Esta entrevista está publicada en el libro de reciente aparición de Hilario Ibáñez “Cuando la vida nos vive; una invitación a indagar qué soy”. Librosindie.com. Págs 127-156.

Esteve Humet es sacerdote católico y psicólogo clínico de orientación humanista y transpersonal. Muy marcado vitalmente por la India, donde suele retirarse a menudo. Vive habitualmente en Mallorca aunque mantiene una relación continuada con Cataluña, donde imparte talleres de meditación.

“Como única realidad sólo tienes la Presencia. Tienes historia y tienes proyecto y tú lo asumes, pero sabes que esa nunca va ser la última palabra, que eres un “mandao”, y que el camino lo vas a descubrir presente a presente desde la conexión con el Fondo que te lleva, y sabes que eso es lo único que de verdad vale la pena”.

 

¿Cómo defines espiritualidad o prefieres hablar de interioridad?

Vamos a empezar el tema, pero lo que se me ocurre primero es explicar una anécdota. La contaba el padre  Bede Griffiths, que era un monje cristiano en India, muy buena persona; ya murió, era inglés; él estaba en el Ashram Shantivanam que fundó el padre Jules Monchanin  en el año 1947. Éste era un sacerdote francés que sintió la necesidad de ir a la India a vivir como los monjes hindúes, porque decía que el cristianismo había ganado terreno en la India siempre a partir de la atención a los más pobres, y había entrado en las capas bajas, en los intocables, pero no había entrado en el hinduismo como vivencia espiritual. Su pretensión era entrar también a través de la dimensión contemplativa. Se va a la India con esa idea, pero el obispo le pide que antes de crear su propio ashram atienda una parroquia durante un año. El hombre se va a la parroquia y, para ir conociendo el entorno, va a visitar la escuela. La maestra le saluda, los niños se ponen de pie con mucho respeto, muy formales, y entonces la maestra le dice, “ pregúnteles algo, si quiere” y pregunta a un niño: “oye ¿dónde está Dios?” y el niño, rápidamente contesta “allí” señalando con el dedo hacia arriba.  La maestra, así por lo bajo le dice: “este niño es cristiano”; después hace la misma pregunta a otro niño y el niño contesta: “aquí”, señalando hacia su pecho, “aquí dentro”. La maestra se acercó al sacerdote y le dice: “este niño es hindú”.

Esto, que es una anécdota, es muy significativa de dos enfoques diferentes y complementarios.

A Dios, desde nuestra cultura judeo-cristiana lo situamos como el “todo Otro”, pero siempre afuera. Si en nuestro mapa interno de la realidad espontáneamente, mentalmente, lo situamos afuera, entonces podemos cortar el vínculo con Eso que está fuera y hacer nuestra vida aquí como si Dios no existiera. O quizás podemos sentirnos vinculados, pero siempre con esa imagen de Algo o Alguien que mueve la realidad creada como si fuese una marioneta, con sus hilos. Entonces tú estás aquí y preguntas desde abajo: “¿cuál es tu voluntad?”,  “…ay, pero no te acabo de escuchar bien ¿qué me dices?” y, claro, no sé si lo hago bien, cosa que a menudo  me hace sentir mal, incluso culpable: es la dinámica en la que nos han educado.

En cambio, cuando sitúas a Dios en tu interior, más bien te dices: “Dios es mi Yo más profundo y el gozo de Dios es que él se exprese a través mío y que yo esté vivo”. Siendo yo quien debo ser en el mundo, porque soy único, eso es lo que he venido a realizar… En este sentido soy co-creador con Dios, porque Dios me necesita para crear, para generar realidad concreta, material. Él lo hace a través mío y, en la medida en que estoy ajustado con este fondo y ajustado con el entorno, éste voy a ser yo y ésta va a ser mi aventura… Fíjate qué cambio de enfoque!

En este sentido, espiritualidad  quiere decir conexión con este Fondo, más allá de lo creado, pero que está en mi interior y en mi exterior, naturalmente, porque está en todo… Si espiritualidad quiere decir el conectar con la realidad exterior desde mi propio lugar y al mismo tiempo viendo afuera esta presencia que he descubierto en mi interior, entonces me siento muy cómodo con esa espiritualidad. Si, en cambio, espiritualidad quiere decir desconectarme de la realidad en aras de un Dios que está más allá, en un cielo en el que lo conoceré cuando me muera, ese tipo de espiritualidad me parece poco interesante o atractiva.

 

Lo que pasa es que cuando se habla de Dios desde una cultura como la nuestra, hablamos de una relación personal entre Dios y yo en términos de alteridad.

Puede ser, pero yo veo que el autor anónimo de “La Nube del No-Saber”  habla de ese Más Allá que se nos hace accesible desde el amor. El maestro Eckhart habla de nuestra participación en la esencia de Dios. Santa Teresa, que es muy occidental, habla de su vivencia de unión con Dios. Jesús mismo dice: “el Padre y yo somos una misma cosa”… La gente despierta no percibe a Dios sólo afuera, porque despertar es darte cuenta de  que los límites que te separan del resto de la realidad desaparecen. El dentro y el afuera se diluyen: ¿dónde está el dentro y dónde está el afuera? ¿dónde está el otro y dónde estoy yo?… Te das cuenta entonces de que  juegas con la paradoja: si estás hablando desde el yo individual, desde lo físico y lo psicológico, a este nivel somos dos; es evidente que somos dos y con esquemas distintos. Pero desde el momento en que hablas desde lo que se ha descubierto, lo que se ha despertado en tu propio interior, haciéndote consciente de que formas parte de un todo, de que tu criatura individual -lo que llamaríamos el yo individual-  es una pieza de un todo. Lo que da esa consciencia de conexión, lo que se ha despertado, es el Espíritu, el Yo profundo, el Ser; llámalo como quieras. Eso nos introduce en una especial consciencia de Unidad, que se expresa en la multiplicidad de las criaturas a manera de Presencia subyacente que las une en su diversidad.

