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¿Por qué no consigo cambiar? La importancia de la constancia en la Comunicación No Violenta

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Alicia Manzano - Terapeuta emocional, Experta en Resolución de Conflictos y Facilitadora de Comunicación NoViolenta
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Hola,

mi nombre es Alicia Manzano y soy Terapeuta y Coach Emocional, especializada en resolución de Conflictos y facilitadora de Comunicación No Violenta (CNV).

¿Alguna vez has empezado algo con mucha ilusión, has dedicado unos días a ello y, después, lo has dejado porque no has notado los resultados que esperabas? Quizá te has propuesto meditar, hacer ejercicio, cambiar tu alimentación, aprender un idioma o incorporar una nueva forma de relacionarte con las personas que quieres.

Al principio, todo parece posible. Descubres algo que te interesa, te ilusionas, encuentras ideas que resuenan contigo y sientes que has dado con algo que puede ayudarte. Durante unos días lo practicas. Quizá incluso experimentas algún cambio. Pero después llega la rutina, aparecen otras prioridades, pierdes el entusiasmo inicial y, poco a poco, aquello que parecía tan importante deja de tener espacio en tu vida. Y un día concluyes que no era para ti. Que no te ha servido. Que no has conseguido cambiar.

Pero ¿realmente no te ha servido o quizá no has tenido tiempo suficiente para descubrir lo que podía ofrecerte?

Esta pregunta me lleva a reflexionar sobre algo que considero fundamental, no solo en la Comunicación No Violenta, sino en prácticamente cualquier proceso de aprendizaje y transformación personal: la necesidad de la constancia.

Vivimos rodeados de propuestas, cursos, herramientas, métodos y experiencias que prometen ayudarnos a mejorar nuestra vida. Tenemos acceso a una enorme cantidad de información y podemos probar muchas cosas en muy poco tiempo.

Sin embargo, hay algo que no podemos acelerar tanto: el proceso de integrar lo que aprendemos y convertirlo en una manera diferente de vivir. Y quizá ahí se encuentre una de nuestras grandes dificultades.

Nos acercamos a las cosas buscando un cambio, pero ¿estamos dispuest@s a recorrer el camino?

Cuando algo nos interesa, solemos acercarnos con una expectativa: queremos sentirnos mejor, gestionar nuestras emociones, mejorar nuestras relaciones, dejar de discutir, comprendernos más o encontrar una forma diferente de afrontar los conflictos.

Es natural. Buscamos respuestas porque hay algo en nuestra vida que nos duele, nos preocupa o nos gustaría transformar. Y cuando encontramos una herramienta que parece ofrecernos esa posibilidad, queremos que funcione. Queremos comprobar pronto que estamos avanzando.

El problema aparece cuando confundimos el primer contacto con el verdadero aprendizaje. Leer un libro sobre gestión emocional puede abrirnos los ojos. Participar en un taller puede ayudarnos a comprender por qué reaccionamos de determinada manera. Realizar un reto de unos días puede permitirnos observar aspectos de nosotr@s mism@s que antes pasaban desapercibidos. Todo eso tiene valor.

Pero comprender algo no significa que ya sepamos llevarlo a la práctica cuando más lo necesitamos. Podemos entender perfectamente que es importante escuchar antes de responder y, aun así, interrumpir a nuestra pareja cuando sentimos que no nos comprende. Podemos aprender que necesitamos expresar nuestros límites y seguir diciendo que sí cuando, en realidad, queremos decir que no. Podemos descubrir que detrás de nuestro enfado hay tristeza, miedo o una necesidad insatisfecha y continuar reaccionando con dureza cuando una situación nos desborda.

¿Significa que lo aprendido no sirve? No necesariamente. Significa que hay una distancia entre comprender una idea y poder vivirla, especialmente en aquellas situaciones que despiertan emociones intensas. Y esa distancia necesita práctica.

La Comunicación No Violenta no se aprende solamente conociendo sus cuatro pasos.

Cuando nos acercamos a la Comunicación No Violenta (CNV), podemos descubrir una estructura que nos ayuda a comprender nuestras experiencias y a comunicarnos de otra manera.

Aprendemos a distinguir los hechos de las interpretaciones, a reconocer nuestros sentimientos, a identificar las necesidades que hay detrás de ellos y a formular peticiones claras. Es posible que, al conocer estos cuatro componentes, experimentemos una sensación de claridad. De repente, empezamos a comprender por qué algunas conversaciones terminan siempre de la misma manera. Descubrimos que detrás de nuestras críticas puede haber necesidades que no sabemos expresar. Nos damos cuenta de que, en ocasiones, confundimos lo que ha ocurrido con la historia que hemos construido sobre ello. Y podemos pensar: «Ahora lo entiendo».

