Cumpleaños: Renacer y Gratitud
Esta semana celebré mi cumpleaños. Cada año, cuando se acerca esta fecha, me invaden los nervios y las emociones se agitan; quiero celebrarlo y, al mismo tiempo, preferiría que pasara desapercibido. Este año no fue la excepción. De hecho, decidí no festejarlo. Para mí, ese día dejó de ser mi cumpleaños y lo sustituí por una fecha aún más significativa: el 4 de octubre, el día en que me operaron del corazón y mi vida comenzó a transformarse de manera sorprendente. (Esa historia la contaré en otra ocasión).
Así estaba yo, firme en mi decisión, porque cada vez que pensaba en el 12 de enero sentía una losa sobre mi pecho, un nudo en la garganta y las lágrimas asomaban sin remedio. ¡Cuánta pena me estaba dando a mí misma!
Me preguntaba si realmente era necesario vivir todo lo que he vivido, pasar por tantas experiencias difíciles. Y, al pensar que aún me quedan años por delante, me cuestionaba: ¿qué más tengo que vivir?, ¿qué me falta por aprender?
Reconozco que mi energía estaba por los suelos y me encontraba sumida en un ataque de victimismo bastante serio.
Esa mañana, como cada día, subí a meditar. No suelo tener grandes conexiones durante la meditación, pero esa vez fue diferente. Se convirtió en una de las experiencias más intensas y reveladoras de mi vida, un auténtico punto de inflexión que prometo compartir a partir de ahora.
Durante la meditación, vi a mi madre con 23 años, sosteniéndome en brazos, con su regalo y pude sentir su amor, pasión, entrega y sorpresa. ¿Sois madres? ¿Recordáis esos momentos? También vi y sentí a mi padre, con 26 años, mirándonos a las dos, y la magia de una nueva vida.
A continuación, conecté con mis abuelos y mis tíos, y curiosamente percibí cómo mi árbol genealógico, mis ancestros, sonreían y vibraban ante esa nueva vida, ante mí, la continuación de todo lo que ellos comenzaron y quizá no pudieron terminar. Lo aprendido y transmitido, el esfuerzo de cada uno para que ese 12 de enero yo llegara.
Sé que el día de nuestro nacimiento somos los protagonistas, que la fiesta es para nosotros, pero son otros quienes la preparan, la sueñan, la visualizan. Son otros quienes traen los regalos. Nosotros recibimos y ellos dan. Dan lo mejor que tienen, haciendo lo mejor que saben en cada momento, tomando lo aprendido e intentando mejorarlo.
¿De quién es la fiesta? ¿De quien la recibe o de quien la da? Parece que se necesitan, al menos, dos partes.
Estoy segura de que cada uno tendrá su propia opinión. Yo solo quería compartir que he tenido la suerte de sentir el amor y la ilusión de todos los míos. Me siento muy afortunada de haber nacido donde nací, de quienes me recibieron.
Mi aprendizaje es mío, igual que mis errores o las decisiones que a veces me hicieron retroceder en vez de avanzar. Pero nada cambia el amor de ese día.
Y esto es lo que, a partir de ahora, voy a celebrar: el 12 de enero del año en que nací, la alegría de todos ellos ese día.
¿Acaso alguno de vosotros fue más amado, más esperado y por más gente que el día en que nació?
Gracias a todos los que ya no estaban ese día, a los que se han ido durante estos años y a la única persona que me queda… de esas que te cambian los pañales.
Y gracias a esa mañana del 12 de enero de 2026, en la que pude conectar con este amor tan inmenso.







