El ser querido
El relato que heredamos: el relato del padre, la herida de la hija y las vidas que quedaron sin vivir
Ayer fui a ver El ser querido, de Rodrigo Sorogoyen. La película reúne a un padre, Esteban, director de cine, y a su hija Emilia, actriz, después de años de distancia. Según el relato de ella y algunas personas más, él arrastra una biografía atravesada por el alcohol, la violencia y los excesos; ella ha construido su vida alrededor de esa ausencia y de todo aquello que quedó sin resolver entre ambos. El rodaje de una nueva película los vuelve a colocar frente a frente. Javier Bardem y Victoria Luengo encarnan ese encuentro.
Salí del cine con una sensación que conozco bien. Hay películas que terminan cuando aparecen los créditos y hay otras que continúan dentro del cuerpo. Se quedan trabajando en algún lugar difícil de precisar, removiendo imágenes, recuerdos, asociaciones. Durante años he ido comprendiendo que una parte importante de mi relación con el cine —el que mueve el alma— ocurre precisamente ahí. Voy a ver una película y, algunas veces, termino viendo mi propia biografía. O una parte de ella. O algo todavía más extraño: una vida que podría haber sido la mía.
Quizá por eso escribí Insilio, una migración interior. Porque existe un viaje que sucede sin desplazamiento geográfico, una migración hacia territorios interiores que habían permanecido fuera del mapa. Uno puede pasar media vida viajando y seguir viviendo en el mismo personaje; también puede permanecer aparentemente quieto y atravesar continentes enteros dentro de sí. Y sí, el cine participa de esa posibilidad.
La oscuridad de una sala tiene algo de cueva iniciática. Entramos acompañados y, sin embargo, durante un par de horas quedamos solos frente a una sucesión de imágenes que despiertan imágenes propias. Una película comienza contando la vida de otros hasta que, en determinado momento, algo atraviesa la pantalla y empieza a hablarnos.
Con El ser querido me ocurrió alrededor de una pregunta que llevo tiempo observando en terapia, en los grupos, en mi propia historia y también en muchos de los textos que he ido escribiendo sobre el viaje interior: ¿quién tiene derecho a contar lo que ocurrió?
Porque buena parte de nuestros conflictos familiares son también conflictos narrativos. Un padre cuenta una historia. Una hija cuenta otra. Una pareja recuerda un matrimonio. La otra persona recuerda uno completamente diferente. Los hermanos parecen haber crecido incluso en familias distintas.
Cada cual organiza los acontecimientos alrededor de una experiencia subjetiva y construye con ella una versión del pasado que permite seguir viviendo. El problema comienza cuando alguien ocupa el centro del relato y convierte su versión en realidad única.
Eso es precisamente lo que me interesa del personaje del padre. Esteban posee algo más que autoridad paterna. Es director de cine. Su oficio consiste literalmente en decidir dónde se coloca la cámara, qué entra dentro del plano, qué permanece fuera, cuándo comienza una escena y cuándo termina.
Dirigir significa también seleccionar. Y seleccionar implica inevitablemente omitir. El padre dirige películas, pero también ha dirigido durante años la película de su propia biografía. Elige acontecimientos. Ordena causas. Introduce explicaciones. Encuentra razones. Distribuye responsabilidades. Se concede determinados atenuantes. Y ofrece después ese montaje como si fuera la película completa.
Ahí reconocí algo profundamente humano. Todos lo hacemos. Nuestra identidad necesita cierta continuidad narrativa. Necesitamos contarnos quiénes somos, qué nos ocurrió, por qué hicimos determinadas cosas y cómo llegamos hasta aquí. El problema aparece cuando esa narración se vuelve demasiado perfecta, cuando protege tanto al personaje que termina expulsando de la historia aquello que podría cuestionarlo. Entonces el relato deja de ayudarnos a comprendernos y empieza a distanciarnos de nosotros mismos.
En el caso de Esteban aparece además algo que pertenece a una determinada educación masculina. Un hombre fuerte, creativo, poderoso, capaz de ocupar espacio, capaz también de haber atravesado alcoholismo, conflictos, violencia y posteriormente reconstruir su vida. Hay algo admirable en quien consigue levantarse después de una época destructiva. Pero haber reconstruido la propia vida no liquida automáticamente la deuda emocional que nuestra destrucción dejó en los demás.
