Una reflexión sobre “La Odisea”
Ayer fui a ver La Odisea de Christopher Nolan. Durante casi tres horas asistí a un despliegue cinematográfico poderoso, grandioso por momentos, técnicamente deslumbrante. Salí del cine con una sensación contenida: la película estaba bien, algunas imágenes permanecían, otras se diluían, algunas imágenes me llevaban a otras imágenes icónicas del cine. Sin embargo, mientras regresaba a casa, comenzó otra película. Una película interior.
La historia de Ulises ha estado presente durante toda mi vida. Me llegó a través de mi padre, entre libros sobre La Ilíada, La Odisea y La Eneida. Ahora soy yo quien la comparte con mi hijo, en ediciones donde la palabra convive con el dibujo y los monstruos adquieren formas visibles. Entre mi padre, mi hijo y yo, Ulises vuelve a embarcarse. Cada generación hereda el relato y, al recibirlo, lo transforma.
Quizá esa sea una de las fuerzas más profundas de los mitos: permanecen porque nunca terminan de decir lo mismo.
La película de Nolan, estrenada el 17 de julio de 2026, devuelve la epopeya homérica al espectáculo contemporáneo: el océano real, el cuerpo expuesto, la guerra, los monstruos, el naufragio y el deseo persistente de regresar. Sin embargo, bajo la aventura exterior, me pregunto: ¿Quiere Ulises realmente volver a casa?
Es un viajero hábil que se cuenta que quiere volver a Ítaca.
En Insilio, una migración interior dediqué una parte del viaje al arquetipo de Ulises. Ulises representa al viajero astuto, capaz de adaptarse, negociar, seducir, engañar y encontrar una salida allí donde los demás solo encuentran un muro. Es hábil con las palabras, con las transacciones y con las circunstancias. Sabe transformarse para sobrevivir. Se presenta como rey, mendigo, náufrago o nadie según lo exija el momento. Esa capacidad constituye su fuerza y también su extravío. Llevado al extremo contemporáneo, Ulises se parece al ser humano que ha aprendido a vivir convirtiéndolo todo en oportunidad. Se adapta al mercado, cambia de identidad, optimiza los vínculos y obtiene alguna ventaja práctica de cada experiencia. Incluso el dolor puede convertirse en discurso, prestigio, productividad o conocimiento.
Es el ser humano que sabe salir adelante y que, precisamente por eso, puede tardar muchos años en darse cuenta de que sigue perdido. Ulises afirma una y otra vez que quiere regresar. Habla de Ítaca, de Penélope, de Telémaco, de su reino y de su hogar. Sin embargo, una parte de él permanece fascinado por el viaje. Cada isla prolonga la demora. Cada obstáculo confirma su condición heroica. Cada monstruo le permite volver a mostrarse como el hombre capaz de vencerlo.
También nosotros podemos construir nuestra identidad alrededor de aquello que nos impide llegar. Nos contamos que buscamos el amor mientras elegimos relaciones imposibles. Decimos que queremos descansar mientras organizamos una vida que exige permanecer en movimiento. Afirmamos que deseamos encontrarnos, aunque llenamos cada espacio de ocupaciones, conflictos, metas y experiencias. Así se constituye el autoengaño: una historia suficientemente verdadera para ocultar una verdad más profunda.
La intuición que la película dejó en mí aparece cuando Ulises comienza a recordar el horror. El recuerdo de Troya.
En el poema homérico, la visita al Hades permite al héroe encontrarse con Tiresias, con su madre y con las sombras de quienes participaron en la guerra. El descenso pertenece a una tradición arquetípica mucho más amplia: el viajero necesita bajar al mundo de los muertos para recibir una verdad que la conciencia ordinaria no puede proporcionarle.
