TRÁNSITOS
Movimiento Auténtico · Un proceso de conciencia encarnada
Tránsitos nace como un espacio continuado de Movimiento Auténtico, conciencia corporal y exploración de los procesos de transformación que atravesamos a lo largo de la vida.
Llevo doce años trabajando con grupos de Movimiento Auténtico en diferentes contextos de práctica, estudio y acompañamiento. Doce años viendo cuerpos entrar en una sala, cerrar los ojos, esperar, resistirse, entregarse, quedarse quietos o comenzar a moverse desde un lugar que muchas veces ni siquiera sabían que estaba ahí. Con el tiempo he ido entendiendo que aquella práctica necesitaba, para mí, otro nombre. No porque quisiera inventar una técnica nueva, sino porque necesitaba nombrar de una manera más precisa lo que estaba ocurriendo. Lo llamé Tránsitos.
Tránsitos habla de paso, de umbral, de transformación, de ese territorio intermedio en el que algo deja de ser y lo nuevo todavía no ha terminado de aparecer. La vida entera está hecha de esos movimientos: la infancia que dejamos atrás, los vínculos que se transforman, las pérdidas, los cambios de identidad, los deseos que emergen, las crisis, las separaciones, el envejecimiento, la enfermedad, la muerte, los comienzos. Transitar es vivir mientras algo cambia.
En el Movimiento Auténtico no hay nada preconcebido que pueda contener de antemano aquello que va a suceder. La palabra no precede a la experiencia: llega después, si llega, como un buen augurio nacido del acontecimiento. Primero está el cuerpo, dibujando una palabra encarnada: una tensión, una respiración contenida, un gesto interrumpido, la necesidad de apartarse, el impulso de acercarse. Antes de nombrar lo que sucede, algo ya está sucediendo en nosotros. Y quizá sea precisamente ahí, en ese instante anterior a la explicación, donde comienza la escucha. Por eso cada vez me resulta más difícil pensar el cuerpo como algo que simplemente tenemos. Somos cuerpo. Percibimos, deseamos, recordamos, nos protegemos, nos vinculamos y construimos sentido desde una existencia corporal.
Cuando alguien entra en una práctica de Movimiento Auténtico, la propuesta parece sencilla: cerrar los ojos, esperar y escuchar. Sin embargo, ese mismo acto contiene una dificultad enorme. Estamos acostumbrados a dirigirnos, a anticipar, a decidir, a responder a expectativas, a producir algo. En esta práctica sucede otra cosa. El movimiento puede surgir sin ser ordenado. Una mano comienza a girar, una espalda encuentra el suelo, un cuerpo permanece inmóvil durante largos minutos o aparece un impulso que no estaba previsto. Moverse deja de ser ejecutar y empieza a convertirse en escuchar.
Con el tiempo, esa escucha se ha vuelto para mí una forma de reflexión encarnada, una manera de pensar con el cuerpo. Más que construir conceptos sobre la vida, se trata de aprender a percibirla de nuevo, de permanecer ante lo que sucede sin apresurarnos a concluir, sostener una pregunta, habitar por un momento el no saber. En una cultura saturada de respuestas, opiniones, diagnósticos y explicaciones, cerrar los ojos y esperar son un gesto radical. El cuerpo introduce otro tiempo, casi un tiempo sin tiempo: percibir, respirar, dejar que la experiencia madure y permanecer un poco más cerca de aquello que está ocurriendo.
También he ido comprendiendo el Movimiento Auténtico como una práctica poética. El cuerpo habla de una manera que no siempre necesita traducción inmediata. Aparecen imágenes, símbolos, formas, ritmos. Un cuerpo que se recoge, una mano extendida, una caída, un giro o una quietud prolongada pueden contener algo que todavía no cabe en una explicación. Hay experiencias que necesitan primero una forma poética, una “estética del ser” para poder ser habitadas por el alma, antes de tratar de convertirlas en interpretación. La psique no siempre trabaja de manera lineal; muchas veces se expresa como los sueños, reuniendo tiempos, condensando imágenes y haciendo aparecer algo allí donde la mente esperaba una respuesta.
