Todos y todas hacemos cosas que nos sientan mal, lo sabemos y aún así seguimos. ¿Qué lógica tiene esto? Si sabemos que nos sienta y nos va a sentar mal, ¿por qué no paramos?. ¿Somos masoquistas? ¿Poco inteligentes? Nada de eso. La respuesta como siempre es mucho más complicada. En psicología estudiamos los componentes de la conducta: todas aquellas variables que influyen en la misma, predisponiéndola, iniciándola y manteniéndola. Y sí, spoiler, esas conductas son muchísimo más complejas de lo que parecen desde fuera.
Deberías dejar de fumar, ¿por qué no te apuntas al gimnasio?, ¿no crees que deberías comer mejor?… Y una infinita lista de reproches y juicios. ¿Lo has vivido? Probablemente la persona que recibe esos mensajes, ya lo ha pensado y mucho. De hecho, es probable que hayan sido muchas las personas que se lo hayan dicho.
Tendemos a buscar en nuestra lógica las razones que tienen las personas para hacer o no ciertas cosas. Esa lógica se basa en nuestra experiencia previa, desde donde emitimos juicios sobre la conducta de los demás. Desde la psicología, cuando ahondamos en el análisis de esas conductas, lo hacemos de la forma más rigurosa: sin juicios de valor y empleando todo el conocimiento que la ciencia ha ido acumulando. Bajo mi criterio, más importante que el por qué se hace algo, es el para qué. La pregunta clave que explica el por qué se mantienen las conductas. Todo ese análisis que hacemos en psicología, nos permite responder a esta pregunta. Y es que, todas las cosas que hacemos, las hacemos para algo aunque la mayoría de las veces no seamos conscientes de los motivos.
No, la persona fumadora no intenta hacerse daño. Fumar puede ser una forma de gestionar las emociones. Puede que haya aprendido esa estrategia para afrontar sus estados emocionales. Al igual que pueden usarse tantas otras cosas como la comida. De la misma forma que la persona que procrastina no es que sea vaga, es que puede que esté evitando enfrentarse a la posibilidad de fracasar, mientras trata de esconder una autoexigencia feroz.
Son solo un par de ejemplos para tratar de visibilizar la complejidad de la conducta humana. Lo mejor que podemos hacer por nuestros congéneres es ser amables, no juzgar ni tratar de explicarles cómo vivir su vida. Aunque lo hagamos con la mejor intención, es probable que causemos más angustia que soluciones.