La interpretación contemporánea de estas escenas encuentra resonancias con el trauma de guerra, la experiencia del combatiente y la dificultad de regresar a la vida cotidiana después de haber conocido la devastación. La película lleva esta dimensión a un lugar emocional muy concreto: Ulises comienza a regresar cuando recuerda lo que hizo, lo que vio y aquello en lo que se convirtió durante la guerra.
Hasta entonces, Troya podía permanecer dentro de una narración heroica. La gran victoria. La estratagema del caballo. La gloria de los vencedores. El ingenio que derribó una ciudad inexpugnable. Sin embargo, detrás de la hazaña existe una ciudad arrasada. Existen cuerpos, familias, madres, hijos, ancianos, casas quemadas y una humanidad sacrificada en nombre de la victoria. El caballo de Troya, una de las expresiones más admiradas de la inteligencia de Ulises, contiene también la sombra de su astucia: la capacidad humana de convertir la inteligencia en instrumento de destrucción.
Nolan ha situado esta escena en el centro visual y moral de su película, construyendo el caballo como una presencia material y claustrofóbica, asociada tanto al triunfo estratégico como al horror que transporta en su interior.
Ulises puede atravesar océanos mientras Troya permanezca sin atravesar dentro de él. Puede combatir monstruos, sobrevivir a tormentas y escapar de los dioses. El verdadero regreso comienza cuando se resquebraja la narración que tenía sobre sí mismo. Cuando el héroe recuerda que también fue verdugo. Cuando la inteligencia deja de protegerlo de la conciencia. Cuando el dolor encuentra una grieta por la que entrar.
Esta imagen dialoga profundamente con el sentido terapéutico psicoespiritual del viaje interior. Requiere revisitar los pueblos donde nuestra humanidad quedó interrumpida. Lugares biográficos, emocionales y corporales donde vivimos abandono, violencia, humillación, miedo o desamor. También aquellos lugares donde nosotros herimos, traicionamos, manipulamos o permanecimos indiferentes.
La conciencia necesita recorrer ambos territorios. En ocasiones queremos regresar directamente a Ítaca. Deseamos serenidad, amor, pertenencia, propósito o espiritualidad. Buscamos sentirnos en casa sin volver a entrar en las ciudades devastadas que permanecen dentro de nosotros.
El cuerpo conoce esas ruinas. Las conserva en la respiración retenida, en el pecho endurecido, en la mandíbula que aprieta, en el vientre que se contrae y en las relaciones donde repetimos antiguas defensas. El cuerpo guarda la memoria de lo sucedido y también la memoria de las estrategias con las que conseguimos sobrevivir. Por eso, el regreso sucede de forma encarnada. Comprender la historia constituye una parte del proceso. Sentir cómo continúa viviendo en nosotros abre otra profundidad. Cuando la memoria alcanza el cuerpo, el relato deja de ser solamente una explicación. Se convierte en experiencia presente, en emoción, en temblor, en rabia, en duelo y, finalmente, en posibilidad de elección.
Cada pueblo interior necesita ser reconocido. Algunos contienen al niño que quedó esperando. Otros guardan al adulto que aprendió a controlar. En unos habita la víctima. En otros, el agresor.
También están las islas donde preferimos quedarnos porque allí recibimos placer, reconocimiento o una forma de seguridad. Nuestros cíclopes, nuestras sirenas, nuestras Circes y nuestros lotófagos poseen una dimensión íntima. Son configuraciones de la conciencia. Formas de vivir que ofrecen alivio y, al mismo tiempo, prolongan el alejamiento.
A medida que avanza la travesía, Ulises va perdiendo compañeros, barcos, recursos e identidades. Esta pérdida puede leerse como una sucesiva desnudez. Regresar implica dejar atrás hábitos, personajes y sueños que un día nos permitieron avanzar. Viejos yoes que cumplieron una función y que ahora obstaculizan el paso. El salvador, el seductor, el fuerte, el imprescindible, el que siempre sabe, el que nunca necesita, el que huye antes de ser abandonado. Cada remero perdido representa una fuerza que ya no puede acompañarnos hasta el final. Hay identidades que sirven para salir de Troya y que resultan inútiles para entrar en Ítaca.
