Cuando somos testigos de algún tipo de acto violento cometido hacia otra persona, una de las cosas en las que pensamos es acerca de la motivación del individuo a la hora de cometer tal acto. Nos preguntamos cómo puede haber hecho algo así y en raras ocasiones encontramos explicaciones más allá de la descafeinada acepción de loco o enajenado. Nos resulta muy complicado entender por qué existe el mal, conceptualizado como la acción violenta intencionada e injustificada por destruir a otro. El contenido de lo que enredemos como mal, está construido moral y culturalmente. Es decir, que tanto la sociedad en conjunto como nosotros a nivel individual le hemos dotado de la narrativa que explica lo que es el mal y por qué se produce. Cuando alguien dentro de la sociedad atenta contra esa idea del bien/mal nos causa un profundo estupor. No lo podemos entender, ya que el mal extremo ( una violación, un homicidio) causa consecuencias irreparables para la víctima y ningún castigo podrá restablecer el estado anterior. Todos los sabemos, incluso la persona que comete ese acto. Justo en este punto nace la paradoja. El homo sapiens como especie ha desarrollado una capacidad moral que da soporte social a las normas de convivencia que garanticen la supervivencia. No podemos olvidar que ese es el gran objetivo por el que todas las especies han sido modeladas a través de la selección natural. Bien, el ser humano cuenta con ese cuerpo teórico sobre como debe comportarse con los demás, en parte aprendido dentro de la cultura y una vez asimilado, es desarrollado de forma individual a través de la experiencia. Como ejemplo podemos citar el sentimiento de culpa o arrepentimiento ( ya tratado en el blog) surgido cuando un individuo no cumple con las obligaciones y los actos de reciprocidad exigidos por el grupo. Con el desarrollo de la cultura, se desarrolló una normativa escrita y tácita y se implantaron mecanismos de castigo a los infractores. Sin embargo, el mal continúa existiendo y la paradoja se complica. Además del nivel individual, la sociedad cuenta con un conjunto de normas y sanciones para evitar los actos de violencia extrema. Para resolver la paradoja debemos acudir al origen del concepto y de como lo narramos. Las personas a lo largo de todo el mundo y en todas las épocas se considera justificada moralmente para cometer actos de violencia. Es decir que les sostiene una justificación moral que se narran a sí mismos sobre los actos que realizan. El horror como lo entendemos es una construcción moral y cultural. Por tanto, es relativa y puede ser reconstruida individualmente. El mal existe porque quienes cometen esos actos de horror y extrema violencia encuentran una justificación en su sistema de valores que les permite llevar a cabo tales actos.
El ser humano, como ser narrativo se cuenta historias a sí mismo de lo que es el mundo y lo que es él mismo. En cierta medida somos adictos a este tipo de narración, que no tiene porque ser real, sino una explicación que nos damos a nosotros mismos sobre como funcionan las cosas. Dentro de esa narrativa está la parte moral. Cuando una persona tiene un código diferente al establecido por la sociedad, surgen los conflictos. Como podemos observar en los llamados crímenes de honor. Son aquellos cometidos bajo preceptos morales, surgen como respuesta a una ofensa. De hecho, la investigación señala que la mayoría de actos de violencia están motivados por emociones morales. El homicida que actúa con violencia generalmente lo hace por que se siente con el derecho moral de hacerlo. Si la violencia coincide con los preceptos morales de la subcultura individual, está será valorada como instrumental (forma para conseguir algo) pero no como inmoral. De ahí el razonamiento que tantas veces hemos oído de boca de homicidas «tenía que hacerlo»
Bibliografía
Garrido V. (2018) Asesinos múltiples y otros depredares sociales. Ed. Ariel





