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SECRETOS Y MENTIRAS EN LA INFANCIA.

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BIOGRAFIA HUMANA Laura Gutman.
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Secretos y mentiras en la familia: cuando el silencio también deja huella

Hay familias en las que todos saben algo menos el niño.

Una infidelidad. Una adicción. Una adopción silenciada. Una enfermedad mental. Un abuso. Una muerte de la que apenas se habla. Un conflicto familiar que nadie explica.

A veces el niño no conoce los hechos, pero percibe que algo está ocurriendo.

Escucha conversaciones que se interrumpen cuando entra en una habitación. Percibe la tensión en el cuerpo de su madre. Ve llorar a su padre. Nota cambios repentinos, ausencias, silencios, miradas entre los adultos.

Pregunta y le dicen que no pasa nada.

Y entonces aparece una situación especialmente desconcertante para él: lo que percibe y lo que los adultos le dicen que está ocurriendo no coincide.

Cuando el niño empieza a desconfiar de lo que siente

Los adultos podemos pensar que ocultar una realidad dolorosa es una manera de proteger a un niño.

Sin embargo, el silencio no siempre protege.

Cuando algo importante está sucediendo y nadie lo nombra, el niño tiene que intentar comprenderlo con los escasos recursos emocionales de los que dispone.

Y si aquello que percibe es negado una y otra vez, puede empezar a producirse algo todavía más profundo: deja de confiar en su propia percepción.

«Si mamá dice que no pasa nada, ¿por qué siento que algo va mal?»

«Si todos dicen que papá está bien, ¿por qué lo veo tan diferente?»

«Si esto que está ocurriendo no se puede nombrar, ¿será que tampoco debo preguntar?»

El problema ya no es únicamente el secreto.

El niño puede aprender que hay cosas que ve pero que no debe ver, cosas que siente pero que no debe sentir y preguntas que es mejor no hacer.

Y cuando esta experiencia se repite, la confusión puede terminar formando parte de su manera de estar en el mundo.

Los secretos familiares pueden llegar hasta la vida adulta

Años después, aquel niño será un adulto.

Y quizá tenga dificultades para reconocer qué siente, dude constantemente de sus decisiones o necesite que otros confirmen si tiene derecho a estar enfadado, triste o asustado.

Puede percibir que algo no funciona en una relación y, sin embargo, desconfiar inmediatamente de sí mismo:

«Quizá estoy exagerando.»

«A lo mejor soy demasiado sensible.»

«Puede que me lo esté imaginando.»

No necesariamente recordará un gran secreto familiar detrás de esa inseguridad.

Porque lo que pudo quedar inscrito no fue solamente aquello que se ocultó, sino algo más profundo:

aprendió a desconfiar de su propia experiencia.

A veces lo más doloroso no fue lo que ocurrió

Una separación conflictiva de los padres.
La muerte de alguien querido.
La enfermedad de un hermano.
Una adicción.
Una infidelidad.
Un cambio brusco de residencia.
Problemas graves en el colegio.

Podemos llegar a la vida adulta convencidos de que aquel acontecimiento fue lo que marcó nuestra infancia.

Y, por supuesto, hay experiencias que pueden ser profundamente dolorosas.

Pero en el trabajo terapéutico encontramos con frecuencia otra dimensión que merece ser observada: cómo tuvo que atravesar aquel niño lo que estaba ocurriendo.

¿Hubo alguien que se sentara a su lado?

¿Alguien le explicó lo que estaba pasando con palabras que pudiera comprender?

¿Pudo preguntar?

¿Pudo llorar?

¿Alguien reconoció su miedo, su rabia o su desconcierto?

¿O tuvo que seguir adelante como si nada estuviera ocurriendo?

Porque una cosa es atravesar una pérdida acompañado y otra muy distinta atravesarla emocionalmente solo.

Toda experiencia dolorosa necesita palabras

Las palabras no pueden evitar que nuestros hijos sufran.

No pueden impedir una separación, devolver a quien ha muerto ni hacer desaparecer una enfermedad.

Pero pueden hacer algo extraordinariamente importante: dar sentido a lo que el niño está viviendo.

«Sé que estás asustado.»

«Mamá y papá hemos decidido separarnos. Tú no tienes la culpa.»

«Papá está enfermo y por eso últimamente ocurren algunas cosas que pueden resultarte extrañas.»

«Entiendo que estés enfadado.»

«Puedes preguntarme lo que necesites.»

Cuando un adulto pone palabras ajustadas a la realidad, el niño recibe algo más que una explicación.

Recibe un referente.

Alguien le está diciendo: lo que estás percibiendo existe, lo que estás sintiendo tiene sentido y no tienes que atravesarlo solo.

Por eso las palabras que nombran con cuidado lo que ocurre pueden convertirse, incluso dentro de una experiencia dolorosa, en un profundo gesto de amor.

No se trata de contárselo todo a un niño

Hablar con verdad no significa depositar sobre él información adulta que no puede procesar.

Un niño no necesita conocer los detalles íntimos de una separación, una infidelidad, una enfermedad o un conflicto familiar.

Necesita una verdad que pueda comprender y sostener emocionalmente de acuerdo con su edad.

La diferencia es importante.

Proteger no es fabricar una realidad paralela.

Proteger es permanecer a su lado mientras le ayudamos a comprender la realidad que está viviendo.

Cuando el silencio se convierte en herencia

Porque detrás de algunos adultos que hoy dudan permanentemente de sí mismos puede haber niños que aprendieron demasiado pronto que su percepción no era fiable.

Volver sobre nuestra historia no significa buscar culpables.

Significa recuperar una comprensión que quizá entonces no estuvo disponible.

Poner palabras donde hubo silencio.

Orden donde hubo confusión.

Y empezar a reconocer como propia una experiencia que durante demasiado tiempo tuvo que permanecer sin nombre.

A veces no podemos cambiar lo que le ocurrió al niño que fuimos.
Pero sí podemos dejar de obligarlo a vivir en silencio.

Isabel de la Mata
Terapeuta de Biografía Humana

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