En los procesos terapéuticos también se atraviesa esa pérdida. La persona comienza preguntándose cómo puede sufrir menos y, en algún momento, descubre que necesita despedirse de la identidad alrededor de la cual organizó toda su vida. La transformación adquiere entonces una dimensión de duelo. Muere una forma de amar. Muere una manera de defenderse. Muere una imagen de nosotros mismos. Muere incluso el sueño que nos sostuvo durante años. Los vientos comienzan a favorecer el regreso cuando dejamos de emplear toda nuestra energía en conservar aquello que ya ha cumplido su tiempo.
Calipso ofrece a Ulises algo que ningún mortal debería rechazar fácilmente: juventud e inmortalidad. La isla de Ogigia aparece como un paraíso suspendido fuera del tiempo. Allí podría vivir protegido del envejecimiento, de la pérdida y de la muerte. Paradójicamente, el refugio paradisíaco puede funcionar también como una figura de muerte, inmovilidad y desaparición de la vida humana.
Ulises elige marcharse. Elige a Penélope, aun sabiendo que es mortal. Elige un cuerpo que envejece. Elige el tiempo. Elige la imperfección. Elige una vida donde amar significa también perder.
Su renuncia a la inmortalidad contiene uno de los gestos más profundamente espirituales de la epopeya: la aceptación de lo humano. Una espiritualidad encarnada comienza precisamente ahí. En lugar de elevarnos por encima de nuestra condición, nos introduce con mayor profundidad en ella. Nos devuelve al cuerpo, al vínculo, a la responsabilidad, al límite y a la muerte.
Calipso representa una tentación que continúa vigente. La fantasía de superar definitivamente el dolor. La promesa de alcanzar un estado donde nada pueda herirnos. La búsqueda de una conciencia invulnerable, una iluminación permanente o una identidad espiritual situada más allá del conflicto.
Ulises abandona esa fantasía. Regresa porque acepta que Ítaca es mortal y finita, y al mismo tiempo, eterna.
Ulises regresa a Ítaca disfrazado de mendigo. Ha perdido su ejército, su flota, sus riquezas y la imagen gloriosa del vencedor de Troya. Entra en su propia casa sin ser reconocido. Regresa desposeído. Siendo nadie.
Tal vez el verdadero viaje heroico consista en regresar siendo nadie: suficientemente vacío de la antigua identidad para poder recibir una vida nueva. En Insilio planteo el viaje interior como el regreso de un ser humano exiliado de sí mismo. Una travesía por infiernos, desiertos, laberintos y heridas donde el dolor se transforma en guía. El retorno jamás conduce exactamente al lugar del que partimos. Después de la experiencia, la casa permanece y el viajero ha cambiado. Ítaca tampoco es la misma porque Ulises ya no puede mirarla con los ojos con los que partió.
Cuando Ulises regresa, casi nadie lo reconoce. El viejo perro Argos sí. Ha esperado durante veinte años, abandonado y envejecido. Al percibir la presencia de su amo, levanta las orejas, mueve la cola y muere. Argos representa el instinto que reconoce antes que la conciencia. El cuerpo sabe quién ha vuelto. La mente puede ser engañada por el disfraz. El cuerpo reconoce el olor, el tono, el ritmo y la presencia. Reconoce aquello que permanece debajo de todos los personajes. Argos espera una señal que ninguna argumentación puede sustituir. Es el instinto quien certifica el regreso.
Mientras Ulises viaja, Penélope teje y desteje. El tiempo. Su telar mantiene suspendido el desenlace. Durante el día construye y durante la noche deshace. Con ese gesto protege la casa, contiene a los pretendientes y conserva un espacio para lo incierto.
