. No puedes curar la adicción de otra persona

Esta es probablemente una de las ideas más difíciles de aceptar.

Puedes querer muchísimo a alguien.

Puedes conocer perfectamente el daño que le está haciendo el consumo.

Puedes haberle explicado cientos de veces lo que está perdiendo.

Puedes haberle llevado a profesionales.

Puedes haber escondido el alcohol.

Puedes haber tirado las drogas.

Puedes haber llamado a su trabajo para justificar sus ausencias.

Puedes haber pagado sus deudas.

Puedes haberle acompañado a urgencias.

Y, aun así, no puedes decidir por él o por ella que va a dejar de consumir.

La familia puede influir, acompañar y facilitar el acceso al tratamiento. La evidencia actual reconoce precisamente que la participación familiar puede mejorar el apoyo y favorecer la recuperación. Pero participar en el proceso de recuperación no significa tener el control sobre él.

Esta distinción es fundamental:

Puedes ayudar a una persona a buscar tratamiento, pero no puedes hacer el tratamiento por ella.

Puedes ofrecer una puerta.

No puedes obligarla a atravesarla.

  1. La persona que sí puedes cambiar eres tú

Cuando alguien vive durante mucho tiempo cerca de una adicción, puede llegar un momento en que toda su energía se concentra en la otra persona.

“¿Dónde estará?”

“¿Habrá consumido?”

“¿Con quién está?”

“¿Cuánto dinero lleva?”

“¿Qué excusa voy a poner esta vez?”

“¿Qué hago para que no vuelva a consumir?”

“¿Cómo consigo que entienda que se está destruyendo?”

La atención se dirige constantemente hacia el otro.

Pero existe una pregunta mucho más útil:

¿Qué puedo hacer yo para proteger mi bienestar y dejar de participar en una dinámica que me está haciendo daño?

La familia también necesita ayuda. SAMHSA señala que los problemas de consumo afectan a todo el sistema familiar y recomienda que quienes acompañan a una persona con una adicción cuiden también de su propia salud y consideren recursos de apoyo o terapia familiar.

Tu responsabilidad es tu vida.

Tus decisiones.

Tus límites.

Tu seguridad.

Tu salud.

Tus hijos, si los tienes.

Tus relaciones.

Tu economía.

Y también decidir qué comportamientos estás dispuesto a aceptar y cuáles no.

  1. No encubras las consecuencias del consumo

Este es uno de los puntos más difíciles para las familias porque suele hacerse desde el amor. El hijo no se presenta a trabajar porque ha estado consumiendo y la madre llama para decir que está enfermo.

La pareja tiene una deuda y el otro miembro de la pareja la paga.

La persona pierde documentación, dinero o pertenencias y alguien vuelve a solucionar el problema.

Hay un conflicto legal y la familia intenta resolverlo.

Ha consumido y alguien se queda despierto toda la noche esperando que llegue.

La intención suele ser comprensible:

“Quiero evitarle problemas.”

Pero evitar sistemáticamente las consecuencias puede terminar protegiendo la propia dinámica adictiva.

En el ámbito de las adicciones se utiliza el término facilitación o enabling para describir determinados comportamientos mediante los cuales otra persona, aunque sea sin intención, reduce las consecuencias naturales del consumo y puede contribuir a que el problema se mantenga. Los manuales clínicos de NIDA y SAMHSA han señalado este tipo de dinámicas familiares.

Por eso, una pregunta útil antes de intervenir es:

“¿Estoy ayudando a esta persona a recuperarse o estoy evitando que experimente las consecuencias de su consumo?”

No siempre será fácil responder.

Y no significa que haya que ser cruel.

Significa que amar no implica solucionar todos los problemas que genera la otra persona.

  1. Desligarse con afecto no significa dejar de querer

Poner distancia emocional o dejar de rescatar puede generar una enorme sensación de culpa.

“Si no le ayudo, soy una mala madre.”

“Si no le doy dinero, ¿qué va a hacer?”

“Si no voy a buscarlo, puede pasarle algo.”

“¿Cómo voy a dejar que se equivoque?”

Pero establecer límites no significa abandonar.

Puedes decir:

“Te quiero, pero no voy a darte dinero para pagar tus deudas.”

“Te quiero y estoy dispuesto a acompañarte a buscar tratamiento, pero no voy a mentir por ti.”

