Los cuatro sentidos emocionales: la puerta de entrada al mundo
En el artículo anterior vimos cómo los cuatro sentidos básicos permiten al niño construir una relación segura con su propio cuerpo. Sobre esa base comienzan a desarrollarse los sentidos emocionales, aquellos que le permiten abrirse al mundo y descubrir todo lo que ocurre a su alrededor.
El sentido térmico, el gusto, el olfato y la vista no solo aportan información sobre el entorno. También despiertan emociones, recuerdos y preferencias, haciendo que cada experiencia sea única. A través de ellos, el niño comienza a desarrollar una relación afectiva con el mundo.
Según Rudolf Steiner, estos sentidos constituyen un puente entre la vivencia corporal y el conocimiento del entorno (Steiner, 1998). Su desarrollo dependerá, en gran medida, de la riqueza y la calidad de las experiencias que el niño viva durante la infancia.
1. El sentido térmico
El sentido térmico nos permite percibir el calor y el frío, tanto en nuestro propio cuerpo como en el ambiente que nos rodea.
Con el tiempo, esta capacidad se transforma en una mayor sensibilidad para percibir el «clima» que nos rodea, tanto físico como emocional. El niño aprende poco a poco a sentirse cómodo en diferentes situaciones y a encontrar un equilibrio entre sus propias necesidades y las del entorno (Aeppli, 2015).
Podemos cultivar este sentido permitiendo que el niño experimente de forma natural las distintas temperaturas, evitando tanto la sobreprotección como las exposiciones bruscas. También contribuyen unos hábitos saludables, una ropa adecuada a cada estación y un ambiente cálido, tanto física como afectivamente.
2. El sentido del gusto
El gusto nos permite descubrir los diferentes sabores y disfrutar de los alimentos.
Sin embargo, este sentido va mucho más allá de la alimentación. Con el paso del tiempo se transforma en la capacidad de desarrollar criterio y discernimiento: aprender a distinguir aquello que nos nutre de aquello que no nos beneficia, no solo en la comida, sino también en nuestras experiencias y elecciones (Aeppli, 2015).
Se cultiva ofreciendo una alimentación variada y natural, respetando los ritmos de las comidas y permitiendo que el niño descubra los sabores sin recurrir constantemente a alimentos muy procesados o excesivamente dulces o salados.
3. El sentido del olfato
El olfato posee una estrecha relación con la memoria y las emociones. Un aroma puede transportarnos instantáneamente a un momento de nuestra infancia o despertar sensaciones profundamente arraigadas.
Cuando este sentido madura de forma armónica, favorece una relación más consciente con el entorno y una mayor sensibilidad hacia la calidad de los ambientes en los que vivimos.
Podemos cultivarlo procurando reducir la presencia de perfumes artificiales y otros olores intensos que saturan la percepción.
4. El sentido de la vista
La vista nos permite percibir la luz, los colores, las formas y las distancias. Es el sentido a través del cual recibimos una gran parte de la información del mundo.
Con el tiempo, esta capacidad se transforma en una observación cada vez más consciente y en la posibilidad de apreciar la belleza que existe en nuestro entorno. No se trata únicamente de «ver», sino de aprender a mirar con atención e interés.
El sentido de la vista se cultiva cuidando la calidad de las imágenes que acompañan al niño durante su infancia. Reducir el tiempo de exposición a pantallas, evitar una presencia constante de luces artificiales. Los colores naturales, la luz del día y la belleza de un entorno cuidado alimentan este sentido.
Como señaló Goethe en su Teoría de los colores, el color no solo pertenece al mundo físico, sino también al ámbito de la experiencia humana, despertando en nosotros una vivencia íntima y emocional (Goethe, 1810/2017).
Descubrir el mundo con todos los sentidos
Los sentidos emocionales permiten al niño establecer un vínculo afectivo con el mundo que le rodea. Cada paisaje, cada aroma, cada sabor o cada melodía deja una huella que contribuye a construir su manera de sentir y de relacionarse con la realidad.
Por ello, durante la infancia merece la pena ofrecer menos estímulos, pero de mayor calidad.
En el próximo artículo descubriremos los cuatro sentidos cognitivos y sociales, aquellos que hacen posible comprender el lenguaje, el pensamiento y la individualidad de las demás personas.
Bibliografía para profundizar
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Aeppli, W. (2015). La teoría de los sentidos de Rudolf Steiner aplicada a la educación (5.ª ed.). Editorial Pau de Damasc.
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Bueno, D. (2017). Neurociencia para educadores. Octaedro.
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Goethe, J. W. von. (2017). Teoría de los colores. Editorial José J. de Olañeta. (Obra original publicada en 1810).
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McAllen, A. (1974). The Extra Lesson. Hawthorn Press.
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Steiner, R. (1998). El estudio del hombre como base de la pedagogía. Editorial Rudolf Steiner.