Los dos aspectos de la paradoja son verdad. El lenguaje es muy traidor, porque ¿desde dónde estamos hablando? Si mi discurso lo hago desde mi yo pequeño, desde Esteve, que Esteve se pusiera como Dios sería una necedad: “eres una simple criatura!”. Pero que no se descubra divino a ningún nivel, aún es más necedad, porque es negar la realidad, porque, verdaderamente Dios le ha hecho grandioso, a él y a cualquier otra criatura. Fíjate en la experiencia de Pablo: Cristo, Jesús, Hijo de Dios, es la Cabeza, pero nos descubre que nosotros somos el Cuerpo: ¡somos el Hijo de Dios!; no equivalentes o más o menos divinos que él, no es ése el planteamiento. Somos “el” Hijo de Dios. Eso es lo que Jesús ha descubierto.  Y cuando descubre esa realidad, en la medida en que la vive, se da cuenta de que él es mucho más que el Jesús histórico, el individuo Jesús: “Yo Soy desde toda la eternidad…” Ésa es, a mi juicio, la vivencia común de los místicos: ser una Realidad que transciende las individualidades.

 

Entonces, la relación con Dios ¿es una relación personal?

Hablabas de “relación personal” entre Dios y cada uno de nosotros. Cuando hablamos de “persona”, me gusta referirlo a la Trinidad. Hablamos de la Trinidad, las tres personas que son un único Dios. Y cuando nos referimos a ello, a menudo lo hacemos espontáneamente, con una cierta proyección psicológica, como refiriéndonos a tres individualidades, a tres individuos cada uno con papeles distintos, cuando el término “persona” precisamente, a mi juicio, lo que quiere expresar es la dimensión relacional en el Absoluto, que es, en realidad, el referente de nuestro propio proyecto personal. Me explico:

Cuando el niño nace, se identifica con la madre en el interior de la cual ha vivido nueve meses. Acto seguido el niño se va identificando con todo lo que le rodea y si se cae y se hace daño con la mesa, pega a la mesa, porque aún no tiene conciencia de separación, de límite. El proceso del niño es un proceso progresivo, necesario, de individuación que le irá marcando límites respecto a su mundo exterior: va descubriendo que tiene pies, manos, un cuerpo. Y más tarde que tiene fantasía, que tiene sentimientos. En la adolescencia querrá estructurar su ideología particular, sus criterios, sus valores y tenderá a reafirmarse respecto a los padres, a encontrar su propio espacio en el mundo, su propio “ser en el mundo”. Todo eso constituye un proceso de individuación muy válido que marcará quién es él en tanto que diferente al resto de los individuos, con sus capacidades y límites propios. Eso es bueno, porque cuanto mejor hagas ese proceso, cuanto más armónico sea y más descubras quién eres tú, en tanto que diferente del resto de los humanos y del mundo, mejor vas a poder encontrar tu lugar, tu vocación.

Después, ese mismo proceso te va a llevar a abrirte al otro y descubrir la diferencia en la pareja, en las emociones, en el amor, en la sexualidad, y vas a descubrir el mundo y la sociedad y vas a descubrir que vale la pena ser voluntario y servir…Entonces ya poco a poco  te vas dando cuenta de que eres más tú en la medida en que descubres más al otro. Eso es lo que yo entiendo que es el proceso de personalización, que, cualitativamente, da plenitud al anterior proceso de individuación.

 

¿Cuál sería, pues, la plenitud de ese proceso de personalización?

Cuando descubres que tú eres Todo. ¿Cuál es, por tanto, el referente de mi personalidad? La Divinidad misma, que es un “círculo relacional” al que nos referimos al hablar de las tres Personas: El Padre es un puro darse, salir de sí mismo: “Yo soy Tú”. Ese tú es el Hijo, toda la creación…  Hay un mito en la India que dice que Dios estaba solo y se aburría y crea un Tú, que es una proyección de su propio Yo. Y lo crea ignorante de su Origen, para que, a través de un proceso histórico, marcado por el tiempo, pueda descubrirse y reencontrarse en ese Origen…y eso es la historia.

Así pues, el Tú es el Hijo, la Palabra en la cual todo es creado, como dice el evangelio de Juan. A partir de ahí se dará, en la creación, todo un proceso evolutivo de consciencia. Desde la perspectiva cristiana, la cumbre de todo ese proceso evolutivo sería Jesús Resucitado. Ésta es la imagen de Pablo: en Jesús Resucitado toda la creación encuentra su plenitud de sentido y de existencia al reencontrarse en el Origen, después de un largo proceso evolutivo y progresivo de consciencia, de despertar.

El referente de la relación interpersonal, de la plenitud de nuestro ser personal, sería, pues, el Padre que dice “Yo soy Tú”, en un proceso permanente de creación, y la respuesta de esta creación, el Hijo, que, en una rendición absoluta, pura expresión de un Amor total, dice “Abba, Padre”: se pierde en el Padre. Ese Amor unificante sería la tercera Persona, el Espíritu.

¿Qué es, por tanto, lo específico de la personalidad? El permanente salir totalmente de ti mismo. Si hablamos de un “yo” separado de un “tú” estamos hablando de individualidades, no de personas La dimensión personal surgiría en la medida en que yo me pierdo en un Tú, en el marco envolvente del Amor. Ésa es nuestra aventura personal.

 

Es muy interesante todo esto porque en occidente cuando se habla de perderse o de disolver el yo, se habla como de perder la identidad, como de entrar en un proceso de autodestrucción de uno mismo, incluso  psicológico… y no es eso ¿verdad?

