Parece a simple vista que las personas tenemos una tendencia innata a evitar el dolor y el malestar en todas sus formas. Nos rodean anuncios, tazas y agendas con frases motivadoras sobre lo sencillo que es elegir estar contenta o cómo todo lo que deseas puede hacerse realidad sólo con el poder de tu mente. La felicidad y el poder están dentro de ti, sólo tienes que desearlo muy fuerte. Y si, a pesar de todo tu esfuerzo por mantener este personaje todopoderoso, sigues estando triste, lo siento pero entonces es que eres una fracasada. Y además de con la tristeza, la rabia o la impotencia que no puedes ocultar, te toca cargar con la frustración de no conseguir algo que parece tan fácil; o con la envidia que te dan las demás personas de Instagram que parecen tan felices; o con la culpa de no haberte esforzado lo suficiente. Gracias, Mr. Wonderful y compañía por este lastre emocional… Es comprensible que prefiramos no sentir las mal llamadas “emociones negativas”, y es que no es «malo» querer estar feliz e ilusionada, lo «malo» es no permitirse no estarlo en todo momento.
Cuando nos duele algo, cuando algo nos hace daño, ponemos en marcha nuestras defensas, al principio de forma inconsciente y automática. Cada persona tenemos unas estrategias diferentes para afrontar el dolor. Estas defensas, que se formaron en la infancia, es muy probable que hubieran sido muy útiles en el momento de su creación, pero es posible que en la edad adulta se hayan ido convirtiendo en formas menos adaptativas que las originales . Por ejemplo, si en el colegio me hacían bullying, es posible que haya crecido con la sensación de que las personas son peligrosas y pueden atacarme. Ante esta experiencia de vida dolorosa, mi estrategia para el rechazo de los demás o incluso su posible ataque puede ser la de convertirme en una persona desconfiada y no entregarme a las relaciones por miedo al dolor que estas me pueden provocar. Otro ejemplo de defensa: si en mi casa no me daban suficiente atención cuando era pequeña porque lloraba mucho de bebé y mi madre estaba exhausta, podré tener una vivencia de que no me llegan suficientes cuidados. Así me formo una idea de que el mundo no tiene suficiente amor que darme, viviré una experiencia vital de adulta desde la falsa carencia, donde la envidia es un motor en mi vida y me compararé con los demás, normalmente posicionándome por debajo. Es decir, mi estrategia podría basarse en la idea de que no me va a llegar amor. Entonces, cuando no me llegue de verdad, sentiré menos dolor porque ya estaré prevenida. Un último ejemplo, si en mi casa sólo me valoraban cuando sacaba buenas notas y era una niña buena, mi estrategia de obedecer y exigirme ser perfecta para evitar el dolor de sentir que no me quieren incondicionalmente sino por lo que hago, me puede llevar en el futuro a obligarme a mí misma a hacerlo todo excelente, a pesar de que esto sea a costa de mi propio descanso. He puesto varios ejemplos para que se entienda bien cómo el dolor, o más bien la evitación del dolor, nos hace crear una coraza y cómo esta armadura, que en un principio pudo ser beneficiosa, al no actualizarse conscientemente, puede hacer que usemos estrategias obsoletas y ya no tan provechosas sin darnos cuenta.
¿Y cómo se puede salir de este bucle inconsciente que nuestro organismo ha creado para nosotras con toda su buena intención de protegernos? Pues ayudándonos de dos herramientas tan simples (y a la vez tan difícil) como son el Ciclo de la Experiencia (o la Necesidad, se llama de las dos maneras) y el Darse Cuenta.
Voy a explicar el Ciclo de la Necesidad con un ejemplo muy sencillo, aunque hay que tener en cuenta que este ciclo está subyacente a cualquier situación que podamos llevar a cabo. Puede estar relacionado con lo físico o con lo emocional, y por eso, a veces, puede resultar un poco más complicado que en el ejemplo que pongo a continuación. Pongamos que estoy en mi sofá y empiezo a notar algo en el estómago, una SENSACIÓN física, como un ruido o un movimiento en mi tripa. Como es algo conocido para mí, sé que se trata de hambre, por lo tanto a esa sensación ya le pongo el nombre y la transformo en una PERCEPCIÓN, porque sé de qué se trata esto que me pasa en el estómago. Como también sé cómo se puede solucionar, pienso que quiero levantarme a la cocina a picar algo de la nevera, entonces comienzo un proceso de ENERGETIZACIÓN donde empiezo a movilizar mi energía interna creando el pensamiento para prepararme para la ACCIÓN, momento en el cual me levanto del sofá y empiezo a ir a la cocina. Abro la nevera y cojo un racimo de uvas y empiezo a comer, es en ese momento en el que CONTACTO con aquello que me va a ayudar a satisfacer mi necesidad. Cuando mi hambre ha desaparecido, empiezo mi RETIRADA, dejo el resto de uvas en la nevera y doy por cerrada mi etapa, llegando a la SATISFACCIÓN. Y así sucesivamente vivimos en una continuación de ciclos de la necesidad, que se abren y, con un poco de suerte, se cierran, a la espera del siguiente ciclo.