Podemos sanar una parte de nosotros y continuar siendo la herida de alguien. Podemos abandonar una adicción, construir otra familia, desarrollar una carrera brillante, volvernos personas aparentemente más estables y seguir llevando dentro zonas de nuestra historia que jamás hemos querido mirar.
El tiempo reorganiza muchas cosas. La conciencia exige algo más. Exige presencia. Exige responsabilidad. Exige poder decir: esto ocurrió y yo participé en ello. Y quizá eso sea lo que la hija está esperando.
Mientras veía la película pensaba continuamente que Emilia tampoco necesita exactamente la explicación de su padre. Las explicaciones pertenecen al pensamiento. Ella necesita algo mucho más primario. Necesita reconocimiento. Que alguien mire aquello que vivió y pueda permanecer ahí. Sin justificarlo. Sin reformularlo. Sin defenderse inmediatamente. Sin convertir su dolor en un debate sobre los detalles de la historia.
Ser visto constituye una de las experiencias más profundas del desarrollo humano.
Un niño comienza a reconocerse en la mirada de quienes lo cuidan. Antes de saber explicar qué siente, necesita que alguien pueda percibirlo. Algo parecido ocurre muchos años después cuando intentamos elaborar determinadas heridas familiares. La reparación emocional rara vez consiste únicamente en descubrir qué pasó. Muchas veces consiste en que aquello que pasó pueda finalmente existir delante de otra persona.
«Lo veo». «Sé que ocurrió». «Comprendo que aquello tuvo consecuencias en ti».
Hay frases aparentemente pequeñas capaces de modificar décadas de historia interior. Y hay personas que llegan a morir sin escucharlas. Quizá por eso determinadas heridas se convierten en legados que se transmiten. Porque aquello que una generación no puede reconocer pasa, de una forma u otra, a la siguiente.
Este es uno de los grandes temas del trabajo psicoterapéutico: la vida que queda detenida alrededor de una experiencia. El trauma, entendido ampliamente y sin convertir toda dificultad humana en diagnóstico, posee esta extraña capacidad. Una parte de la existencia continúa avanzando mientras otra queda esperando. Tenemos treinta años. Cuarenta. Sesenta. Trabajamos. Tenemos parejas. Criamos. Viajamos. Hacemos terapia. Meditamos. Incluso enseñamos a otros.
Y dentro puede permanecer una criatura aguardando una conversación que nunca ocurrió. El tiempo biológico avanza mientras el tiempo emocional permanece suspendido. El viaje interior comienza muchas veces cuando descubrimos esa diferencia. Porque existe la edad que figura en nuestro documento de identidad y existe también la edad de algunas zonas de nuestra alma.
Quizá una parte de mí tenga cincuenta años y otra continúe teniendo siete. Una parte sabe perfectamente desenvolverse en el mundo y otra sigue intentando que mamá la mire. Una parte ha comprendido intelectualmente a su padre y otra continúa enfadada porque jamás escuchó aquello que necesitaba escuchar. Nuestra personalidad termina organizándose alrededor de esas contradicciones.
Desde el Eneagrama podría incluso mirar al padre de El ser querido como una organización cercana al territorio del ocho: potencia, intensidad, control del espacio, dificultad para entregarse a la vulnerabilidad, sustitución del dolor por fuerza. Pero lo que me interesa va más allá de cualquier clasificación caracterológica. El Eneagrama cobra sentido cuando deja de ser una colección de etiquetas y empieza a mostrarnos cómo una persona convirtió una estrategia de supervivencia en identidad.
Un niño aprende que sentir duele. Aprende entonces a endurecerse. El endurecimiento funciona. Después descubre que imponerse funciona todavía mejor. Y aquello que comenzó siendo protección acaba convirtiéndose en una manera de relacionarse con el mundo. Décadas más tarde ese niño puede haberse convertido en un adulto fuerte, admirable incluso, capaz de sostener situaciones que otros no podrían sostener. Pero en algún lugar continúa existiendo aquella vulnerabilidad original que tuvo que ser expulsada para sobrevivir.