Es la metáfora tan oriental de la gota. La gota de agua que se pierde en el océano, ¿se ha perdido? No, simplemente ha roto el límite. La gota ha descubierto que es océano. ¿Ha ganado o ha perdido? ¡Ha ganado!, porque ahora es océano. Ese es nuestro objetivo, estamos hechos para eso. Tarde o temprano volveremos al origen; venimos del Amor, estamos en el Amor y volveremos al Amor. ¿Es que se ha destruido tu yo individual? No, simplemente has roto los límites. Pero es que esos límites ya se empiezan a romper en el momento en que tú miras a una pareja y te enamoras y empiezas a aceptar que esa otra persona entra en tu vida, entonces ya no vale tu único criterio, aprendes a escuchar al otro y descubres un poco perplejo que cuando tú vas de alguna manera matando a tu ego, que quiere decir tu yo separado, eres más rico porque ya tu vida no es sólo la tuya, es también la de tu pareja. Luego, cuando vienen los hijos pasas noches sin dormir, pero dices: es una aventura apasionante, porque ya mi vida no es una vida pequeña, ahora incorporo a mis hijos. Y cuando vas descubriendo que la sociedad te interesa, amplias el campo de tu existencia más allá de tu familia y te das cuenta de que tu yo también se expande.

 

y ese proceso no es un proceso, digamos, moral, ¿no?

Qué va! No tiene nada que ver; no es ideológico, no es fruto de un adoctrinamiento, no es porque a mí el evangelio me ha dicho que he de ser buena persona, etc.,  es  fruto de que no puedo hacerlo de otra manera, porque si no, no soy feliz. Habla con Mercè Riera, el alma del Xiprer, el centro de acogida, y verás qué te dice. Su vida es esa: la sacas de aquí y a esta mujer la dejas sin sentido vital; no, no. Es que ya su vida es esa. Cada vida es la expansión de sí mismo. Su vida es darse a los necesitados de alimento en el cuerpo y en el alma. Me cuesta hablar de ello sin emocionarme…

 

A mí también me emociona porque, claro, es una manera de conectar a través de la palabra con la vivencia y desde la mente no tiene explicación; queremos cuadrarlo y no cuadra.

No cuadra, porque si te abres a esa dimensión tu ego se resiste con uñas y dientes, porque te dice: “oye, ¡es que me vas a matar! si te abres a esa realidad ¡voy a desaparecer!” Y no, lo que va a desaparecer es el control de tu aventura individual desde un mental programado, pero vas a vivir desde otro parámetro, mucho, infinitamente mucho más rico, aunque mucho más arriesgado, porque sales de la categoría temporal y entras en una dinámica diferente a la de las seguridades. Sólo tienes el presente, pero del que te fías cien por cien. Como única realidad sólo tienes la Presencia. Tienes historia y tienes proyecto y tú lo asumes, pero sabes que esa nunca va ser la última palabra, que eres un “mandao” -como dicen los andaluces-  y que el camino lo vas a descubrir presente a presente desde la conexión con el Fondo que te lleva, y sabes que eso es lo único que de verdad vale la pena. Todo lo otro, responder a tu proyecto vital creándote “pequeños absolutos”, pequeños dioses a los que engancharte, sabes que te va a generar dolor, porque ya lo has probado, porque ya lo has vivido como programado, adoctrinado.

Sabes que ese es el proceso de la libertad real y que significa vivir de otra manera. ¿Que vives mucho más en el aire?, naturalmente que sí, pero ¿quién no está en el aire? Es engañarse. “Oye, tengo tantos millones!” Sí, sí, pero ahora te da un ataque de corazón. Llévatelos al otro barrio!… Te engañas… Es mucho más seguro vivir conectado con la Fuente, porque entonces incluso la muerte ya no te da miedo, ya que vivir así es haber muerto ya en vida. Oh, ¿entonces no disfrutas de la vida? Al contrario, mil veces más, porque no te enganchas a nada: todo es bueno, todo es agradable, todo es bonito. Vives fluyendo como un río. Ves un paisaje bonito pero no te agarras al árbol para no perderlo, sino que lo disfrutas y lo dejas ahí y así dejas paso a  nuevos paisajes. ¡Oh, es que vamos a hacernos viejos y el cuerpo cada vez va a perder más vitalidad! Cierto, pero al mismo tiempo notas que el alma se expande cada vez más y estás más cerca del otro lado, hasta que vayamos allá del todo.

 

El mal y el sufrimiento, ¿cómo lo enfocas en esta visión de las cosas?, porque parece que quien llega aquí ya no sufre, todo es bonito y feliz.

No, no, cuidado… La creación está marcada por la limitación. Eso forma parte de la creación, eso es lo que los hindúes llaman “el juego de Dios” ¿cómo interpretar, pues, el límite? Puedes decir: “Hombre, qué mal… qué chasco!”. O puedes decir: “Yo me fio de este Fondo. Me fío porque lo vivo como puro Amor”. No acabo de entenderlo desde la cabeza, porque ella no tiene perspectiva suficiente, ya que se mueve desde las categorías del espacio y tiempo. En el corazón, en el centro de mí, algo me dice: “fíate”, y como me fío, tengo la certeza interior de que todo está como ha de estar, aunque venga marcado por la limitación. El juego de Dios…

Es la metáfora que se usa en oriente: la creación es la “lila”, el juego de Dios. Entonces dices: “Bien, la creación está marcada por el dolor. Todo es cambio; en el otoño caen las hojas, las personas nacen, crecen y mueren; unos animales se comen a otros.  En la creación hay dolor, pero ¿es sufrimiento? Eso es otra historia, porque el sufrimiento es cuando tú, psicológicamente, añades carga al dolor. Tú me das un pellizco ahora y me puedo sonreír, porque entiendo que es una caricia amable, o puedo vivirlo como si fuera una agresión y puedo enfadarme: “¿Por qué me agredes?” Y mañana puedo seguir estando irritado: “¿Cómo quieres que no esté enfadado, con lo que me hiciste ayer?” Esa es una carga que yo pongo a partir de mi propia programación. Una cosa es el dolor y otra el sufrimiento.