En el ejemplo que he puesto todas las fases han ido dándose una detrás de otra sin interrupción de forma sana y adaptativa. Sin embargo, en la realidad, todas ellas son susceptibles de sufrir un bloqueo e impedir que el ciclo se culmine. Es decir, puedo no enterarme de que estoy sintiendo algo en el estómago porque tengo mucho estrés y estoy trabajando tanto que ni me doy cuenta de qué siento (cuántas veces no hemos sentido que nos hacíamos pis o teníamos sed mientras íbamos conduciendo, trabajando o vistiendo a nuestras criaturas para llevarles al cole). O puedo darme cuenta de que tengo molestias en el estómago y pensar que es hambre, cuando en realidad tengo nervios, pero en vez de poner la etiqueta en la percepción de “ansiedad” se la pongo en el “hambre”, y acabo yendo a la nevera cuando en realidad mi necesidad no tenía que ver con la comida sino con calmarme. O cuando soy consciente de la acción que voy a tener que llevar a cabo para conseguir satisfacer esa necesidad y me da miedo ir hacia ella: me cuento que “en realidad no me apetece tanto” y no me energetizo, usando justificaciones y excusas (hola, procastinación) que hacen que no pase a la acción y me alejan del contacto con mi necesidad. O cuando llego a contactar con mi necesidad pero no soy capaz de retirarme una vez saciada, como por ejemplo, si estoy con gente más rato de lo que me gustaría porque no sé poner límites o decir que me quiero ir por miedo a que no me quieran y me llamen la próxima vez que se reúnan.
Todo esto son ejemplos de cómo podemos interrumpir el ciclo natural de la necesidad, que como puedes ir observando, es probable que un gran número de veces. Por ejemplo: cuando comes “porque es la hora de comer”, pero no tienes hambre, hay una interrupción del ciclo. Cuando vas a trabajar pero necesitarías quedarte en casa porque tienes un dolor de cabeza terrible, hay un corte en una etapa. Cuando necesitas contacto con alguien pero crees que es una mala idea molestar a esa amiga y que vas a ser una pesada, no estás dejando que se cierre el ciclo. A todos estos ciclos que se quedan sin cerrar se les llama “Asuntos Pendientes” o “Asuntos Inconclusos”. Y la suma de muchos de estos ciclos inconclusos provoca malestar y desconexión.
Te propongo un ejercicio de introspección para observar dónde cortas tú el ciclo y pongas en marcha la segunda herramienta, que es el Darse Cuenta. Podemos cortar el ciclo en todas las etapas, pero es probable que haya una o dos fases donde suelas interrumpirlo más veces que otras.
Toma un papel y un boli. Escribe tres o cuatro situaciones que te vengan a la cabeza. Puedes buscar alguna donde hayas sentido una dificultad especial para abordar la situación, alguna donde haya habido un conflicto con otra persona o contigo misma, o alguna que al leer la explicación del Ciclo de la Necesidad te haya venido a la cabeza. O simplemente acciones cotidianas. Vas a escribir brevemente cada situación, como un titular; con que tú sepas de qué situación se trata es suficiente. Cuando hayas terminado, vas a elegir una y a contestar a las siguientes preguntas en este orden. Para ello vas a imaginar que estás en esa situación y lo contarás en primera persona y en presente, aquí ya es importante que vayas añadiendo detalles de lo ocurrido. Puedes ir apuntándolo o simplemente haciéndolo con la mente como una concatenación de acontecimientos, como sientas que vas a trabajar más profundo. Otra opción es que lo grabes en un audio para no perder la fluidez del ejercicio y puedas después escucharlo después, por si observas más detalles.