Nuestra cultura masculina ha perfeccionado esta operación durante generaciones. Transformamos miedo en control. Tristeza en irritación. Vulnerabilidad en dominio. Necesidad en autosuficiencia. Vergüenza en arrogancia. Y después llamamos carácter a la armadura.
Por eso la cuestión del patriarcado me interesa especialmente cuando deja de funcionar como consigna y comienza a ser observada dentro del cuerpo. El patriarcado también es somático. Está en la mandíbula que se endurece. En el pecho que jamás se permite caer. En la incapacidad para pedir ayuda. En la necesidad de tener siempre una explicación. En el impulso de ocupar la conversación. En la dificultad para permanecer frente al dolor que hemos provocado. En tantos hombres educados para preferir tener razón antes que dejarse tocar.
Sorogoyen lleva esa tensión a la pantalla precisamente a través de los cuerpos. Padre e hija se observan, se aproximan, retroceden, miden las palabras. La relación está llena de una intimidad que podría existir y, al mismo tiempo, de algo que constantemente la interrumpe. El propio director ha descrito la película alrededor de la relación entre padre e hija, el silencio y las dificultades para atravesar determinadas verdades familiares.
Eso es lo que me resulta cinematográficamente interesante: el conflicto deja de ser solamente argumento y se convierte en clima. Uno siente la tensión antes incluso de poder explicarla. Y eso se parece mucho a lo que ocurre en una familia. Entramos en una habitación y el cuerpo sabe cosas que todavía no sabemos formular. Hay silencios cargados. Gestos mínimos. Cambios en el tono. Frases aparentemente inocentes. «Estoy bien».
Cuántas veces aparece esa frase en nuestras vidas. Estoy bien. Todo está bien. No pasa nada. Seguimos adelante. Y quizá una de las enfermedades culturales de nuestro tiempo sea precisamente esa exigencia permanente de estar bien.
La psicología también corre a veces ese riesgo. Convertir la vida en un proyecto de optimización emocional. Regularnos mejor. Gestionarnos mejor. Resolver nuestros traumas. Mejorar nuestros vínculos. Alcanzar nuestra mejor versión. Como si vivir consistiera en reparar definitivamente una máquina.
El viaje interior que me interesa propone algo diferente. Aprender a habitar. Habitar incluso lo irresuelto. Entrar en relación con aquello que existe sin convertir inmediatamente la experiencia en un problema que debemos eliminar. Porque algunas heridas cicatrizan. Otras cambian de forma. Y algunas terminan formando parte de nuestra manera particular de mirar el mundo. Tal vez el foco deje entonces de estar únicamente en curarlas —trascenderlas por arriba o darles un significado simbólico y narcisista— y empiece a desplazarse hacia otra pregunta: qué hacemos con ellas.
Emilia parece haber hecho algo con la suya. Ha construido otra forma de familia. Otro territorio afectivo. Otra posibilidad de pertenencia. Esto me interesa especialmente porque conecta con una transformación social que estamos viviendo. Durante mucho tiempo la familia biológica funcionó como núcleo prácticamente indiscutible de pertenencia. Hoy muchas personas encuentran familia también en vínculos elegidos: amistades profundas, comunidades, parejas diversas, redes de cuidado.
Familia empieza a significar algo más complejo. Quizá familia sea el lugar donde alguien puede existir sin interpretar permanentemente un personaje. Donde la vulnerabilidad encuentra recepción. Donde el vínculo puede sostener diferencias sin exigir sometimiento. Donde la vida circula.
En ese sentido, la hija está haciendo algo muy distinto de lo que aparentemente parece. Podríamos interpretar su distancia respecto al padre simplemente como castigo. Y hay algo de venganza. La conozco bien en el trabajo terapéutico.
Cuando alguien ha sido herido puede aparecer una especie de pacto inconsciente: algún día comprenderás lo que me hiciste. Entonces retiramos amor. Retiramos presencia. Retiramos prosperidad incluso. A veces construimos nuestra propia infelicidad como acusación. «Mira lo que me hiciste». La venganza infantil tiene una lógica terrible y perfecta. Como no me dieron, no doy. Como no me vieron, desaparezco. Como me abandonaron, hago imposible que nadie pueda quedarse. Como me dañaron, conservaré mi herida para que quede constancia del delito.