Toda la creación está marcada por el dolor.  Si yo vivo y hago lo que me toca, si soy un pez grande y para sobrevivir he de comer peces pequeños, a este pez pequeño se le ha acabado su historia. Así funciona la naturaleza. Sin embargo, los humanos, como nos creemos que por tener cerebro tenemos el control de toda la creación, nos dedicamos a estropear la creación y generamos más dolor del necesario. Y después nos quejamos de que hay catástrofes, sequía, hambre, huracanes! ¿No será que hemos roto la armonía inicial? En este sentido somos más responsables de lo que nos creemos, del dolor causado. Y si yo también en mi proceso personal no soy lo suficientemente armónico y agredo de alguna manera a mi pareja o a mi compañero de trabajo,  pues ahí estoy generando más dolor del necesario, que es lo que llamamos el mal, porque es fruto de una desarmonía. El mal es el fruto de nuestra ignorancia, que nosotros también alimentamos. Pero desde una perspectiva oriental, incluso eso tiene sentido, porque forma parte de la dinámica del tiempo. Cuando miramos la creación fuera del espacio y el tiempo, todo está completo y todo está lleno. Es como una película en la que estamos inmersos.

 

Para reducir el dolor podremos hacer algo y comprometernos para transformar aquello que está causando dolor. Este compromiso, ¿de dónde nace?

El primer compromiso, el básico, el fundamental, el que va a ayudarnos a encontrar la concreción de todo otro compromiso es el descubrirte quién eres tu del todo. En el fondo, es decir, quién es Esteve, quién es Hilario, qué he venido a vivir en el mundo? ¿quién soy yo? ¿qué quiere vivir el Yo soy a través de Esteve? Y en la medida que yo estoy conectado, ese es el gran compromiso, porque ahí yo ya he dado el control de mi existencia a Eso y a partir de ahí ¿cuál va a ser mi trabajo? escuchar a Eso. Y Eso ¿cómo me va a hablar? por dentro y por fuera, de una manera sutil a través de mi propia inteligencia, a través de mi intuición, y también me va a hablar desde fuera, a través de las circunstancias, de las personas, de la vida. Ese es el gran compromiso: estar atento y fluir… y, cuando fluyes, si estás donde has de estar, ahí vas a eliminar dolor, vas a “quemar karma”, que dirían los hindúes, quemar “costra” y vas a hacer que la vida sea más ligera para ti y para los que te rodean y para todo el universo. Pero si dices ¿cómo puedo ayudar a los que están muriendo en la India? Tú sé tú y no te preocupes de más; ya se encargará la vida de irte despojando. Es decir, ya irás encontrando el cómo, pero no te pre-ocupes: tú vive tu yo en plenitud y ya se encargará el Yo Soy de utilizarte.

 

Esto también es difícil de entender. La no acción que dicen los orientales, suena a pasividad.

Es una cuestión de prioridades. Occidente da prioridad al hacer y al tener respecto al ser y Oriente da prioridad al ser: si eres, harás, no te preocupes. ¿Cómo harás? no lo sabes, pero harás. Para mí fue un modelo el ermitaño de Montserrat, el monje Estanislau que vivía retirado y se le criticaba porque no era activo y parecía que rehuía el compromiso, pero yo veía que el  P. Botey que vivía con los gitanos iba a ver al ermitaño, o el P. Xirinacs, que tenía un fuerte compromiso político y social con la amnistía y los presos y el P. Estanislao era un referente para él y venía a estar con él y hacer sus retiros. Quizás es que hemos de vivir esta dimensión de cuerpo místico de una manera más corporativa. Si todos estamos conectados con el corazón, la sangre fluye…Vive tu historia, la que te toca vivir a fondo y no te preocupes respecto a lo que vas a hacer, ya que el compromiso surgirá. Cuando uno se alinea con la Vida, la Vida te toma. Yo me voy a la India  a meditar, pero luego allí vive un abogado con el que contacto y que forma ya parte de mi viaje, que tiene una actividad tremenda. Después, cuando vuelvo aquí me encargo de buscar dinero para facilitar los estudios de sus chicos. ¿Qué ayuda es? poquísima, porque salvas una vida, dos vidas, pero es mi aportación; lo que la vida me pide. Pero por otra parte si ayudas a despertar a otra persona más joven, ésta después ayuda a los demás y se va creando red.

 

Y cómo has llegado hasta aquí? ¿cuál ha sido tu proceso?

Creo que era una buena persona, nacida en una familia de buena gente, con una referencia de Dios vivida con seriedad. Entonces también tú quieres vivirlo con seriedad. Pero, naturalmente, en la época en la que yo fui educado, en los años cincuenta, lo vivía también muy adoctrinado. Vienes, pues, de un proceso de adoctrinamiento fuerte y vas aprendiendo a descubrirte a ti mismo. El encuentro clave fue el encuentro con el ermitaño de Montserrat a mis 19 años (el año 1966). Sentía una inclinación a darme a los demás, y al descubrir a este hombre vi en él una persona que vivía aquella espiritualidad  de la cual me hablaban y que me atraía mucho; veía libertad. Empecé a descubrir el valor de la energía, de lo intocable, pero perceptible a ciertos niveles. Yo veía que aquel hombre respiraba mucha paz. Hablábamos, pero sobre todo teníamos ratos de meditación silenciosa. Cuando me miraba me sentía conocido. Iba con una lista de cosas para preguntarle y la lista se difuminaba luego, porque te ponía en otro estado mental, en otro estado de conciencia. A raíz de este contacto, me dije: “Esto es lo que siento que he de  comunicar. No he de comunicar ideas; he de comunicar vivencias. Yo quiero vivir esto”. Ahí empieza todo un proceso de ir hacia el interior, de buscar lo que mi cabeza no me daba: descubrir este despertar.

