Según la Clasificación Internacional de Enfermedades (CIE-10), se entiende por estrés la reacción a eventos adversos (cambios laborales, mudanzas, enfermedades…) que generan una tensión excesiva en un individuo, desencadenando una respuesta corporal, mental y emocional.
Principalmente existen dos tipos de estrés: el adaptativo y el desadaptativo. El estrés adaptativo es esa reacción inicial del cuerpo para hacer frente a desafíos o cambios. Es una respuesta que suele ser beneficiosa, nos moviliza, genera acciones comprometidas y nos impulsa a la adaptación en las nuevas circunstancias. Por otro lado, el estrés desadaptativo, es decir, prolongado e intenso suele ser contraproducente. Este tipo de estrés puede desembocar en otros problemas de salud mental como la depresión, la ansiedad, problemas psicosomáticos…
De forma generalizada solemos enfocarnos en los aspectos más desagradables y prolongados del estrés como los dolores de cabeza, la tensión muscular, problemas digestivos, alteraciones en el sueño, fatiga crónica, incluso irritabilidad o aislamiento social, pero resulta crucial entender que una dosis adecuada de estrés es normal, natural y útil. Con esto no queremos que entendáis que hay que aceptar y tolerarlo todo, ni que tampoco se pueden eliminar todos los «estresores» que nos rodean. Es una tarea imposible, ya que suceden eventos que no controlamos, que simplemente suceden en nuestro día a día, pero es posible aprender a gestionar el estrés de una forma adaptativa y saludable. Muchas veces nos obcecamos con la idea de reducir el estrés, de eliminar o alejar aquello que nos está generando malestar, pero en terapia vemos como es mucho mejor cambiar la percepción hacia él, convirtiéndolo en un aliado, algo que nos avisa de que hay que generar algunos cambios o incluso verlo como un desafío del que podemos salir más reforzados y con alguna enseñanza valiosa.





