La nostalgia puede ser entendida como un sentimiento de anhelo por un momento, situación o acontecimiento pasado. Esta situación tiene una doble vertiente. El lado positivo de la nostalgia se refiere a que esa época que vivimos fue satisfactoria, por tanto la experiencia que obtuvimos fue gratificante y como consecuencia de la pérdida de esa situación, añoramos su recuerdo. Hasta este punto es saludable ya que es normal y necesario para adaptarnos a una nueva etapa hacer balance de lo vivido y extraer lo mejor, aquello que nos va a aportar nuevas competencias para asumir los nuevos retos. Pero cuidado, debemos ser conscientes de que la memoria es selectiva y probablemente extraeremos solo aquellas partes que recordamos más positivas, descontextualizando aquella realidad, incluso suprimiendo los elementos negativos que la rodeaban. Por otro lado existe el riego de regocijarnos en nuestro pasado. Esto es un riesgo puesto que el pasado debe ser el trampolín para impulsarnos hacia el presente, y no el sillón sobre el que recostarnos, mientras nos perdemos la vida. Y es que esa es la clave de la cuestión, la nostalgia debe servirnos para hacernos más conscientes de que la vida está ahí para nosotros. Y es nuestra decisión el asumir el reto y vivirla de la mejor manera posible, aprendiendo de nuestras vivencias pasadas. De todo aquello en lo que profundizamos, de todos los recursos que asimilamos y de todas aquellas experiencias enriquecedoras que nos aportaron un bagaje valiosísimo. O por el contrario decidimos recostarnos en nuestro pasado y perder nuestro presente y futuro.