“Puedes quedarte en casa, pero no puedes consumir aquí.”

“Si estás bajo los efectos de una sustancia, no voy a discutir contigo. Hablaremos mañana.”

Esto es lo que podríamos llamar desligarse con afecto: dejar de intentar controlar la conducta de la otra persona sin dejar de reconocer su humanidad.

La familia no tiene que elegir entre dos extremos: rescatar o abandonar.

Existe una tercera posibilidad:

estar disponible sin hacerse cargo de aquello que corresponde al otro.

  1. No conviertas tu casa en un campo de batalla

Cuando una persona consume, la familia puede entrar en una dinámica de vigilancia constante.

Buscar sustancias.

Esconderlas.

Tirarlas.

Revisar bolsillos.

Controlar el teléfono.

Vigilar amistades.

Intentar impedir que vea a determinadas personas.

Seguirle.

Llamarle continuamente.

Todas estas conductas pueden generar una sensación temporal de control, pero no solucionan la adicción.

Si una persona quiere conseguir una sustancia, esconder una determinada cantidad en casa difícilmente resolverá el problema.

Esto no significa que tengas que permitir que existan drogas dentro de tu hogar.

Puedes establecer un límite sobre lo que ocurre en tu casa sin asumir la responsabilidad de controlar todo lo que ocurre fuera de ella.

Por ejemplo:

“En esta casa no quiero drogas ni consumo de sustancias. Si decides consumir, esa es una decisión tuya, pero no voy a permitir que ocurra dentro de casa.”

El límite se refiere a lo que tú harás, no a lo que obligarás a hacer al otro.

Y esta es una diferencia esencial.

Un límite no es:

“Tú no vas a consumir.”

Un límite es:

“Si consumes dentro de casa, yo haré X.”

  1. La culpa y los reproches no producen recuperación

Una frase muy frecuente es:

“Si realmente me quisieras, dejarías de consumir.”

Parece lógica.

Pero la adicción no funciona así.

El amor de la familia no puede sustituir un proceso de tratamiento y recuperación.

Además, la culpa puede alimentar precisamente algunos de los estados emocionales que acompañan al consumo: vergüenza, desesperanza, ansiedad, aislamiento o sensación de fracaso.

Esto no significa que haya que evitar hablar de las consecuencias del consumo.

Significa que hablar de consecuencias no es lo mismo que humillar.

Puedes decir:

“Tu consumo está afectando a nuestra relación y yo no voy a seguir viviendo de esta manera.”

Pero es muy diferente decir:

“Eres un egoísta y estás destruyendo a toda la familia.”

La primera frase habla de límites y consecuencias.

La segunda ataca a la persona.

El Plan Nacional sobre Drogas recomienda precisamente mantener una actitud comprensiva pero firme, dialogar y confrontar la situación sin juzgar, dramatizar, encubrir o acosar continuamente con reproches y acusaciones.

  1. Aprende a poner límites concretos

Decir “tienes que cambiar” no es un límite.

Decir “no puedes seguir así” tampoco.

Un límite tiene que ser concreto, realista y aplicable por ti.

Por ejemplo:

  • “No te voy a prestar dinero.”
  • “No voy a pagar tus deudas.”
  • “No voy a mentir a tu jefe.”
  • “No voy a llamar a otras personas para justificarte.”
  • “No voy a permitir consumo dentro de casa.”
  • “Si llegas bajo los efectos de una sustancia y empiezas a agredirme verbalmente, terminaré la conversación.”
  • “No subiré al coche contigo si has consumido.”
  • “Si hay violencia, me marcharé y pediré ayuda.”
  • “Si quieres iniciar un tratamiento, te acompañaré a buscar recursos.”

Los límites deben ir acompañados de una segunda pregunta:

¿Qué haré yo si este límite se traspasa?

Porque un límite que no estamos preparados para mantener se convierte rápidamente en una amenaza vacía.

Y cuando la familia establece un límite, lo importante no es repetirlo veinte veces.

Es cumplirlo de forma coherente.

Los enfoques actuales de intervención familiar también subrayan la importancia de establecer límites saludables mientras se mantiene el vínculo y se busca apoyo para la familia.

  1. No confundas amor con permisividad

Es posible querer profundamente a una persona y, al mismo tiempo, estar completamente en desacuerdo con su comportamiento.

