Una mirada desde la Psicosomática Viva®
Cuidar a un familiar con Alzheimer es una experiencia que transforma la vida. Este texto nace de mi vivencia como hija y cuidadora, por eso hablo en femenino, pero está dirigido a cualquier persona que acompañe a alguien con un vínculo muy cercano y cuya autonomía se haya visto afectada por la enfermedad de Alzheimer.
La pregunta que inicia el camino
A veces, la primera pregunta que surge es silenciosa, íntima: “Mamá, si tú tuvieses que hacerte cargo de ti misma a partir de ahora, ¿cómo sería tu vida?”
Nos gustaría hacérsela a ella y confiar en su respuesta, pero nos la acabamos haciendo nosotras internamente cuando nos planteamos, por primera vez, que nuestra madre sea cuidada. Te invito a responderla con calma, honestidad y detalle.
Los primeros indicios y el impulso de cuidar
Habrás presenciado ya algún atisbo del desorden que traen consigo los primeros indicios del Alzheimer. Las ganas de ayudar pueden hacer que surja tu amor compasivo y que decidas convertirte en su persona cuidadora principal, sin ser del todo consciente de que acabas de asumir una de las responsabilidades más grandes de tu vida.
Antes de aceptar este compromiso de forma visceral, sin conocer lo que implica, dedica unos minutos a leer este artículo sobre el cuidado de personas mayores con diagnóstico de enfermedad de Alzheimer.
¿Desde qué lugar tomas la decisión de cuidar a mamá?
La decisión de cuidar no debería nacer de la culpa, la deuda emocional o la necesidad de devolver lo que tu madre hizo por ti. Tampoco debería convertirse en una imposición para ella. A veces, una madre prefiere vivir su vejez o su enfermedad fuera de casa para no generar cargas.
También es importante que, durante tu tarea de cuidarla, evites llegar a sentir que mamá está en deuda contigo. Las deudas emocionales siempre buscan saldarse, en esta generación o en las siguientes, y si no lo resuelves, podrías estar programando, sin saberlo, un desequilibrio en el sistema familiar.
Una decisión orgánica
El impulso de cuidar a quienes nos cuidaron de pequeñas es un acto arcaico, tan instintivo como respirar. Pero no basta con seguir el impulso: hay que dedicar tiempo a elegir la forma concreta que tomarán esos cuidados. Únicamente con esta acción ya estás mostrando respeto y atención por esa persona.
Si tu decisión es coherente (tu sentir, tu pensar y tu capacidad de hacer están alineadas) y beneficia a todos los implicados, o al menos no daña al resto, decimos que es una decisión orgánica. Solo desde ahí es posible cuidar con éxito. El éxito no es únicamente evitar que somatices una enfermedad grave, sino seguir recibiendo la nutrición emocional de mamá mientras ella transita las fases de su enfermedad, manteniendo la armonía familiar.
No pierdas de vista este aspecto durante el proceso y, si decides encargarte de los cuidados de mamá, comprométete por un tiempo definido. Este será el que sientas adecuado para ti, dejando abierta la posibilidad de revisión antes de generar un nuevo compromiso. Y valora también la opción de asumir el cuidado en una fase más avanzada de la enfermedad, en lugar de hacerlo desde el principio, ya que así dispondrás de más tiempo para prepararte mientras acompañas el proceso sin una implicación tan absoluta desde el inicio.
¿Pérdida de libertad o expresión adulta de libertad?
Muchas personas que tomaron una decisión equivocada sobre qué hacer con mamá están tristes pasado un tiempo. Respondieron de manera automática, sin la reflexión necesaria, porque no escucharon a tiempo la llamada sutil del Alzheimer. Los primeros despistes, las leves desubicaciones o la repetición de una misma frase fueron señales que pasaron inadvertidas.
En lugar de la libertad de la que esperaban disfrutar, se instala un dolor silencioso que tiñe sus aparentes vidas «normales», y que a veces es la causa de una depresión coyuntural sin motivo aparente. Esa elección, sencillamente, no fue la correcta.
La libertad es un término asociado a la madurez adulta: la capacidad de elegir lo correcto para nuestra vida, respetando nuestros valores. Las decisiones correctas para nosotros nacen de esa madurez emocional, y cuando las tomamos, el corazón se siente en paz. Esa paz, que desea ser compartida y expandida, es nuestra verdadera libertad.
El equilibrio familiar: cuidar a mamá es cuidar del clan
Cuidar a mamá es cuidar del clan o del sistema familiar. Por eso conviene repartir la tarea entre todas las personas implicadas, que no son necesariamente solo los hijos o las hijas, sino quienes sienten el deseo genuino de participar, ya sea un nieto, una sobrina o alguien ajeno a la familia.
Cada persona debe decidir, tras un tiempo de reflexión, cómo quiere colaborar, y esa aportación debe ser respetada sin interpretaciones ni juicios, porque las dinámicas familiares son complejas y cada miembro carga ajustes pendientes que el resto, con frecuencia, desconoce. Recibir con respeto cada propuesta, en lugar de juzgarla, es imprescindible para mantener la paz en los corazones y el amor en el hogar.
La doble vivencia de quien cuida
Quienes cuidan a una madre con Alzheimer sufren, al mismo tiempo, el dolor de su pérdida progresiva: viven un duelo anticipado mientras realizan la tarea práctica de cuidarla. Por lo tanto, en la figura de quien cuida conviven dos roles muy distintos: por un lado, el de la persona adulta y capaz de hacerse cargo de otra que no puede hacerlo por sí misma, y por el otro, el de la niña interior que habita en ella.
Cuando hablamos de la niña interior, nos referimos a esa parte emocional, sensible y vulnerable de nosotras mismas, formada por las experiencias de la infancia, que sigue esperando, en silencio, recibir aquello que en su momento le faltó.
A veces será necesario tranquilizar a esa niña interior, recordándole que puede ocupar su lugar de niña y dejar que la parte adulta se encargue de todo. Hacer bien esta separación en los momentos cruciales evita mucho sufrimiento a quien cuida.
Un regalo para tu niña interior
Mantente presente mientras cuidas a tu mamá, porque este período abre oportunidades únicas para nutrir y honrar a tu niña interior.
Mírala. Es mamá. Es su cuerpo, su voz, sus manos, quizás más huesudas y delgadas, pero es ella. Mírala a los ojos un momento y deja que su mirada te hable. Quizás percibas su susto, su ira o su vergüenza, todo eso que ya conocías y que sigue ahí.
Si la acompañas día tras día con serenidad, verás cómo, poco a poco, tu amor se encuentra con el suyo y algo se aligera en su estructura. Va dejando ir su personaje y empieza a mostrarte partes desconocidas hasta hoy. Una mamá que solo pudo expresarse parcialmente ante el mundo y que hoy ya no tiene miedo de mostrar quién es.
Quizás te preguntes si es a través de esta enfermedad que mamá se está otorgando, por fin, el derecho a ser.
Permítete observar cómo resuena esto en tu interior. A veces, lo que dolió en la infancia no era personal: era un rol, un mandato, un introyecto que ella tuvo que sostener. Cuando lo suelta, es más fácil reconocer su amor.
Para profundizar
Si quieres profundizar en el enfoque de la Psicosomática Viva® aplicado al cuidado familiar y al Alzheimer, visita psicosomaticaviva.com.