Pero después llega una situación real. Tu hija te responde de una manera que te duele. Tu pareja vuelve a hacer algo que habíais hablado. Una compañera cuestiona tu trabajo. Alguien no tiene en cuenta una petición que para ti es importante. Y, en ese momento, no siempre recuerdas los cuatro pasos. Aparece el enfado. Tu cuerpo se tensa. Sientes la necesidad de defenderte, de justificarte o de conseguir que la otra persona comprenda tu punto de vista. Y reaccionas como lo has hecho tantas veces.

La CNV no ha desaparecido. Lo que ocurre es que estás intentando incorporar una forma nueva de relacionarte en situaciones en las que llevas muchos años respondiendo de otra manera. No se trata de un simple cambio de vocabulario. Se trata de aprender a detenernos, observarnos, reconocer nuestras emociones, comprender nuestras necesidades y abrirnos a escuchar las de otra persona, incluso cuando estamos en desacuerdo. Y eso no se consigue únicamente por haberlo comprendido una vez.

La CNV necesita pasar de ser algo que sabemos a convertirse en algo que practicamos.

Y para que una práctica pueda integrarse, necesitamos darle tiempo, espacio y continuidad.

¿Qué ocurre cuando probamos la CNV durante unos días y después la abandonamos?.

En mi trabajo como facilitadora de Comunicación No Violenta, acompaño a personas que se acercan a esta forma de entender las relaciones a través de diferentes experiencias. Algunas participan en retos gratuitos de dos o tres días. Otras llegan a espacios de práctica en los que pueden compartir situaciones reales, observar sus reacciones y explorar otras maneras de comunicarse.

Estos primeros contactos pueden ser muy valiosos. A veces, una sola pregunta abre una puerta. Un ejercicio nos permite reconocer algo que llevábamos mucho tiempo sintiendo. Escuchar la experiencia de otra persona nos ayuda a comprender que no estamos solos en nuestras dificultades. Sin embargo, también podemos encontrarnos con una expectativa que merece la pena revisar: pensar que, después de unos días de práctica, deberíamos ser capaces de gestionar nuestros conflictos de una manera diferente.

Y cuando eso no ocurre, podemos concluir que la CNV no funciona.

Pero imaginemos por un momento que aplicáramos esa misma expectativa a otras áreas de nuestra vida. Si empezáramos a tocar un instrumento durante tres días y después siguiéramos cometiendo errores, ¿concluiríamos que la música no sirve? Si saliéramos a caminar durante una semana y no alcanzáramos la condición física que deseamos, ¿pensaríamos que caminar no tiene sentido? Si leyéramos un libro sobre nuestras emociones y al día siguiente volviéramos a sentir miedo o enfado, ¿diríamos que el conocimiento no sirve para nada?

Probablemente entenderíamos que necesitamos más tiempo, más experiencia y oportunidades para practicar. ¿Por qué, entonces, a veces esperamos que nuestra manera de relacionarnos con nosotr@s mism@s y con l@s demás cambie tan rápidamente?

Quizá porque las relaciones son una parte tan cotidiana de nuestra vida que no siempre percibimos la complejidad de lo que estamos intentando transformar. Llevamos años aprendiendo a reaccionar de determinadas maneras. Hemos desarrollado hábitos, interpretaciones y mecanismos de protección que se activan especialmente cuando nos sentimos herid@s, rechazad@s, cuestionad@s o incomprendid@s.

Cambiar nuestra manera de responder no consiste simplemente en decidir que, a partir de ahora, vamos a hacerlo de otra forma. Necesitamos reconocer lo que ocurre, experimentar alternativas y volver a practicar cuando las viejas respuestas reaparecen. Por eso, antes de concluir que algo no nos sirve, quizá merezca la pena preguntarnos:

¿He tenido tiempo suficiente para practicarlo? ¿Le he dado un espacio real en mi vida o solamente he tenido un primer acercamiento?

No se trata de permanecer en cualquier actividad a toda costa. Se trata de distinguir entre algo que no responde a nuestras necesidades y algo que todavía no hemos tenido la oportunidad de integrar.

La constancia no consiste en hacerlo perfecto.

Cuando hablamos de constancia, podemos imaginar a una persona disciplinada que cumple siempre sus objetivos, mantiene sus rutinas y nunca abandona lo que empieza. Pero esa imagen puede convertirse en una exigencia más.

