Este fin de semana, realizamos la travesía de “Sexualidades Vivas: Re-conocer-me en la entrega a mi placer”. Nos encontramos con algo que sabemos y que, al mismo tiempo, no siempre recordamos, que la sexualidad no es sólo lo que hacemos, que también, sino que la(s) sexualidad(es) son lo que somos y por ello son plurales y únicas a la vez.
Cómo fuimos mirados, tocados, sostenidos. Cómo aprendimos a acercarnos, a retirarnos, a confiar, a protegernos. Somos seres sexuados.
Durante estos días hemos transitado las sexualidades como un acontecimiento corporal, vivencias y experiencias tanto desde lo biográfico, lo familiar, lo social y lo político. Porque cada cuerpo, cada persona, llega con una historia propia, que contiene mandatos familiares y de una cultura cisheteropatriarcal que ha dicho qué cuerpos son deseables y cuáles deseantes; qué deseos pueden mostrarse o cuáles no; cómo debemos amar; qué significa ser hombre o mujer; qué tenemos que esperar o buscar en el placer, en el vínculo(s) o en la intimidad.
Demasiadas narraciones y guiones prefabricados, construidos, que en ocasiones impiden llegar a las propias experiencias, a lo que el cuerpo vive, recuerda, siente, disfruta incluso cuando la conciencia ha construido otro relato.
La(s) sexualidad(es) conservan lo espontáneo, lo libre, lo imprevisto.
Podemos creer que sabemos quiénes somos, qué deseamos o cómo vivimos nuestro cuerpo, y basta una mirada, una proximidad, un contacto, una emoción inesperada para que ese relato se desplace dando espacio lo que en este momento está presente. El cuerpo responde antes de que podamos explicarnos. Ahí aparecen el deseo y el miedo, el gozo y la vergüenza, la apertura y la retirada, lo conocido y aquello que todavía no habíamos sabido nombrar.
Este es uno de los trabajos nucleares del taller de Sexualidades Vivas. Escuchar lo que acontece sin apresurarnos a interpretarlo.
Volver, permanecer en nuestro cuerpo. Presencia.
Percibir cómo se organiza ante el contacto, cómo protege sus límites, cómo se abre al placer, cómo contiene su historia y cómo, poco a poco, puede recuperar, reparar, otra manera de estar presente.
Los cuerpos, las personas, guardan memoria. También están atravesados por la vergüenza, la violencia, el silencio, los mandatos, la culpa, las desigualdades, las heridas y todas aquellas formas en que aprendimos a alejarnos de lo que sentíamos. Alejarnos de legitimar nuestra experiencia(s) de la(s) sexualidad(es).
Son sagradas y tocan la vida; la intimidad; la creatividad; el goce; el encuentro y esa experiencia difícil de explicar que aparece cuando podemos estar verdaderamente presentes frente a todo lo que abarca las sexualidades. Frente a lo que somos, algo que se mueve, transforma y cambia porque las sexualidades están vivas.
Dejamos de buscar una sexualidad válida ni una identidad definitiva, sino una experiencia más encarnada, más consciente y más propia. Más viva.
Quizá esto sea lo que nos queda después de atravesar este módulo: comprender que las sexualidades son algo que nos acontece; que pertenece a la intimidad, a nuestra historia y a la del mundo que habitamos; y que experimentarla, vivirla, exige tiempo, presencia y una cierta disposición a dejarnos, a darnos permiso a lo que somos.
Habitar una sexualidad viva.
Sagrada que toca la vida.
Sangrante que contiene nuestra historia.
Íntima ya que es lo que somos, lo que nos atraviesa y lo que vivimos a cada instante.
Ha sido una travesía de esas que dejan regusto, que pasan los días y seguimos sintiendo lo vivido. De las que poco a poco vamos haciendo propia y recogiendo fruto.
Que la llegada a casa, a mis sexualidades, traiga permiso, presencia, entrega y el goce de recibir-me.
El derecho a Ser.




