Sólo se vive una vez

Mi historia se titula solo se vive una vez porque quizá es el pensamiento que más veces me ronda por la cabeza ahora mismo. Por más libros de autoayuda que leamos por más historias reales que nos cuenten, se nos olvida vivir. Apuesto a que ahora mismo, en este preciso instante te está costando mantener la atención en mi historia. Quizá tengas mil pensamientos más, quizá estés pensando en lo que tienes que hacer después o mañana, quizá tu mente esté en algún momento pasado o futuro, quien sabe…

Te pido que por unos minutos, centres toda tu atención en esta historia, no por su calidad, ni por su contenido, el cual puede ser mejor o peor dependiendo del gusto subjetivo de cada uno, sino porque te hagas un favor a ti mismo y estés en el presente. Así poquito a poco podrás ir entrenando tu capacidad de estar contigo y con el otro, saborear cada letra, cada palabra, sentir desde el otro lado de la pantalla lo que otro ser humano te está transmitiendo, maravilloso regalo para el alma y para todos los sentidos. Espero que lo disfrutes…

Yo soy una chica normal y corriente, nacida en Sabadell, el 29 de noviembre de 1984. Digo normal y corriente porque así es como me ven los demás, pero en mi mundo interior soy rara, muy rara…rara en el sentido de diferente, desde pequeña he tenido muchas inquietudes y mucha vida interior, era muy tímida pero muy observadora y eso me ha permitido quizá desarrollar ciertas habilidades sociales que de haber sido de otra forma, nunca las habrías adquirido. Todo pasa por algo.

Soy una persona altamente sensible y muy sentimental, por eso, precisamente la historia que hoy me apetece compartir es la de mi vida sentimental, ya que el Amor y el desamor es un tema que me apasiona y al mismo tiempo me atormenta. Me casé con 25 años, muy enamorada, con toda la ilusión de un proyecto de vida en pareja y muchas expectativas acerca del recién estrenado matrimonio. Mi marido, estaba enfermo del riñón, tenía insuficiencia renal y estaba asistiendo a diálisis tres veces por semana, a la espera de un trasplante renal.

A pesar de la situación limitante, estábamos muy unidos y nos dábamos fuerza el uno al otro, confiábamos en la vida y en que el trasplante llegara pronto para así poder realizar todos nuestros sueños, viajar, tener hijos, ser libres, ser dueños de nuestro propio tiempo, disfrutar el simple hecho de tener salud y no tener que acudir a un hospital tan a menudo. Tras tres años duros y complicados de diálisis, finalmente el teléfono un día sonó. Un domingo a las nueve de la noche llamaron del Hospital Clínic de Barcelona, ¡tenían un riñón para el! La operación salió perfecta y en pocas semanas mi marido estaba recuperado. No podíamos estar más felices, de cara a la galería claro, porque quién no iba a estar feliz ante semejante noticia, ¡nos había tocado la lotería! Una nueva oportunidad para vivir se presentaba ante mi marido y en consecuencia ante mí también, pero no es oro todo lo que reluce y lo cierto es que nuestra relación inevitablemente se había resentido muchísimo, ya no me acordaba de la última vez que habíamos hecho el amor, ya no me acordaba del significado de la palabra pasión, mi cuerpo era solamente eso, un cuerpo, carente de vida. Apenas sentía nada, me desplazaba de un lugar a otro cual alma en pena, sin ilusión por nada, sin sentido alguno, sin dirección y lo que es más grave, sin rumbo.

Absolutamente perdida, los meses iban pasando y mi marido se encontraba en perfecto estado de salud física pero en fatídico estado mental. La enfermedad también le había pasado factura y a pesar de la nueva oportunidad que la vida le brindaba, él no lograba levantar cabeza, estaba muy deprimido e incluso tenía pensamientos recurrentes de suicidio. Las paradojas que tiene la vida, justo cuando mejor teníamos que estar, el barco se estaba yendo a pique y nosotros seguíamos tocando, como los músicos del Titanic, pero intuíamos, palpábamos, sentíamos y en el fondo sabíamos cuál era el final.

Aun así, yo luchaba con todas mis fuerzas por mantenerme a flote, y no dejaba de nadar, tratando de postergar al máximo el momento del ahogo, pasaba muchas horas fuera de casa, inmersa en mil actividades, zumba, salsa, gimnasio, reuniones con amigos, voluntariado, estudiando una nueva carrera, etc. Eran mis vías de escape, mi modo de supervivencia, mi fuerte resistencia a hundirme y la verdad es que me funcionaban, ya que gracias a estas actividades lograba mantener mi estado natural de alegría. Pero cuando llegaba a casa…el cielo se ponía oscuro, cada vez que entraba me encontraba a mi marido esperándome, sentado y enfadado. Enfadado porque nunca estaba en casa, me acusaba de ser culpable de su malestar.

Tras mucho batallar, logré convencerle para ir al psicólogo, pero de nada le sirvió la terapia, sus creencias eran muy arraigadas y sentía desde lo más profundo de su ser que una mujer debía cuidar a su marido, de modo que no comprendía cómo estando él deprimido yo podía seguir con mi vida y hacer lo que me gustaba. Ante semejante creencia, poco podía hacer yo, que soy un espíritu libre y soñador, me sentía atrapada en una trampa mortal, me faltaba el oxígeno.

De repente, un martes del mes de febrero a las diez de la noche me dijo: “no puedo más, no soy feliz, me voy del piso”. Me quedé callada, analicé sus palabras, me costó unos segundos procesarlas pero al minuto sentí alivio, mi cuerpo, mi mente y mi alma descansaron, vi una lucecita al final del túnel y aunque sabía que el recorrido hasta llegar a la salida no sería fácil, ya veía la luz y eso me inundó de paz.

Han pasado ya casi dos años de aquel suceso y hoy puedo decir que soy una mujer libre, capaz, segura de mí misma y feliz. El recorrido no ha sido fácil, pero ha sido extremadamente intenso y eso es lo que os invito a experimentar, desde mi experiencia, ha valido la pena pasar el túnel porque al final encuentras la salida, porque detrás de cada final hay una marca desde la cual volver a empezar y ese renacer es el que marca la diferencia entre existir y estar vivo. Tú decides la mejor opción, personalmente recomiendo el camino más incierto porque ahí es donde reside la sabiduría y porque solo se vive una vez.



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