La vida cambia. Hay etapas en las que tenemos energía y otras en las que apenas podemos atender lo esencial. Aparecen responsabilidades, dificultades, pérdidas, enfermedades y circunstancias que modifican nuestras prioridades. Por eso, para mí, la constancia no consiste en mantener siempre el mismo ritmo ni en cumplir cada día con todo lo que nos hemos propuesto.

Consiste en dar continuidad a aquello que es importante para nosotr@s, adaptando la práctica a las circunstancias reales de nuestra vida.

Si un día no puedes practicar, puedes retomarlo al siguiente. Si un ejercicio te resulta demasiado difícil, puedes empezar por algo más sencillo. Si descubres que necesitas descansar, puedes hacer una pausa sin interpretar que has fracasado. Y si te das cuenta de que el camino que has elegido ya no responde a lo que necesitas, puedes revisarlo.

La constancia no exige perfección. Necesita compromiso, flexibilidad y disposición para volver.

En la CNV ocurre algo parecido. Quizá durante una semana consigues detenerte antes de responder cuando estás enfadad@. La semana siguiente tienes una discusión y reaccionas como antes. Puedes utilizar esa experiencia para decirte que no has avanzado nada. O puedes preguntarte qué ha ocurrido, qué estabas sintiendo, qué necesitabas y qué podrías probar la próxima vez.

La segunda opción no borra el impacto de tu reacción ni significa que todo dé igual. Te permite responsabilizarte de lo sucedido sin convertirlo en una condena sobre ti mism@. Y esa capacidad de revisar, aprender y volver a intentarlo forma parte del proceso.

Practicar cuando las cosas van bien no es lo mismo que practicar cuando algo nos duele.

Hay otro aspecto que me parece especialmente importante.

Cuando realizamos un ejercicio en un entorno tranquilo, podemos tener claridad para identificar nuestros sentimientos y necesidades. Podemos reflexionar sobre un conflicto pasado y encontrar palabras que nos ayuden a comprenderlo. Pero la situación cambia cuando estamos dentro del conflicto. Cuando alguien nos habla de una manera que nos hiere, cuando sentimos que no nos tienen en cuenta o cuando tememos perder una relación, puede resultarnos mucho más difícil acceder a esa claridad.

Por eso, aprender CNV requiere oportunidades para practicar tanto desde la reflexión como desde las situaciones reales.

Necesitamos observar lo que ocurre después de una conversación difícil. Explorar las interpretaciones que hemos construido. Reconocer qué nos ha costado expresar. Escuchar otras perspectivas y descubrir posibilidades que quizá no habíamos contemplado. Y, en ocasiones, necesitamos que alguien nos acompañe en ese proceso, no para decirnos cómo tenemos que vivir, sino para ayudarnos a mirar aquello que nos cuesta ver cuando estamos demasiado implicados emocionalmente.

La práctica también nos permite descubrir que no todas las situaciones tienen una solución inmediata. A veces necesitamos varias conversaciones. Otras veces tenemos que revisar nuestras expectativas, aceptar que la otra persona no está disponible o reconocer que necesitamos poner un límite.

La CNV no garantiza que el otro cambie ni que todos nuestros conflictos se resuelvan como deseamos. Lo que nos ofrece es una manera de comprender lo que ocurre y ampliar nuestras posibilidades de respuesta. Y cuanto más practicamos, más oportunidades tenemos de reconocer esas posibilidades en nuestra vida cotidiana.

La importancia de encontrar espacios donde practicar.

Hay aprendizajes que podemos desarrollar por nuestra cuenta. Leer, escuchar, escribir y reflexionar son recursos valiosos. Sin embargo, algunos aprendizajes se enriquecen cuando podemos ponerlos en práctica con otras personas. La comunicación es uno de ellos.

Podemos leer sobre escucha empática, pero escuchar de verdad a alguien que tiene una perspectiva completamente diferente de la nuestra es otra experiencia. Podemos estudiar cómo expresar una necesidad, pero hacerlo ante alguien a quien tememos decepcionar puede resultar mucho más difícil. Podemos comprender la diferencia entre una petición y una exigencia, pero reconocer cuándo estamos intentando imponer nuestra voluntad requiere observación y honestidad.

Los espacios de práctica ofrecen la posibilidad de detenernos en esas situaciones concretas.

Podemos llevar una conversación que nos preocupa, explorar lo que sentimos, distinguir los hechos de nuestras interpretaciones y buscar una manera diferente de expresarnos. También podemos escuchar las experiencias de otras personas y descubrir aspectos de nuestras propias relaciones a través de ellas. No necesitamos tener las mismas circunstancias para aprender un@s de otr@s. A veces, lo que otra persona comparte nos ayuda a poner palabras a algo que nos sucede. O una pregunta que recibe alguien del grupo nos permite mirar nuestra propia situación desde otra perspectiva.