Una parte de nosotros prefiere seguir sufriendo antes que absolver al mundo demasiado pronto. Pero también existe otra posibilidad. Tomar distancia puede ser un acto de individuación. Poner un límite puede significar recuperar la propia vida. Cerrar una puerta puede ser justamente aquello que permite abrir otras. No toda reconciliación implica volver. No toda comprensión exige intimidad. No todo perdón conduce a reconstruir una relación. Y no todo vínculo biológico merece acceso ilimitado a nuestra existencia.
El pensamiento contemporáneo sobre los cuidados, la violencia y las relaciones familiares ha contribuido a cuestionar una idea profundamente arraigada: que ser buena hija o buen hijo consiste en permanecer disponible independientemente de lo vivido. Crecer implica en ocasiones decepcionar el mandato familiar. Desobedecer. Separarse. Construir otro territorio.
La individuación siempre contiene cierta dosis de traición. Traicionamos el personaje que nuestra familia esperaba de nosotros para descubrir quién podríamos llegar a ser. Y aquí vuelvo al viaje. En Insilio he ido comprendiendo que cualquier viaje interior comienza con una salida. Ulises abandona Ítaca. Dante entra en la selva. El héroe mitológico cruza un umbral. Pero existe un desplazamiento menos espectacular y quizá más difícil: dejar de vivir dentro del relato que nuestra familia escribió sobre nosotros.
Ese es un verdadero insilio interior. Salir del hijo que teníamos que ser. De la hija que debía comprenderlo todo. Del fuerte. Del cuidador. Del rebelde. Del invisible. Del salvador. Del culpable. Del exitoso. Del enfermo. Cada familia produce personajes. Y cada personaje ofrece una forma particular de pertenecer. Durante años necesitamos interpretar ese papel porque nuestra pertenencia depende de ello. Después llega un momento en que aquello que nos permitió sobrevivir empieza a impedirnos vivir. Ese instante es el comienzo del insilio.
Viajar hacia dentro significa entonces atravesar el territorio que existe debajo del personaje. Encontrar el miedo detrás de la fuerza. La necesidad detrás de la independencia. El amor detrás de la rabia. La tristeza detrás del cinismo. La criatura detrás del adulto competente. Y también descubrir algo incómodo: que nuestros padres fueron igualmente niños.
Esta comprensión puede abrir una enorme compasión. Pero la compasión madura necesita responsabilidad. Comprender de dónde procede una violencia no convierte esa violencia en legítima. Comprender la infancia de nuestros padres ayuda a situar su historia; también necesitamos reconocer los efectos que esa historia tuvo sobre nosotros. Ambas cosas pueden coexistir.
Ésa es quizá una de las operaciones psicológicas más difíciles: sostener dos verdades. Mi padre sufrió. Y yo sufrí a través de él. Mi madre hizo lo que pudo. Y algunas cosas que hizo me dañaron. Me amaron. Y hubo momentos en que ese amor no supo llegar hasta mí.
La conciencia adulta puede sostener paradojas que la mente infantil necesitó dividir. Ahí encuentro una conexión profunda entre psicoterapia y espiritualidad. La espiritualidad prematura tiende a trascender demasiado rápido. Perdonar. Aceptar. Comprender que cada cual hizo lo que pudo. Ver el aprendizaje. Agradecer. Todo eso puede llegar.
Pero cuando llega antes de atravesar el dolor se convierte en otra forma de evasión. He conocido muchas personas capaces de hablar magníficamente de compasión mientras su cuerpo continúa lleno de rabia congelada. La conciencia sin cuerpo puede convertirse fácilmente en ideología. Catecismo.
Por eso mi viaje siempre vuelve al cuerpo. El cuerpo difícilmente se deja convencer por nuestros discursos. Podemos afirmar que hemos perdonado mientras la respiración se detiene cuando aparece determinada persona. Podemos asegurar que algo está superado mientras el abdomen se contrae. Podemos decir «estoy bien» mientras todo nuestro organismo está diciendo exactamente lo contrario.
