Mi historia comienza en Burgos, en el corazón de Castilla, pero mis raíces se hunden en Extremadura. Crecí con un pie en cada mundo, sintiéndome a menudo dividido por las marcadas diferencias culturales y, sobre todo, climáticas. Mi infancia transcurrió entre dos realidades muy distintas: los inviernos de Burgos, con su nieve y sus heladas, y los veranos extremeños, con su sol implacable, la sequía y el olor a monte.
Vivir en ese contraste, entre el frío interior y el calor seco, creo que agudizó mi mirada. Me hizo sensible a las diferencias, a los matices y a cómo el entorno nos moldea. Fue en ese escenario, en esa dualidad, donde empecé a hacerme preguntas. No eran preguntas abstractas, sino muy vitales: ¿Por qué sufrimos de la forma en que lo hacemos? ¿Qué nos mueve a tropezar varias veces con la misma piedra? ¿Qué hay detrás de nuestras pasiones y nuestros miedos?
La psicología parecía el camino obvio para explorar estas cuestiones. Sin embargo, pronto descubrí que buscaba algo más que respuestas estandarizadas. Lo encontré en el psicoanálisis. Fue un encuentro decisivo. Me sedujo su rigor, su profundidad intelectual y, sobre todo, su valentía para no simplificar la complejidad humana. El psicoanálisis no me ofrecía un manual de soluciones rápidas, sino algo mucho más valioso: un método para escuchar y las preguntas adecuadas para explorar el malestar en su absoluta singularidad.
Mi formación me llevó a Madrid, donde viví una etapa fundamental, sumergiéndome en un estudio que, en realidad, nunca se detiene.
Si algo define mi recorrido es una curiosidad insaciable. Esta curiosidad me ha llevado a explorar académicamente , mucho más allá de la psicología clínica, distintos campos que, para mí, están profundamente conectados: desde las complejidades de la teoría psicoanalítica hasta los fenómenos sociales que nos marcan. No los veo como títulos separados, sino como distintas ventanas para observar un mismo misterio: cómo intentamos construir una vida que valga la pena.
Esta misma curiosidad es la que me mueve en mi vida personal. Tengo un profundo interés por la vida en todas sus formas: por los animales, por las plantas, por la belleza que se esconde en los detalles cotidianos. Creo que esta capacidad de observación, de apreciar lo singular de una planta o el comportamiento de un animal, está íntimamente ligada a la escucha clínica. Ambas requieren paciencia y una mirada atenta a lo que a menudo pasa desapercibido, pero que está cargado de significado.
Esta sensibilidad conecta directamente con mi pasión por el arte y la cultura. Mi participación activa en foros que unen el Cine y el Psicoanálisis no es un anexo a mi profesión, sino una parte central de ella. El arte, como la clínica, es un laboratorio de la condición humana, un lugar donde exploramos nuestras contradicciones, deseos y fantasmas.
Mi interés por otras culturas se refleja también en mi estudio de varios idiomas: Inglés, japonés, alemán... Cada lengua es una lógica distinta, una nueva forma de pensar el mundo. Esta apertura me ha llevado, finalmente, a estrechar lazos profundos con Sudamérica, y en especial con Colombia. Lo que comenzó como un vínculo familiar y conyugal, me ha llevado a residir allí a temporadas y a tejer una red de afectos y colaboraciones académicas y clínicas. Esta experiencia transcultural ha sido, sin duda, uno de los mayores regalos para mi práctica, enriqueciendo mi perspectiva vital y profesional.
Todo este viaje (desde la helada castellana al calor extremeño, de Burgos a Cali, del arte a la clínica) converge hoy en mi consulta. Un espacio donde pongo toda esta experiencia vital al servicio de una sola cosa: escuchar tu historia.