Esta dimensión me ha llevado también a reconocer el valor terapéutico de la práctica. No porque todo movimiento tenga que conducir a una curación ni porque cada gesto esconda un diagnóstico. Incluso la palabra sanar merece ser puesta en cuestión cuando parece prometer una reparación completa, como si vivir consistiera en volver a estar enteros. Lo terapéutico aparece en la posibilidad de ofrecer tiempo, espacio, presencia y testigo para que una experiencia pueda desplegarse y encontrar otra forma de ser habitada. A veces una persona descubre un límite; otras, aparece una rabia antigua, una necesidad de descanso, una tristeza, un deseo o simplemente la posibilidad de ocupar un poco más de espacio. Quizá no siempre se trate de sanar, sino de aprender a habitar también lo precario, lo frágil, incluso aquello que permanece roto. Hay heridas que se transforman, otras que cicatrizan y algunas que pasan a formar parte de nuestra manera de estar vivos. Abrir no siempre es el camino; a veces necesitamos cerrarnos, retirarnos, decir basta, protegernos o permanecer. El cuerpo tiene su propio ritmo, y una práctica respetuosa comienza precisamente por escucharlo.
Hay una figura esencial en Movimiento Auténtico: el testigo. Alguien se mueve y alguien mira. Pero mirar aquí no significa interpretar al otro. El testigo aprende a reconocer qué sucede dentro de sí mientras observa. Puede decir: esto veo, esto siento mientras te veo, esta imagen aparece en mí. De este modo comienza a construirse una ética de la mirada. Puedo verte sin definirte. Puedo estar cerca sin apropiarme de tu experiencia. Esto, que puede parecer un detalle técnico, tiene una profundidad enorme.
Y quizá sea justamente ahí, cuando dejamos de pensar el cuerpo como algo exclusivamente privado, donde aparece su dimensión política. Porque un cuerpo nunca se forma a solas. Aprende dentro de una familia, de una cultura, de una época; aprende qué puede mostrar y qué conviene ocultar, cuánto espacio puede ocupar, cuándo callar, cómo cuidar, cómo defenderse, cómo desear. Hay cuerpos educados para expandirse y otros para contenerse, cuerpos cuya rabia encuentra permiso y otros que aprenden muy pronto a volverla contra sí, cuerpos acostumbrados a mirar de frente y otros entrenados para bajar la mirada. Nuestra historia social también se vuelve postura, respiración, tensión, gesto. Por eso escuchar el cuerpo no nos aleja del mundo: puede acercarnos a reconocer de qué manera ese mundo nos ha ido habitando.
Por eso trabajar con el cuerpo nunca es completamente neutral. Cuando una persona comienza a percibir con mayor precisión lo que le sucede, también puede empezar a decidir de otra manera. Puede reconocer una invasión, un cansancio, un deseo, una necesidad de distancia, una incomodidad que había normalizado. Un cuerpo que siente puede reconocer un límite. Un cuerpo que encuentra suelo puede ocupar lugar. Un cuerpo que recupera su voz puede dejar de obedecer automáticamente. Eso también es política.
No se trata de convertir una práctica corporal en una asamblea ideológica. Se trata de comprender que las estructuras sociales viven también dentro de nosotros. El patriarcado tiene cuerpo, la precariedad tiene cuerpo, la violencia tiene cuerpo, la vergüenza tiene cuerpo, la desigualdad tiene cuerpo. También la resistencia, el cuidado, el placer, la solidaridad y la libertad tienen cuerpo. La transformación interior y la transformación social no pueden vivir completamente separadas. Si miramos únicamente hacia dentro podemos olvidar el mundo que produce sufrimiento; si miramos exclusivamente hacia fuera podemos olvidar cuánto de ese mundo continúa reproduciéndose en nuestros propios vínculos y gestos.
Por eso reivindico Tránsitos también como una práctica espiritual. Uso deliberadamente esa palabra. No hablo de religión ni de un sistema de creencias. Hablo de una espiritualidad aconfesional, encarnada, una práctica de presencia ante el misterio de estar vivos. Una espiritualidad que no huye de la carne, sino que entra en ella. Que respira, suda, desea, envejece, tiene miedo, siente rabia, experimenta placer y sabe que va a morir. La espiritualidad que me interesa no asciende para abandonar el mundo; desciende para habitarlo.