El cuerpo conserva otra versión de la película. Quizá la versión sin montar. Las tomas descartadas. Las escenas que nuestro narrador interior decidió eliminar porque alteraban demasiado la historia. Y entonces comprendo por qué sigo regresando al cine.
Porque una película hace algo parecido a un sueño. Construye una ficción que permite que aparezca una verdad. No necesariamente la verdad objetiva de los acontecimientos, sino una verdad psíquica. Una imagen puede tocar algo que llevaba décadas esperando una forma. Un personaje puede representar una parte nuestra que jamás habíamos reconocido. Una escena puede devolvernos a una habitación de nuestra infancia. Salimos del cine siendo aparentemente las mismas personas y, sin embargo, algo se ha desplazado unos centímetros. A veces eso basta.
Mi relación con las grandes historias siempre ha estado atravesada por esta experiencia. La Odisea, el viaje del héroe, Dante, las películas épicas que veo desde niño. Durante mucho tiempo me fascinó la figura del héroe que atraviesa pruebas, vence enemigos y regresa transformado. Con los años he empezado a desconfiar un poco de ese héroe. Sobre todo del héroe masculino. Porque también puede convertirse en otra fantasía patriarcal: conquistar el mundo para evitar descender hacia uno mismo.
Quizá la prueba verdaderamente heroica sea otra. Permanecer delante de nuestra hija cuando nos cuenta cómo la herimos. Escuchar a nuestra pareja sin preparar inmediatamente una defensa. Reconocer que nuestra versión de la historia era incompleta. Aceptar que en la película de otra persona podemos ocupar un papel que jamás hubiéramos elegido para nosotros. Ahí comienza un heroísmo sin el relato heroico tradicional. El de hacerse responsable. El de poder decir:
Sí. Eso también fui o soy yo.
Y quizá por eso El ser querido me devuelve otra vez al centro de Insilio. Al final, la migración interior no consiste en encontrar una versión ideal de nosotros mismos. Consiste en ampliar el territorio que somos capaces de habitar. Entrar en nuestras contradicciones. Reconocer las vidas que quedaron retenidas. Recoger aquello que abandonamos para poder sobrevivir. Y regresar. Pero regresar de otra manera.
Ulises vuelve a Ítaca después de veinte años y descubre que volver tampoco significa recuperar exactamente aquello que dejó. Nadie regresa realmente al mismo lugar porque quien regresa ya es otro. Quizá eso ocurra también con nuestros padres. Pasamos media vida intentando regresar a una infancia que ya no existe para conseguir finalmente aquello que faltó.
Queremos que nos vean. Que reconozcan. Que comprendan. Que pidan perdón. A veces sucede. Otras veces jamás sucederá. Y llega entonces uno de los momentos más delicados del viaje interior: cuando comprendemos que nuestra vida tendrá que continuar aunque determinadas reparaciones nunca lleguen. Ese momento puede parecer una derrota. Para mí empieza a parecerse cada vez más a la libertad.
Dejar de esperar que alguien cambie el pasado para permitirnos vivir el presente. Tomar nuestra historia sin convertirla en condena. Honrar al niño que fuimos sin entregarle indefinidamente el gobierno de nuestra existencia. Reconocer el daño sin hacer del daño nuestra identidad. Quizá entonces aparezca algo parecido al ser querido del título.
He pensado mucho en esas dos palabras. Ser querido.
Ser, primero. Querido, después.
Tal vez gran parte de nuestra vida transcurra intentando ser queridos antes de haber descubierto quién está intentando recibir ese amor. El personaje. El niño. La herida. El ego. La imagen. La máscara.
El viaje interior te conduce inexorablemente a otra pregunta: ¿quién soy cuando dejo de organizar mi existencia alrededor de conseguir el amor que me faltó?
Ahí se abre un territorio enorme. Quizá el cine pueda acompañarnos también hasta ese umbral. Sentarnos frente a una pantalla, mirar durante dos horas la vida de unos desconocidos y salir descubriendo que, en algún lugar de esa historia, también estábamos nosotros.
El viaje acaba de empezar.





