Desde el dispositivo analítico apostamos a la singularidad de cada persona que consulta. Esto implica alojar su modo particular de malestar y ofrecer un espacio donde, por la vía de la palabra y a través de la escucha, sea posible elaborar aquello que duele, lo que irrumpe como urgente, lo que se vuelve difícil o imposible de soportar, para que pueda transformarse en algo menos mortificante e inhabilitante.
El psicoanálisis se sitúa en una posición claramente diferenciada de otras prácticas terapéuticas. Ubicado en las antípodas del dominio y de la sugestión, la función del analista no radica en aconsejar, indicar qué hacer, emitir juicios personales ni aportar explicaciones prefabricadas, sino sostener una posición de neutralidad que permita que el decir del sujeto se despliegue.
En este marco, el sufrimiento adquiere su dignidad al no ser tomado únicamente como algo a aliviar, sino también, como punto de partida fundamental para un trabajo valioso. El psicoanálisis interroga el padecimiento en su dimensión de saber no sabido, es decir, como algo que porta una lógica propia, aunque no sea consciente para quien lo vive.
El recorrido analítico propone así un pasaje: de la posición de quien padece a la de quien se implica en un trabajo sobre lo que le sucede. Devenir analizante implica realizar la experiencia del propio inconsciente, alojar aquello que se repite, que insiste, y que estructura la relación del sujeto consigo mismo y con los otros.
Este trabajo no busca producir adaptaciones ni ideales de funcionamiento. Implica, más bien, la posibilidad de asumir la particularidad de lo que a cada quien le toca, de desentrañar algo del saber que lo determina y producir así la escritura de su singularidad, transformando, como efecto, la relación con aquello que, hasta entonces, se presentaba como puro sufrimiento.