A partir de ahí empiezo a conocer, porque él me lo descubre, a Ramana Maharshi. Descubro el camino de la no-dualidad. Entro en un conflicto ideológico. Se me van rompiendo esquemas y es cuando veo que quiero compartir la vida de los monjes. Voy a Monserrat, quiero hacer la experiencia monástica, pero siento que mi vida, a la larga, no está ahí. Me imaginaba más bien viviendo como monje en la India. Es un proceso de ir descubriendo quién soy yo realmente, más allá de lo doctrinal. Luego voy teniendo contacto con jóvenes; surge una comunidad y entonces empiezo a cuestionarme muchas cosas. Comienzo un proceso de trabajo psicológico y hago terapia. Empiezan a caerme esquemas: el compromiso entendido como una obligación psicológica que tú te pones. Me fui dando cuenta de que el verdadero compromiso es contigo mismo: con la Vida. Y a partir de ahí se concreta todo lo demás y si se han de  cambiar cosas, pues se cambia y no pasa nada. Me costó muchísimo, porque me había ordenado sacerdote. Con la cuestión del celibato, me sentí estafado, porque me habían relacionado el celibato con la radicalidad respecto a Dios y fui percibiéndolo bajo una perspectiva diferente; otra cosa es la armonía, la libertad, la relación interpersonal, pero todo eso uno lo va aprendiendo; no nace enseñado y la sexualidad es un aprendizaje, pero yo la había vivido como una castración en aras de vivir a  Dios. Me sentí engañado a los 35 años.

Luego viene Tony de Mello y eso fue el gran descubrimiento. Estuve con él dos meses en la India y sentí un gran respiro. Todo lo que yo intuía, pero que no tenía a nadie para compartirlo, pude hacerlo con este hombre que lo entendía todo, y no sólo lo entendía, sino que lo vivía en un entorno de curas y monjas. Allí todo se hablaba, todo se compartía y… ¡Uff, qué oxigenación! Entonces yo vuelvo de allí con una gran convicción: “¡Ya no me vuelven a hacer comulgar con ruedas de molino!” Llego aquí y me encuentro de nuevo con la Iglesia jerárquica y descubro que ya no me interesa, que esa Iglesia no me transmite libertad.

Estuve diez años de párroco en un pueblecito rural y en la misma parroquia fue creándose una especie de “ashram”. Celebraba mis misas, estudié psicología, pero como me sentía desajustado en cuanto a mi vinculación con el mundo clerical con el que me tocaba convivir, sufrí interiormente mucho, hasta que al final tuve el convencimiento interior que esa etapa se había acabado y me fui.

 

Estos procesos nunca son lineales. Hay rupturas.

Hay momentos que suponen saltos, por dentro y por fuera, pero cada persona es única. Ciertamente hay saltos interiores de despertar y circunstancias exteriores que te dan una sacudida, que te ponen en una tesitura de tomar una decisión, de moverte. No es fácil, es un camino doloroso.

 

Lo que te mantiene en este proceso ¿son las experiencias vividas o es el convencimiento?

Yo soy un dubitativo permanente. Para mí el criterio siempre ha sido ponerme en el silencio: “No soy nada, no puedo nada; guíame”. Luego se trata de estar atento y vas viviendo: es un fluir; ahora intuyes una cosa, después observas otra…Hay una imagen que a mí me ayuda mucho. Es el embarazo. Fíjate: la mujer embarazada sabe que la vida le ha cambiado, ya no es sólo ella, está gestando algo y ya querría verle la cara, pero ha de esperar el momento adecuado. Ha de esperar el kairós, el momento adecuado. Si quieres ver la cara de la criatura antes de tiempo la vas a matar; va a nacer muerta. Si te esperas más tiempo del necesario también te va a nacer muerta o te va a matar a ti; la criatura ha de nacer cuando toca. A mí me ayuda esta imagen, porque soy un impaciente; cuando veo una cosa en mi cabeza quiero realizarla enseguida; pero no, me digo a mi mismo: “gesta, gesta; estate embarazado”, espera el momento, porque algo -el Ser, Dios, dile como quieras- tiene mucha más perspectiva que tú del cuándo y el cómo. Tú intuyes lo que va a pasar, pero deja que vaya fluyendo. Para mí eso ha sido un ejercicio muy duro, aprender a decirme constantemente: “Ahora no toca, ahora no toca”. Sabes que llegará, pero en ese momento aún no toca.

Yo estuve 10 años de párroco rural. Y me decía: “En realidad yo no soy párroco rural, ¿qué hago yo aquí?” Y me respondía: ”Ahora toca estar aquí: estudia psicología, haz grupos”. Me fue fantástico porque pude trabajar mucho con la gente como psicólogo, y disfruté muchísimo. Viví como una experiencia de ashram, al suscitar un espacio de Presencia espiritual y de acogida, así que fue una experiencia muy rica. También participaba del mundo clerical, pero ahí me marchitaba, me ahogaba en normas y reglamentos que favorecen la hipocresía. Por ejemplo, el prohibir que se bautice o se case a personas que no “están regularizadas”. La cuestión de quién puede ser bautizado o casado o admitido a los sacramentos, creo que llega incluso a un punto de crueldad. Tony de Mello lo decía: ¿queréis saber cuál es el gran carisma de la gente religiosa? -y lo decía así con  una cara aparentemente ingenua- ¿sabéis cuál? La crueldad, porque en nombre de Dios se mata la vida… Con toda tranquilidad, matas al Cristo… porque ¡como tienes bien claros los principios! ¿Cuál es el pecado original? comer del fruto prohibido del conocimiento del bien y del mal; ¡ay de aquél que tiene muy claro lo que es el bien y lo que es el mal! Porque muy fácilmente ese va a ser cruel. Desde que me doy cuenta de esto, me digo: no juzgar a nadie… Tu puedes tener dirección, un ideal que conoces, pero hasta que no lo alcanzas estás en camino y en ese camino aprendes y te equivocas y los errores también forman parte del proceso. Vigila que no te equivoques mucho, porque producirás dolor, dolor que habrás de sufrir tú en primer lugar. Percibo que yo ya no quepo en ese entorno ideológico, pero no quepo no porque no me sienta dentro, sino porque siento que he roto los límites; ¿me he ido fuera? No, simplemente es un corsé que no me apetece ponérmelo, porque ya mi ropa me gusta que sea más ligera. ¿Niegas? No, no niego nada; me siento totalmente cristiano; Jesús para mí es un referente potentísimo, que me emociona, pero si a Jesús me lo limitan a esa estrechez, entonces no me interesa.

 

¿Qué recursos pones para alimentar todo esto?.