En este sentido, mover el cuerpo es mover el alma. Y utilizo la palabra alma sin necesidad de encerrarla en una definición. La utilizo para nombrar la profundidad de algunas experiencias. He visto cuerpos doblarse hacia el suelo y encontrar algo que llevaba años esperando. He visto una respiración cambiar una escena interna. He visto personas descubrir que podían quedarse, irse, acercarse, retirarse, llorar, reír, temblar o descansar. A veces es emoción, a veces memoria, a veces imaginación, a veces algo para lo que no encuentro una palabra mejor que alma.
Después de doce años sigo entrando en la sala con preguntas. Y me alegra que sea así. Sería extraño que una práctica construida alrededor de la escucha acabara convertida en una colección de certezas. He aprendido a desconfiar incluso de la idea de autenticidad entendida como un yo puro escondido debajo de capas falsas. Somos mucho más complejos. Estamos hechos de historia, deseo, cultura, vínculos, defensas, contradicciones. Lo auténtico, desde mi manera de entenderlo, aparece cuando disminuye la distancia entre lo que está ocurriendo y nuestra capacidad para permanecer presentes ante ello.
Transitar es una actitud de vida. Derivar en los espacios vitales donde sucede nuestra vida donde el cuerpo y la conciencia se encuentran. Y también aprender que, algunas veces, el movimiento más profundo consiste en detenerse. Cada vez me interesa menos pensar la transformación como una llegada. No sé si existe una forma definitiva de nosotros mismos esperando al final del camino. Me interesa mucho más aprender a permanecer vivos mientras cambiamos. Estar disponibles para aquello que termina y para aquello que todavía no sabemos nombrar.
Tránsitos puede entenderse como la experiencia palpable de aquello que cambia sin dejar de formar parte de nosotros. Lo vivido no desaparece: se sedimenta, se incorpora, encuentra una forma de permanecer. Habitamos el mundo también a través de los hábitos que hemos ido construyendo en relación con él, y algunos terminan convirtiéndose casi en hogar. Por eso transitar no significa desprenderse de todo lo anterior, sino poder reconocer qué nos contiene, qué nos sostiene, qué necesita transformarse y qué puede seguir acompañándonos de otra manera. Somos cuerpo, somos mundo y somos también la huella de lo vivido en común.
Cada experiencia modifica a quien la atraviesa. Actuamos y, al mismo tiempo, somos afectados por aquello que vivimos. Algo entra, algo sale, algo se reorganiza. La experiencia requiere hacer, pero también dejarse tocar, recibir, entregarse a una cierta receptividad. No se trata de quedar pasivamente a merced de lo que ocurre, sino de desarrollar una atención suficientemente viva como para permitir que la experiencia haga su recorrido. En ese sentido, transitar es también habitar aquello que nos sucede sin apresurarnos a expulsarlo, retenerlo o convertirlo inmediatamente en explicación.
No somos simplemente cambiados desde fuera; algo puede transformarse desde dentro cuando la experiencia encuentra espacio para ser vivida. Ese habitar requiere presencia, sensibilidad y una cierta disposición a permanecer en lo incierto, en lo incompleto, incluso en aquello que todavía no sabemos nombrar. Y cuando esto sucede, el Movimiento Auténtico deja de pertenecer únicamente a la sala y comienza a entrar en la vida: en cómo escuchamos, cómo nos relacionamos, cómo atravesamos una pérdida, un conflicto, una espera, una decisión.
Después de años de práctica, Tránsitos aparece así como un comprender el Movimiento Auténtico y, sobre todo, como una actitud ante la vida. Aprender a estar presentes mientras la vida nos mueve.Reconocer que cada paso nos transforma y que transitar no es solamente pasar de un lugar a otro, sino aprender a habitar conscientemente ese espacio intermedio.
Juntas y juntos. Siendo cuerpo. Tejiendo la memoria viva de todo aquello que hemos atravesado.
#movimientoautentico
#transitos
#FedericoMarsa
#espaciotranskorpore
#blogtranskorpore


