Es probable que en los últimos días o semanas hayas escuchado a alguien de tu entorno comentar sobre su cansancio. O quizá lo has visto de forma indirecta. Bostezos, apatía, falta de energía. Puede que lo compares con otros momentos y notes un gran cambio. Incluso puede que tú, te sientas así. Sin saber muy bien por qué te pasa esto. En las siguientes líneas vamos a reflexionar sobre lo que el el filósofo Byung-Chul Han llama la sociedad del cansancio.
El cambio social
Los cambios en la sociedad no se producen de forma brusca, habitualmente. Vamos transitando por diferentes modelos de valores que van calando en las diferentes generaciones y ello va modelando nuestro contexto. Una parte clave en nuestra vida y nuestro desarrollo psicológico y social. Ortega y Gasset dijo aquello de «yo soy yo y mis circunstancias, si no las salvo a ellas, no me salvo yo».
Bien, ¿cuáles son nuestras circunstancias? Hemos pasado de vivir en una sociedad disciplinada, donde nos decían qué y cómo teníamos que hacer las cosas a internalizar los valores del neoliberalismo. Esos valores que construyen las forma en que organizamos la sociedad, han pasado a formar parte de nuestra organización interna. De tal forma, que tratamos de ordenar nuestra vida como se ordena la sociedad capitalista, con los criterios de orden, productividad y eficiencia. Y esto, como estarás suponiendo, es un grave error. Y lo es por muchas causas, como el exceso de individualismo. Nos han vendido la idea del progreso individual, de la hiper responsabilidad que tenemos cada una de las personas exclusivamente con nuestro yo interior. Como forma de afrontar el vacío existencial. Hemos pasado del colectivismo, que proponen las grandes religiones u otras filosofías sociopolíticas a centrar la atención en el yo. Y dentro de ello, la lógica de la productividad. Si mi trascendencia, el valor de mi vida está en lo que soy capaz de producir, cuanto más produzca, más llena estará mi vida. Pero no es así, es una trampa. Nuestra salud emocional no funciona como una empresa capitalista. Ser mejor, todo el tiempo, tratar de lograr alcanzar mi mejor versión, sin que nadie pueda definirla, está en las antípodas de lo que nuestra cabeza necesita. Quizá sea tan sencillo como mirar atrás. Salir por un momento de la vorágine del culto al yo y mirar de dónde venimos. Nuestra naturaleza es colectivista. Hemos evolucionado como especie gracias a la ventaja social. Prescindir de ello es asestar un golpe mortal a nuestra identidad.
Hemos pasado de la narrativa del «deber ser» al «yo puedo», asumiendo un mensaje individualista. Haciendo de lo humano un estado inhabitable que se agota arrollado por el ritmo de la NO VIDA. Hiper producimos frente a la angustia existencial. Y ello provoca un grave caldo de cultivo para dos de los grandes problemas que estamos viviendo en el siglo XXI, el de la soledad y odio. Estamos asistiendo a la destrucción de los tejidos sociales que nos sostienen como individuos. Ponemos el foco en el yo, mientras destruimos lo que nos sostiene y nos rodea, pero somos incapaces de verlo porque vivimos con agotamiento, asilamiento y cada vez más división. Sin darnos cuenta, aportamos a la destrucción de una comunidad en la que no vemos ni compañía ni esperanza.
Puede parecer paradójico, en un momento en el que vemos como los jóvenes están en niveles muy bajos de consumo de drogas, los gimnasios están llenos y las cuentas de Instagram que trabajan el cambio físico lideran las visualizaciones. Cuidamos más de nuestro cuerpo, si. Pero no lo hacemos por salud, para vivir una vida mejor. Lo hacemos porque nos han contado que solo existe el yo, el cuerpo y nuestra fragilidad, Y en esa lógica de variables producir más es vivir más y supuestamente vivir mejor.
El exceso de estímulos sobre los que se construye el mundo moderno constituyen la muerte de la vida. Son lo contrario a la escucha, la reflexión, la mirada humana, cálida y cercana. Parece que constituyen la vida pero no es cierto, solo la parece. Igual que las redes sociales parece que nos conectan con los nuestros, pero es solo un espejismo. Las redes sociales construyen distancia, soledad, una falsa sensación de pertenencia a un ente que no existe. Igual que la sobreestimulación construye un mundo irreal que nos separa de nuestra auténtica naturaleza. El sistema nos quiere dóciles, manejables y dispuestos a dar nuestra propia vida para su propia supervivencia. Y la forma más eficiente es doblegar nuestra voluntad a través del agotamiento. Mientras nos convencen de que tener más, de que ser más, es el camino a la felicidad. La realidad es que es el camino hacia una NO VIDA plena.
Desmontando la narrativa
Nuestra salud mental no necesita un cuerpo perfecto, ni una alimentación perfecta, ni una casa más grande o más ceros en la cuenta corriente. Necesitamos a los demás, una vida más sencilla que nos vincule con nuestra gente, con nuestro pasado, con nuestras raíces. La lógica de la hiper productividad beneficia al sistema económico, que ve cómo sus ingresos y beneficios crecen exponencialmente a costa de las personas que lo formamos.
La vida humana es compartir, es conectar, es conocer. Necesitamos tiempo para los rituales sociales, para conocer a nuestros vecinos y vecinas, para pasar tiempo con nuestras amistades. Para participar en fiestas populares, en actividades comunitarias. Necesitamos parar, para vivir.
Bibliografía
Byung-Chul Han. La sociedad del cansancio. Ed Herder.