Intentar ser fiel al presente, pero del todo, no sólo desde la cabeza. Estar, en la medida de lo posible, todo yo ahora. Si estoy contigo ahora no voy a estar pensando qué haré esta tarde. Trabajar, pues, esa capacidad para estar en el ahora. Para mí la meditación me ayuda, pero también me ayuda el hecho de estar, de conectar con lo concreto, porque si no, me voy enseguida a la mente, porque soy más teórico que práctico. Me encanta leer, la fantasía, las películas, todo lo que me puede hacer volar… entonces el concretar, el estar, el ser, me ayuda. Más que eso no te sé decir…

 

¿Qué tipo de meditación practicas?

He ido viviendo mi propio camino. Yo no soy monocolor, no soy “monofocal”. Soy curioso y el P. Estanislau ya me habló del método del mantra, y en particular del mantra cristiano de la oración de Jesús, la que se plasma en el libro “Relatos de un Peregrino Ruso”. Yo empecé con esa oración y siguiendo el mismo método de repetición: “Señor Jesucristo, ten piedad de mí”. Después lo cambié porque el “…ten piedad de mi” me suscitaba culpabilidad. Y me limité a repetir “Señor Jesús”. Durante otro tiempo, estuve también con el “Gloria al Padre, en el Hijo, por el Espíritu Santo”. Ahora ya llevo muchos años que, desde que leí un libro de Almaldás, un monje cristiano indio, repito el mantra “Jesús  –  Abba”, que me gusta mucho.  Es muy cristiano, muy trinitario y muy universal, porque es como si el Ser dijera, en el Amor, en el Espíritu: “¡Hijo!”  Y entonces Jesús, el Hijo, no sólo histórico, sino ya cósmico, responde “Abbá!”. Se cierra, pues el diálogo amoroso en un círculo integrador. Es un mantra que me ayuda y lo uso a ratos, cuando voy en coche, o hago otras cosas; me centra. Luego respiro, estoy en el presente. Cuando me preguntan el método, respondo; “Pues mira, es muy sencillo: respiro. ¿Qué método uso para entrar en silencio? Pues yo qué sé…, cada día es diferente. Si estoy muy distraído, repito el mantra. Cuando medito con un grupo, hago un repaso del cuerpo, tomando consciencia de él para concentrarnos. Como somos luz, como somos parte de un todo, a veces me quedo consciente de eso e intento realizarlo… No te sé decir…

 

Tú tienes experiencia de trasladar una especie de metodología, una manera de hacer surgir esta experiencia a través de las dos vertientes (cristiana y  oriental). ¿Qué elementos pones en juego para transmitir esto?

Fíjate, por eso he empezado por la anécdota, porque la Realidad está en tu interior. Y aquí vinculo lo que es cristiano con lo oriental. Tú puedes utilizar un lenguaje cristiano, invocar a Jesús, pero siempre como en un proceso hacia dentro; no psicológicamente hacia afuera, como un tú. Es un Jesús vivido como desde su Espíritu, que, en definitiva es el fondo de ti mismo. Es conectar  tu  “Yo Soy” con el “Yo Soy” de Jesús, que es un único “Yo Soy”: El Ser, el Padre, el Vacío, el Más Allá. Entonces, claro, en el fondo el lenguaje puede ser cristiano, pero el paso vital  es un salto hacia un vacío, más allá de tu pequeño yo, y eso tiene resonancias muy orientales. Recordemos que Jesús dice: “¿Podéis beber el cáliz que yo he de beber?” Es una invitación a asumir la muerte del ego: “hemos muerto al hombre viejo – dice S. Pablo- para resucitar”. Yo entiendo que cuando habla así se está refiriendo a esto; está hablando de ir más allá de tu yo pequeño. El problema es que todo este lenguaje cristiano no lo hemos sabido leer desde la perspectiva adváitica -no dual- porque siempre hemos partido de la base de que Jesús  es como una especie de “marciano”, que viene de afuera: el Hijo de Dios que es Dios encarnado, pero que después cuando resucita se va de nuevo de este mundo, y eso constituye una historia admirable, pero tan exclusiva que no tiene nada que ver con la nuestra propia. A mi juicio, esa perspectiva es menoscabar, disminuir, el mensaje de Jesús: “…Cosas más grandes de las que yo he hecho, haréis vosotros”. Se ha hecho una lectura muy alejada, porque Jesús mismo nos dice que  somos hijos de Dios y que todo lo que Él vive también lo hemos de vivir nosotros.

 

¿Tu crees que el contacto con oriente hace entender a occidente?

Eso es claro. Mi versión sobre ello es que el mapa del mensaje cristiano es muy tributario del lenguaje judío. El judaísmo era mucho menos evolucionado en cuanto a su lenguaje que las filosofías orientales, porque era un lenguaje muy poco abstracto, era muy concreto. Y la concreción en este sentido es muy peligrosa, porque pretendes expresar en imágenes concretas la revelación: “pueblo elegido”, “tierra prometida…” y eso es muy peligroso, si se interpreta en sentido literal y te hace sentir superior a los demás pueblos. También creo que pasa un poco con el Islam; si no se vigila, se acaba absolutizando la palabra. Es dedo que señala la luna, que conduce a ella, pero no es la luna. Por eso Tony de Mello decía: “ la Biblia, la habéis de leer como si detrás de un página escrita, hubiera un página en blanco: o leéis las dos páginas simultáneamente u os estáis equivocando.”

Yo me doy cuenta de que en Oriente el lenguaje es más abstracto que el judío. Es más cercano a la metafísica. A veces se pierden ahí, y por eso el budismo nace como reacción a  un exceso de lenguaje abstracto, metafísico, y también ritual, del hinduismo. El lenguaje oriental te apunta, creo yo, mucho más directo a la experiencia, porque te habla de despertar. Occidente está muy marcado por el espacio y el tiempo: te sitúa la salvación después de esta vida. La afirmación de la razón como si fuera la dimensión superior de la persona, nos ha llevado a unos avances científicos fantásticos, pero supone una reducción de la realidad humana tremenda, que ha tenido consecuencias graves en la historia de la humanidad.