Y, cuando volvemos a encontrarnos con situaciones reales, podemos comprobar qué hemos podido integrar, qué sigue costándonos y qué necesitamos continuar practicando.

No se trata de acumular más información, sino de crear oportunidades para llevar lo aprendido a la vida.

Por supuesto, cada persona necesita encontrar el ritmo, el formato y el acompañamiento que mejor respondan a sus circunstancias. No existe una única manera de aprender, ni participar en un espacio concreto garantiza por sí mismo una transformación. Lo importante es que, cuando algo tiene sentido para nosotr@s, podamos preguntarnos qué lugar queremos darle y qué necesitamos para sostenerlo en el tiempo.

La constancia también necesita compasión.

Quizá una de las razones por las que abandonamos algunas prácticas es que terminamos relacionándonos con ellas desde la obligación. Empezamos queriendo cuidarnos y acabamos sintiendo que tenemos otra tarea pendiente.

Nos proponemos meditar y nos culpamos cuando no lo hacemos. Queremos comunicarnos mejor y nos castigamos cuando reaccionamos mal. Deseamos cambiar determinados hábitos y utilizamos cada dificultad como una prueba de nuestra incapacidad.

Pero ¿podemos aprender sin tratarnos con tanta dureza?

Desde la CNV, podemos empezar por observar qué ocurre cuando no cumplimos nuestros propósitos. En lugar de decirnos «soy una persona inconstante», podemos preguntarnos qué sentimientos aparecen y qué necesidades no están siendo atendidas. Quizá necesitamos descanso, apoyo, organización, confianza o una expectativa más realista. Tal vez hemos elegido demasiados objetivos al mismo tiempo. O quizá estamos intentando cambiar algo importante sin disponer de las condiciones que nos ayudarían a sostenerlo.

Escucharnos no significa justificar cualquier abandono ni renunciar a nuestros compromisos. Significa comprender qué está pasando para poder tomar decisiones más conscientes.

Podemos mantener un compromiso y, al mismo tiempo, reconocer que necesitamos modificar la manera de llevarlo a cabo. Podemos responsabilizarnos de nuestras decisiones sin atacarnos. Y podemos recordar que aprender algo nuevo implica, inevitablemente, encontrarnos con dificultades.

La constancia que nace del cuidado es diferente de la constancia que nace del miedo a no ser suficientes.

La primera nos invita a continuar porque aquello que practicamos tiene sentido para nosotr@s. La segunda puede llevarnos a mantener una actividad únicamente para evitar sentirnos culpables.

Quizá el reto no sea convertirnos en personas que nunca abandonan, sino aprender a distinguir cuándo necesitamos dejar algo y cuándo necesitamos darnos más tiempo para descubrir lo que puede aportarnos.

Antes de abandonar, quizá puedas hacerte estas preguntas.

La próxima vez que sientas que algo no te está sirviendo, te propongo detenerte un momento. No para convencerte de continuar. No para obligarte a terminar lo que has empezado. Simplemente, para mirar con un poco más de profundidad lo que está ocurriendo.

1. ¿Qué me llevó a empezar?

Recuerda qué buscabas cuando te acercaste a esa actividad o aprendizaje. ¿Qué deseabas cuidar, comprender o transformar?

2. ¿Qué esperaba que ocurriera?

¿Esperabas resultados inmediatos? ¿Pensabas que comprender algo sería suficiente para cambiarlo? ¿Habías imaginado que el proceso sería más fácil?

3. ¿Qué he podido descubrir hasta ahora?

Quizá has aprendido algo importante, aunque todavía no hayas conseguido llevarlo a la práctica como te gustaría.

4. ¿Qué me está costando?

¿Es falta de tiempo, cansancio, dificultad para practicar, falta de acompañamiento o una expectativa demasiado elevada? ¿Hay algo que no encaja con tus necesidades actuales?

5. ¿Sigue teniendo sentido para mí?

Esta pregunta es esencial. No todo lo que empezamos tiene que acompañarnos para siempre. Podemos descubrir que algo no es adecuado para nosotros y elegir otro camino.

6. Si quiero continuar, ¿ qué necesitaría cambiar para poder sostenerlo?

Quizá necesitas dedicarle menos tiempo, encontrar un espacio concreto en tu semana, practicar con otras personas o darte permiso para aprender sin esperar hacerlo perfecto. No necesitas responder a todas estas preguntas de inmediato. A veces, basta con hacer una pausa y escuchar qué aparece. Lo importante es que tu decisión de continuar o dejarlo no nazca únicamente de la frustración de no haber obtenido los resultados que esperabas. Que puedas elegir desde una comprensión más profunda de ti y de tus circunstancias.