Penélope también realiza una odisea. Su viaje sucede en la quietud, en la espera, en la administración del tiempo y en la defensa de un lugar interior. La lectura heroica tradicional ha situado el protagonismo en quien atraviesa mares, mientras deja en segundo plano a quien sostiene la casa para que exista un lugar al que regresar. Ítaca ha sobrevivido gracias a su trabajo invisible. ¿A qué casa vuelve el héroe y quién ha pagado el precio de conservarla?
El viaje de Ulises se completa cuando encuentra a Penélope como una igual en inteligencia. Ella tampoco acepta inmediatamente el relato. Lo prueba. Comprueba su memoria compartida. Le pregunta por el lecho construido alrededor de un olivo vivo. El árbol enraizado confirma la identidad. Su casa se sostiene alrededor de algo que nunca fue arrancado.
Regresar también significa entregar. Ulises vuelve para recuperar su legado, aunque el regreso adquiere sentido cuando permite que Telémaco ocupe su lugar en la continuidad de la vida. El hijo ha crecido durante la ausencia del padre. Ha tenido que buscar noticias, enfrentarse a los pretendientes y construir una identidad bajo la sombra de un héroe legendario.
Para que Telémaco pueda existir plenamente, Ulises necesita regresar como padre y dejar de vivir únicamente como héroe. Tal vez aquí resuene algo de mi propia experiencia. La historia de Ulises me llegó de mi padre. Ahora la leo con mi hijo. Entre ambos movimientos siento la transmisión de algo que va más allá de los libros. Cada padre entrega al hijo un mundo y también sus propias ausencias, heridas, silencios y búsquedas. Dar paso a Telémaco significa permitir que el hijo reciba el legado sin quedar prisionero de él. Que pueda leer su propia Odisea. Que encuentre sus monstruos. Que construya su Ítaca.
Cuando cae un paradigma del mundo aparece un periodo de olvido. Después construimos otro mundo sobre ese olvido. Troya cae y los vencedores escriben la hazaña. Ítaca es recuperada mediante una nueva matanza. El orden se restablece, aunque la violencia que lo funda corre el riesgo de quedar nuevamente oculta. La rueda continúa.
La humanidad crea sistemas, religiones, terapias, ideologías y formas de conocimiento que nacen para liberarla. Con el tiempo, esas mismas formas pueden endurecerse y convertirse en nuevos instrumentos de dominio. Cada generación denuncia el autoengaño de la anterior mientras fabrica uno propio.
Por eso el viaje interior permanece abierto. La conciencia necesita recordar una y otra vez. Recordar el horror sin construir una identidad alrededor del horror. Recordar la herida sin convertirla en destino. Recordar la responsabilidad sin quedar paralizados por la culpa. Recordar el origen sin idealizar el pasado. Recordar que toda Ítaca puede convertirse de nuevo en Troya cuando olvidamos la humanidad del otro.
Ítaca es la casa de todas las casas del viaje humano sobre la Tierra. Representa el lugar donde podemos habitar nuestra experiencia sin escapar continuamente de ella. Un cuerpo capaz de sostener placer y dolor. Una conciencia que reconoce su luz y su sombra. Una vida donde el viaje exterior deja de funcionar como huida.
Regresar a Ítaca significa habitar lo humano. Con nuestra inteligencia y nuestra crueldad. Con nuestra capacidad de amar y destruir. Con nuestros logros, pérdidas, contradicciones y límites. Ulises vuelve envejecido, herido, solo y casi irreconocible. Vuelve después de haber sido rey, guerrero, amante, náufrago, mendigo y nadie. Quizá por eso puede finalmente regresar. El viaje termina cuando deja de utilizar el camino para alejarse de sí mismo.
Entonces los vientos cambian. El cuerpo reconoce. El hijo recibe. La mujer guía. El perro descansa. Y el viajero comprende que la casa que buscaba durante tantos años no era solamente un lugar, es ser un “nómada de lo naciente” buscando el sol de poniente.