De hecho, una relación sana necesita poder sostener ambas cosas.

“Te quiero” y “no voy a aceptar esto” pueden existir en la misma frase.

El problema aparece cuando para demostrar amor acabamos aceptando cualquier cosa.

Cuando el miedo a que la persona se enfade nos impide poner límites.

Cuando dejamos de expresar lo que pensamos para evitar conflictos.

Cuando permitimos robos, amenazas, violencia, manipulación económica o conductas que ponen en riesgo a otras personas.

El amor no debería exigir la desaparición de tus propios límites.

  1. No conviertas la adicción en un secreto familiar

La vergüenza puede llevar a las familias a esconder el problema.

“Que nadie se entere.”

“No quiero que lo sepan sus amigos.”

“En nuestra familia estas cosas no pasan.”

Pero las adicciones pueden aparecer en cualquier tipo de familia y no son una deshonra familiar.

El Plan Nacional sobre Drogas recomienda no ocultar la evidencia del consumo y buscar orientación profesional cuando existe un problema. España dispone además de una red pública de atención a las adicciones, con recursos de diferentes niveles y programas adaptados a las necesidades de cada persona.

Pedir ayuda no significa haber fracasado.

Significa reconocer que el problema es demasiado complejo para resolverlo solos.

Y la ayuda no tiene por qué ser únicamente para quien consume.

La familia también puede acudir a un profesional aunque la persona con la adicción todavía no quiera hacerlo.

  1. ¿Qué hacer cuando la persona todavía no quiere dejar de consumir?

Esta es quizá una de las situaciones que más desesperan a las familias.

“¿Qué hago si sé que tiene un problema pero no quiere tratarse?”

La respuesta no es sencilla.

No podemos obligar a una persona adulta a desear recuperarse simplemente mediante argumentos, amenazas o reproches.

Pero sí podemos modificar nuestra propia manera de relacionarnos con la situación.

Podemos dejar de encubrir.

Podemos poner límites.

Podemos proteger a los hijos.

Podemos cuidar nuestra economía.

Podemos pedir ayuda profesional.

Podemos aprender a comunicarnos de otra manera.

Podemos expresar nuestra preocupación sin entrar en discusiones interminables.

Y podemos dejar una puerta abierta al tratamiento:

“Cuando decidas pedir ayuda, estaré dispuesto a acompañarte.”

La conversación también importa. Las recomendaciones actuales aconsejan escuchar sin juzgar, hacer preguntas abiertas, mostrar apoyo y entender que pueden ser necesarias varias conversaciones antes de que una persona acepte buscar ayuda.

La motivación para cambiar no siempre aparece de golpe.

A veces necesita tiempo.

  1. No esperes a que toque fondo

Existe una idea muy extendida según la cual una persona tiene que llegar a una situación límite para estar preparada para recuperarse.

Es cierto que las consecuencias pueden aumentar la motivación para cambiar. Pero no es necesario esperar a que una persona pierda su trabajo, su pareja, su vivienda, su salud o llegue a una situación de extrema gravedad para pedir ayuda.

Una persona puede comenzar un tratamiento aunque siga consumiendo.

Puede pedir información.

Puede hacer una primera valoración.

Puede empezar a reconocer el problema.

Puede reducir riesgos.

Puede iniciar un proceso terapéutico.

La atención de las adicciones no se limita a la desintoxicación. Los recursos especializados pueden trabajar también la dependencia psicológica, la motivación, la prevención de recaídas, la recuperación y la incorporación social.

Por eso, la familia puede ofrecer ayuda sin esperar a que ocurra una catástrofe.

  1. Y tú, ¿cómo estás?

Esta pregunta suele quedar fuera de la conversación.

Todos preguntan por la persona que consume.

Pero ¿quién pregunta por la madre que lleva meses sin dormir?

¿Por la pareja que vive en alerta?

Por el hermano que recibe llamadas de madrugada.

Por los hijos que están aprendiendo a convivir con secretos, miedo o imprevisibilidad.

Una adicción puede transformar completamente el funcionamiento de una familia. Los problemas económicos, los conflictos, la pérdida de confianza y la sobrecarga emocional pueden afectar profundamente a quienes conviven con ella.

Por eso, cuidar de ti no es egoísmo.

Dormir.