Transformar nuestra manera de vivir requiere tiempo.

Hay cambios que podemos realizar en un instante. Una conversación puede abrirnos los ojos. Una experiencia puede ayudarnos a tomar una decisión. Una frase puede ofrecernos una perspectiva que no habíamos contemplado. Pero integrar esos descubrimientos en nuestra vida es otro proceso. Aprender a escuchar sin preparar nuestra defensa. Expresar lo que sentimos sin convertirlo en un reproche. Reconocer nuestras necesidades sin esperar que los demás las adivinen. Aceptar un no sin interpretarlo automáticamente como un rechazo. Poner límites sin utilizar el castigo. Responsabilizarnos de nuestras reacciones sin despreciarnos por ellas. Son aprendizajes que podemos comprender intelectualmente y que, sin embargo, necesitan práctica para encontrar su lugar en nuestras relaciones.

No siempre avanzamos de manera visible. A veces, el progreso consiste en darnos cuenta de una reacción que antes pasaba inadvertida. O en reconocer, después de una discusión, qué nos ocurrió. O en reparar algo que hemos dicho y que ha hecho daño. Quizá durante un tiempo seguimos reaccionando como siempre, pero empezamos a reconocer antes lo que sucede dentro de nosotr@s. Y esa conciencia puede ser el comienzo de una respuesta diferente.

Por eso, me parece importante que no confundamos la lentitud con la ausencia de avance, ni una dificultad con la demostración de que algo no funciona. Tampoco necesitamos permanecer indefinidamente en un camino que no nos ayuda. Necesitamos aprender a observar, experimentar, revisar y decidir. Y, cuando descubrimos algo que realmente conecta con nuestras necesidades y nuestros valores, quizá merezca la pena ofrecerle algo más que unos pocos días. Merece la pena preguntarnos qué ocurriría si le diéramos un espacio real en nuestra vida. Si dejáramos de esperar resultados inmediatos y empezáramos a valorar también lo que vamos descubriendo durante el proceso. Si entendiéramos que aprender no consiste únicamente en incorporar conocimientos, sino en permitir que esos conocimientos transformen, poco a poco, nuestra manera de mirar y de actuar.

Para terminar: ¿a qué quieres darle continuidad en tu vida?.

Quizá llevas tiempo buscando una manera diferente de relacionarte contigo mism@ o con las personas que quieres. Quizá has descubierto herramientas que te ayudan a comprenderte, pero todavía te cuesta utilizarlas en los momentos difíciles. O quizá has comenzado varias veces algo que te importa y te has encontrado con la frustración de no conseguir mantenerlo.

No necesitas reprocharte nada por ello.

Puedes empezar por preguntarte qué quieres cuidar y qué necesitas para hacerlo posible. Porque la constancia no consiste en apuntarnos a todo, acumular experiencias ni cumplir cada propósito que nos hacemos. Consiste, en buena medida, en elegir aquello que tiene sentido para nosotr@s y darle la oportunidad de formar parte de nuestra vida.

A veces necesitaremos experimentar algo nuevo. Otras veces, volver a algo que dejamos a medias. En ocasiones, aprender por nuestra cuenta y, en otras, compartir el camino con personas que también están practicando. No hay una única respuesta. Pero sí hay una pregunta que podemos llevarnos:

¿Estoy abandonando porque he descubierto que esto no es para mí o porque todavía me resulta difícil sostenerlo?

Distinguir entre ambas cosas puede ayudarnos a tomar decisiones más conscientes. Y quizá, la próxima vez que encontremos algo que nos invite a crecer, podamos acercarnos sin exigirnos resultados inmediatos. Con curiosidad, paciencia, disposición para practicar y con la comprensión de que algunas transformaciones no suceden cuando descubrimos algo nuevo, sino cuando empezamos a llevarlo, una y otra vez, a nuestra vida cotidiana.

Porque a veces no necesitamos otra herramienta.

Necesitamos tiempo para practicar la que ya hemos descubierto.

Gracias por leerme

Alicia Manzano

www.aliciamanzano.com

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Mi enfoque de trabajo parte desde una visión integral del ser humano. Somos seres emocionales y esas emociones, repercuten en nuestra salud, física y mental. El saber conocer y gestionar esa parte emocional es algo que no nos han enseñado ni la mayoría de nosotr@s hemos aprendido a hacer. Soy madre de tres maravillosas personas […] Ver más

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