 

¿Cómo verías tú la educación de la interioridad?, ¿qué elementos te parecen fundamentales?

La pedagoga Montesori ya intuyó a principios del s. XX la importancia de la corporeidad, de  la expresión, para ir conectando con lo interior. En el fondo, es una conexión con el presente. A los adultos se nos escapa, porque hemos desarrollado tanto la razón que acabamos identificados con su funcionamiento de una manera permanente. La paradoja es que para llevar a la persona más allá de su propio yo pequeño, de su propia individualidad, el camino se haga a través del cuerpo, que es lo más denso. Sin embargo, es el modo de desviar la atención de la razón, del mundo emocional, de lo psíquico, que es con lo que todo el día estamos identificados y que es lo que nos gobierna, ya que a través de lo psíquico castigamos, en vez de escucharlo, a nuestro cuerpo: le damos más alimento del que necesita, le ponemos retos excesivos… es como si el psiquismo gobernara toda nuestra historia. La dimensión corporal no la respetamos y tampoco tenemos en cuenta la dimensión espiritual, que es la otra. A veces para empezar a centrarnos hemos de acudir al cuerpo, ¿por qué?, porque el cuerpo está en el presente; te obliga a estar en el presente, y a partir de ahí conectamos con la respiración, y vamos hacia la zona del yo. En ese punto, ya te sitúas más allá de tu propio yo psíquico y empiezas a abrirte a algo que está ahí siempre, de lo que  ya tenías una cierta consciencia, tan espontánea que necesitamos estar atentos para darnos cuenta de ella.

Ramana Maharshi decía que somos como una pantalla en la que se proyecta una película. Estamos tan identificados con la película, que no nos damos cuenta de que somos la pantalla: la pantalla es el Ser. No es que hayas de hacer venir nada nuevo; simplemente quitar, descubrir lo que  lo cubre y darte cuenta “¡Ah! ¡He tenido siempre este tesoro debajo de la cama, he dado la vuelta al mundo para encontrarlo y lo tenía en mí mismo!”. ¡Y qué sencillo es todo y cómo nos complicamos toda la vida y cómo nos creemos que hemos de descubrir nada! De lo único que nos hemos de preocupar es de respirar. Bertrand Russell decía que en la vida lo importante es comer bien, dormir bien e ir bien de vientre; éste era, para él, el secreto de la felicidad… Yo no sería tan prosaico, pero  diría: “respirar en el presente; ahora estoy aquí; esta es toda la vida que tengo”. En la medida en que vives eso, fluyes. Si nos cuesta vivirlo es porque no estamos en el presente.

 

¿Qué autores advaita has leído?

Ramana Maharshi, básicamente, y Ekhart Tolle, como autor moderno. La escuela de los modernos  maestros “advaitines” me la miro con ciertas reservas, aunque hay gente muy seria, como Consuelo Martín o un amigo al que admiro mucho, José Díez Faixat. Lo conocí de joven cuando fue objetor de conciencia, vino por Mas Blanc y posteriormente le fui a ver a Asturias. Es arquitecto, cada día hace  un  paseo por la playa y escribe. Es un advaita muy profundo y sabio. Ha publicado varios libros. Me fío mucho de él.

En cambio, hay una corriente advaita moderna que no tiene en cuenta a quien se transmite. Por ejemplo, Ramesh Balsekar, que era un hombre despierto, pero que se expresaba en términos como “todo está hecho”, con la consecuencia lógica, para el lector espontáneo, de que no  hace falta que ponga nada de su parte. El resultado es que se  solapan los planos de una manera peligrosa y muchos seguidores de esta corriente  se lo han creído, con consecuencias negativas en sus vidas concretas y por eso lo contemplo con un cierto recelo. Se puede estar despierto, tener la conciencia como fuera del tiempo, y decir: “más allá del tiempo todo está hecho”. Eso, que es cierto, vigila a quién y cómo se lo dices, porque quien te oye se mueve dentro de la categoría temporal. Si el mensaje es “todo está ya hecho y lo que sucede no es más que la manifestación del Todo, y lo que hace falta no es más que aceptarlo”, la conclusión es “si mi vida está decidida, ¿para qué voy a mover un dedo?” Eso lleva a una pasividad.

Es algo parecido a cuando se acude a la voluntad de Dios.  Esa mentalidad tan arraigada en ciertos ambientes cristianos…  Yo mismo acudía a ella para interpretar lo que pasaba, hasta que me di cuenta de que la voluntad de Dios no hay que mirarla como si se situase afuera, porque la voluntad de Dios pasa también por mí. ¡Cuidado! ¡mi inconsciente genera realidad!  Puedo decir, lamentándome: “mira lo que me ha pasado!” Sí, pero tú estabas atrayendo estas circunstancias. El Ser está dentro.  Este cambio de enfoque me parece importante. Yo genero realidad. En Oriente dirían que estoy generando “karma”. Cuál es el secreto para que ese “karma” no me sea perjudicial? la indiferencia espiritual: me planteo hacer algo, estoy abierto a una posibilidad y a la otra, ¿qué hago? puedo hacer esto o lo otro. Pido ayuda, escucho a mi interior, escucho también al exterior -circunstancias  exteriores, personas, etc.- y entonces tomo decisiones. Así vas caminando…

 

Claro, esto es muy importante, porque la indagación o la pregunta ¿a quién le pasa esto? te puede llevar a profundizar hasta lo más profundo, o puede hacer que te quedes en la superficialidad.