Una vez contestadas, puedes revisar cuál era tu necesidad, si el ciclo se cerró correctamente o si hubo alguna interrupción, y si la hubo, en qué fase estaba el bloqueo. Puedes hacer lo mismo con el resto de situaciones que has escrito. También puedes observar si te das cuenta de algo, si este patrón se suele repetir entre las situaciones que has elegido o en tu vida (te puede ayudar el círculo de la foto para ver las interferencias).

Puede ser que te des cuenta de que a veces has evitado contactar con una necesidad por miedo precisamente a ese contacto. O quizá hayas proyectado que no te la iban a dar y hayas desistido antes de tiempo, o que ibas a dañar a alguien si la satisfacías. Aquí es donde entra la paradoja del dolor.
A veces sentimos que podemos darle esquinazo al dolor de pasar por una experiencia haciendo caso omiso de nuestra necesidad. Y en lugar de contactar con nuestra necesidad, elegimos sufrir. Como dicen algunas corrientes budistas: «el dolor es inevitable, el sufrimiento es opcional». Por ejemplo: algo que ha hecho mi pareja me ha dolido. Mi necesidad es aclararlo y sentir que ese daño se repara. Sin embargo, en mi imaginario, siento que hacer eso va a llevarme a más dolor, o que la otra persona no me va a entender y me va a juzgar, o que no voy a soportar entrar en el conflicto o que incluso existe la posibilidad de la pérdida absoluta. Entonces elijo ignorar esta necesidad mía y no cerrar el ciclo de mi necesidad. Es posible que funcione durante un tiempo, pero al final esta herida acabará infectándose de estar tapada y sin limpiar, y es probable que nuestro vínculo se vea resentido. O que yo aguante y aguante hasta que no pueda más y acabe explotando por otro lado o alejándome emocionalmente y perdiendo el amor.
Te propongo otro ejercicio para ampliar esta herramienta sintiendo qué necesitas en diferentes momentos de tu día. Te recomiendo que empieces por algo fácil, no elijas situaciones diarias conflictivas, si no, por ejemplo, busca un momento del día donde puedas estar 3 minutos contigo misma. Encuentra un lugar donde estés sola, cierra los ojos y haz tres respiraciones profundas. Empieza a preguntarte: ¿qué necesito?, a la vez que sigues respirando tranquilamente. No hace falta que hagas una búsqueda activa, es más bien dejar que hable el cuerpo y la intuición. Buscar en lo sutil de la respuesta corporal y no tanto en la mente. A veces, si hacemos este ejercicio, podemos toparnos con emociones que están por debajo como la tristeza o el miedo. No te asustes, sigue respirando y preguntándote qué necesitas con eso que sientes, y permítete ir al contacto de esa necesidad.
Sólo aceptando este dolor y contactando con él podemos ir al encuentro de nuestra verdadera necesidad, y así cerrar el ciclo. La fase de retirada tiene una continuación de celebración o gozo por lo conseguido, de satisfacción por haber contactado con ello que realmente necesitábamos, y es muy placentera.
Hay dos palabras que abarcan grandes verdades de nuestra existencia y que parece que hemos desterrado tan lejos para que no nos alcancen (cuando esto es, a todas luces, imposible). Una es INCERTIDUMBRE, y la otra, IMPERMANENCIA. Dos palabras inherentes a la propia experiencia de estar vivas y que hemos intentado alejar, como sociedad, de nuestra verdad existencial. Como si con el Estado del Bienestar o evitando algunos ritos nos alejáramos de la verdad de la muerte y de la duda. Respiro tranquila cuando me hacen fija en el trabajo, si tengo una casa comprada, cuando tengo la sanidad asegurada, la escolarización y el acceso a los estudios es un derecho, mi pareja y yo nos hemos casado y así tenemos más seguridad de que lo nuestro funcionará… Y así voy montando murallas alrededor de mi seguridad para no dejar que estas dos palabras me alcancen y me llenen de inseguridades y de miedo. Qué diferente de hace algunos pocos años en los que vivíamos como tribus cazadoras y podíamos dar las gracias de vivir un día más. Despertar por la mañana era un regalo. La muerte podía acechar tras esa roca, encontrar comida era un esfuerzo y digno de celebrar, no enfermar o tener un accidente era cuestión de suerte… Y es ese contacto con la muerte, como algo real y cercano, con la sensación de no control, lo que hace que seamos más conscientes de las maravillas de la vida. El viaje va al revés de lo que pone en esas tazas de colores, es la sombra lo que nos deja apreciar la luz.
“Lo único constante es el cambio”
Heráclito
“Lo único seguro es la muerte”
Dicho popular.