Seguir trabajando.

Mantener tus amistades.

Hacer ejercicio.

Salir.

Pedir ayuda.

Ir a terapia.

Poner distancia cuando sea necesario.

No vivir pendiente del teléfono.

No hablar constantemente de la adicción.

Todo eso también forma parte de la recuperación familiar.

  1. Si hay violencia, la prioridad cambia: seguridad antes que límites

Hay una excepción importante a cualquier recomendación sobre acompañamiento familiar.

Si existe violencia física, amenazas graves, intimidación, abuso sexual, riesgo para menores, conducción bajo los efectos de sustancias o una situación de peligro inmediato, la prioridad no es mantener la relación ni conseguir que la persona acepte tratamiento: es garantizar la seguridad.

En determinadas familias, intentar poner límites directamente puede incluso aumentar el riesgo.

En esas situaciones es importante buscar asesoramiento profesional y recursos especializados y, si existe peligro inmediato, recurrir a los servicios de emergencia correspondientes.

Los problemas de consumo pueden coexistir con violencia y otras situaciones de riesgo; los documentos clínicos sobre intervención familiar recomiendan valorar expresamente estas circunstancias.

Ayudar no significa hacerse responsable

Quizá la idea más importante sea esta:

No puedes recuperar a otra persona por ella.

Pero sí puedes dejar de participar en aquello que mantiene tu propia vida atrapada en la adicción.

Puedes quererla.

Puedes escucharla.

Puedes acompañarla.

Puedes ofrecerle recursos.

Puedes decirle que estás ahí.

Y al mismo tiempo puedes decir:

“Esto no lo voy a hacer por ti.”

“Esto no lo voy a permitir en mi casa.”

“Esta deuda no la voy a pagar.”

“Esta mentira no la voy a contar.”

“Esta situación no la voy a ocultar.”

“Si quieres buscar ayuda, te acompañaré.”

Eso no es abandonar.

Es devolver a cada persona aquello que le corresponde: la responsabilidad sobre su propia vida.

Como planteaban Arnold M. Washton y Donna Boundy en Querer no es poder, querer profundamente a alguien no significa tener el poder de cambiarlo. La recuperación exige que la persona con la adicción participe activamente en su propio proceso.

Y para la familia, a veces el primer paso no consiste en conseguir que el otro deje de consumir.

Consiste en dejar de intentar vivir por él.

Una pregunta para terminar

Si estás viviendo de cerca la adicción de una persona a la que quieres, quizá puedas preguntarte:

¿Qué cosas estoy haciendo por amor que, sin darme cuenta, están impidiendo que la otra persona asuma las consecuencias de sus decisiones?

Y después:

¿Qué límite necesito poner para volver a ocupar mi propio lugar en mi vida?

No puedes controlar si otra persona consume.

Pero sí puedes empezar a decidir cómo quieres vivir tú mientras esa persona decide qué hacer con su vida.

Si necesitas ayuda

La familia no tiene por qué esperar a que la persona con la adicción quiera acudir a tratamiento para pedir orientación. Un profesional especializado en adicciones puede ayudar a identificar dinámicas de facilitación, establecer límites realistas, mejorar la comunicación y proteger el bienestar de quienes conviven con el problema.

En España existe una red pública de atención a las adicciones con recursos ambulatorios y especializados. El Plan Nacional sobre Drogas – Ayuda cerca de ti permite localizar recursos de atención.

Bibliografía

  • Washton, A. M., & Boundy, D. (1991). Querer no es poder: Cómo comprender y superar las adicciones. Paidós.
  • Substance Abuse and Mental Health Services Administration (SAMHSA). Substance Use Disorder Treatment and Family Therapy. Treatment Improvement Protocol 39.
  • National Institute on Drug Abuse (NIDA). Therapy Manuals for Drug Addiction Series: Family Involvement.
  • American Society of Addiction Medicine (ASAM). Addiction Explained. Recursos sobre adicción, tratamiento, recuperación y apoyo a familiares.
  • Delegación del Gobierno para el Plan Nacional sobre Drogas. Qué hacer ante la sospecha o evidencia de consumo. Ministerio de Sanidad.
  • Delegación del Gobierno para el Plan Nacional sobre Drogas. Red de atención pública a las drogodependencias en España. Ministerio de Sanidad.
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