Claro, claro. En el libro del P. Estanislau hay un esquema que a mí me ha ayudado mucho. Es lo que llamamos “la curva del silencio”: primero te desidentificas de tu cuerpo, después te desidentificas de tu psiquismo.  Es la experiencia de despertar de Ramana, cuando -a los 17 años- escenificó su propia muerte: “Dejo que mi cuerpo y mi psiquismo se muera, y también  mi yo individual;  voy más allá ¿qué hay? El gran silencio… ¡Oh soy todo!”. Es la misma experiencia de Echart Tolle… Pero esta curva, después del proceso de desidentificación, acaba en la encarnación, en la concreción, pero ya despierto. Te ha cambiado la visión, ya que te has despertado a tu identidad última y más real, y en el proceso de encarnación asumes tu yo individual que tiene un nombre propio, asumes tu psicología con todas sus deficiencias, asumes tu cuerpo con todo su proceso de decaimiento presente o futuro, asumes tu historia personal, entras en el tiempo y, entonces, vives simultáneamente las dos dimensiones: la eternidad y el tiempo.

En el lenguaje se ha de jugar permanentemente con esta paradoja, porque somos eternidad, pero también somos tiempo. Una cosa es verdad en el nivel en que es verdad y otra cosa es verdad en el nivel en que es verdad; para reforzar una no niegues la otra, porque vas a forzar los límites, y va acarrear confusión y cierto desquicie de la persona. Los nuevos advaitines, sin quererlo, pueden confundir a la gente. Ellos hablan de su despertar, de que todo está hecho y es verdad… pero hay que vigilar, ya que depende a quién se lo digas puede interpretarlo mal.

 

Este es el punto de crítica que se hace a este movimiento advaita.

…Y tienen razón. Pero, por otro lado, si sólo se destaca la individualidad y la historia individual, se pierde la dimensión de conexión que existe en toda la realidad y se cae en una visión muy reducida de ésta. Y eso lleva a desastres: nos estamos cargando el planeta por esa visión corta de la realidad. Así que, o trascendemos el lenguaje desde la vivencia, o el lenguaje siempre se nos va a quedar muy corto. Yo fácilmente me extiendo hablando, pero me doy cuenta que de lo que de verdad ayuda a la gente a que me entiendan es el callar con ellos. Y cuando hacemos encuentros con grupos, el  proceso es de callar y hablar, callar y hablar. Porque si sólo hablamos nos equivocamos del todo, ya que activamos la mente y nos quedamos ahí: ¡nos encanta que nos den discursos y que alimenten a nuestro ser mental!

 

 El silencio es la gran experiencia, ¿no?

Claro, es la base, ¿por qué voy a la India un mes o más, al año?  Es porque veo que es lo que de verdad me da la consistencia. Si sólo vas a hablar o a dar discursos ¿qué das? El discurso ayuda, pero lo que de verdad convence es la energía desde dónde sale el discurso. Actualmente, cada vez reduzco más mis lecturas a aquellas que constato que brotan del Yo. Todo lo demás noto que, en general, no me alimenta. ¿Cuál es lo importante, tal como dice Tolle en el Poder del Ahora?…”Ante cualquier cosa, párate y respira”, o la página en blanco que decía Tony de Mello. Todo lo demás es alimentar a la mente, alimentar la duda, el problema. La distinción entre misterio y problema de Gabriel Marcel, me ayuda mucho. Problema es cuando tú objetivas algo: cuando te planteas a Dios como problema, lo objetivas, lo sitúas como externo a ti; hay un interrogante, tú lo tienes fuera, entonces miras cómo resuelves el interrogante: con qué proceso, con qué método, etc. Plantearnos lo mismo como misterio es otro enfoque: para explicarlo, nos es útil el cuento oriental de la muñeca de sal, que desea conocer al océano, y sólo lo va a descubrir si se sumerge, si se pierde en el mismo océano. El misterio no es lo que no se puede entender, es lo que no se puede comprender sólo si pretendes hacerlo desde la mente, pero que lo puedes comprender globalmente si te pierdes en él.  Te has de perder; has de pagar ese precio. Es el misterio sólo del iniciado, el que se arriesga a perderse. Esa imagen me gusta mucho.

Cuando conocí a Tony de Mello, me vino todo rodado. Empezaba ese día un retiro de dos meses con religiosos, religiosas y sacerdotes con cargos eclesiásticos, que, como decía él, son los que vale más la pena trabajar para que así no estropeen a los que dependen de ellos. Comimos juntos y le expliqué toda mi vida y me invitó a quedarme, así que estuve dos meses con él. Yo venía de la experiencia de vivir ocho años en soledad. Al cabo de una semana, Tony me dice: “te voy a hacer una propuesta: que en los días que estés aquí no medites ni un solo momento tu solo, únicamente medita en los ratos en que lo hace el grupo, pero cuando estés solo, no medites. Quiero que compartas con la gente, que vivas”. Luego, al final del curso, me explicó: ”Tú usabas demasiado el silencio como unas muletas para compensar tus carencias psicológicas, tu inseguridad, tu miedo, tu autoestima baja”… Ese hombre me cambió la vida; me dio una seguridad en mí mismo tremenda. Una vez más constaté, con este encuentro, que cuando estás conectado, cuando fluyes, la vida te lleva, te da las oportunidades, te pone delante personas o comunidades…

Estamos en una red, y entonces, cuando estás donde tienes que estar en la red, todo está perfecto. Hay que creérselo. Es el misterio. Es perderse, es como soltarse por dentro, dejarse ir en un salto de confianza total. Hay que dar el control de tu vida a la Vida. Somos unos “mandados”, y si te sientes un mandado, nunca sabes nada, ni qué haces ni qué no haces, ni qué pasará contigo. Eso lo vivo claramente en lo concreto de mi existencia, y hasta ahora, no he dejado de tener la certeza de que me cuidan. A nivel de ego, vivir así es estar marcado por la inseguridad, pero si bajas al corazón algo te dice:   ”¿Cuándo te he fallado?”…y surge una seguridad mucho más profunda que el miedo. Tanto, que hace emocionar…

 

Para adquirir el libro que contiene esta entrevista: https://librosindie.com/producto/cuando-la-vida-nos-vive/

Más información sobre la asociación a la que pertenece el autor, Hilario Ibañez: https://camiendins.org/



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1 Comentario
  1. Laia 4 meses

    Un articulo muy interesante. Muchas gracias por la ilustración. Reciba un cordial saludo.

 

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