Hola,
mi nombre es Alicia Manzano y soy Terapeuta y Coach Emocional, especializada en resolución de conflictos y facilitadora de Comunicación No Violenta (CNV).
Hoy quiero volver a hablaros de la Identidad y como la relacionamos con los conflictos que vivimos en nuestro día a día.
Hay momentos en la vida en los que el conflicto no es con otra persona.
Ni siquiera con una situación concreta.
El conflicto es con la identidad que hemos estado sosteniendo durante años.
Una identidad que quizá en algún momento tuvo sentido, que nos ayudó a pertenecer, a adaptarnos o a sobrevivir emocionalmente… pero que llega un momento en que empieza a quedarse pequeña.
Y entonces aparece algo incómodo, profundo y a veces difícil de explicar: la sensación de que ya no queremos ser exactamente quienes hemos sido hasta ahora.
Cuando la identidad empieza a pesarnos.
Muchas personas llegan a procesos terapéuticos o de crecimiento personal con una sensación parecida:
“No quiero seguir siendo así, pero tampoco sé quién soy si dejo de serlo.”
Quizá has sido siempre la/el fuerte.
La/el que sostiene a los demás.
La/el que no da problemas.
La/el responsable.
La/el que cuida.
La/el que entiende a todo el mundo.
Y durante mucho tiempo esa identidad funcionó. Te dio lugar, reconocimiento, pertenencia.
Pero un día algo dentro empieza a moverse.
Empiezas a notar cansancio.
Empiezas a sentir incomodidad.
Empiezas a preguntarte si realmente quieres seguir ocupando ese papel.
Y ahí aparece el conflicto.
El conflicto de dejar atrás una versión de ti.
Cuando hablamos de identidad desde la Comunicación No Violenta, es importante recordar algo fundamental: no somos nuestras estrategias.
Muchas de las identidades que sostenemos son en realidad estrategias que aprendimos para cubrir necesidades importantes:
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pertenecer
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ser vist@s
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ser aceptad@s
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sentir seguridad
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evitar conflicto
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recibir amor
Ser “la/el que no molesta” puede haber sido una forma de asegurar aceptación.
Ser “la/el fuerte” puede haber sido una forma de sostener estabilidad en el sistema familiar.
Ser “la/el que cuida” puede haber sido una manera de garantizar vínculo.
El problema no es haber construido esas identidades. El problema aparece cuando seguimos sosteniéndolas incluso cuando ya no responden a nuestras necesidades actuales.
El miedo que aparece cuando dejamos una identidad.
Cuando empezamos a cuestionar una identidad antigua, el sistema nervioso se activa.
Porque dejar de ser quien hemos sido durante años genera preguntas profundas:
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¿Seguiré perteneciendo si cambio?
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¿Seguirán queriéndome?
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¿Quién soy si ya no soy “esa persona”?
Este miedo es muy humano.
Nuestra identidad no solo nos define internamente, también organiza nuestras relaciones. Cuando cambia, todo el sistema relacional puede reajustarse.
Por eso el proceso de transformación de identidad suele ir acompañado de conflicto interno.
Una parte de nosotr@s quiere avanzar. Otra parte quiere mantener lo conocido.
Y ambas partes tienen sentido.
La mirada de la CNV sobre la identidad.
Desde la CNV no trabajamos para eliminar partes de nosotr@s mism@s, sino para escucharlas.
Cada identidad que hemos sostenido ha tenido una función.
Quizá la parte que quiere seguir siendo “la responsable” intenta proteger estabilidad o reconocimiento.
Quizá la parte que quiere cambiar necesita libertad, autenticidad o descanso.
El trabajo no consiste en eliminar una de las dos, sino en reconocer las necesidades que cada parte intenta cuidar.
Cuando escuchamos esas necesidades con empatía, la tensión interna empieza a suavizarse.
La identidad que estás empezando a construir.
Cuando dejamos de sostener identidades que ya no nos representan, aparece un espacio nuevo.
Un espacio que al principio puede sentirse extraño. Porque la nueva identidad todavía no está clara.
No es algo que decidamos de un día para otro. Es algo que vamos explorando poco a poco.
Empiezas a decir cosas que antes no decías.
Empiezas a poner límites que antes no ponías.
Empiezas a priorizarte en situaciones donde antes te adaptabas.
Y cada pequeño gesto va construyendo una identidad más coherente con quien eres ahora.
Imagina a alguien que ha sido durante años la mediadora de su familia. Siempre ha sido la que calma conflictos, la que escucha a todos, la que intenta que todo esté bien. Pero con el tiempo empieza a sentir agotamiento.
Desde la mirada antigua, dejar de mediar podría sentirse como traicionar su identidad.
Pero si miramos desde la CNV, aparece otra lectura:
Antes mediaba para cuidar la necesidad de armonía.
Ahora también necesita cuidar su necesidad de descanso y autenticidad.
La nueva identidad no tiene que eliminar la sensibilidad hacia los demás, pero sí puede integrar el autocuidado.
Identidad en expansión, no en sustitución.
Una de las claves de este proceso es entender que la identidad no se reemplaza, se expande.
No tienes que dejar de ser la persona sensible para convertirte en alguien frío. No tienes que dejar de cuidar para empezar a cuidarte.
La identidad madura integra más dimensiones. Puedes seguir siendo generos@ y también poner límites. Puedes seguir valorando el vínculo y también expresar desacuerdo. Puedes seguir cuidando y también cuidarte.
Cuando la identidad se amplía, el conflicto interno disminuye.
El duelo de la identidad antigua.
Hay algo que rara vez se menciona en estos procesos: también hay duelo.
Duelo por la versión de ti que durante años sostuvo muchas cosas. Duelo por la seguridad que te daba esa identidad. Duelo incluso por la forma en que otras personas te veían.
Desde la CNV, este duelo se acompaña con autoempatía. Reconociendo que cada etapa tuvo sentido. Que no estás rechazando a tu yo anterior, sino agradeciendo lo que te permitió construir.
Elegir quién quieres ser.
Llega un momento en el que la pregunta deja de ser:
“¿Quién he sido?”
Y empieza a ser:
“¿Quién quiero ser ahora?”
No desde la exigencia, sino desde la conciencia.
La CNV nos invita a tomar decisiones alineadas con nuestras necesidades más profundas y con los valores que queremos encarnar en nuestras relaciones. Y eso implica, inevitablemente, atravesar momentos de transición. Momentos en los que todavía no somos del todo quienes fuimos, pero tampoco estamos completamente asentadas en quienes estamos siendo.
Crecer en comunidad.
Algo que observo cada semana en las Comunidades de Prácticas que facilito, es que cuando alguien comparte este tipo de proceso, muchas otras personas respiran aliviadas.
Porque se reconocen. Porque entienden que no están solas en ese movimiento interno.
Cambiar de identidad puede ser confuso, pero cuando se comparte en espacios seguros, el proceso se vuelve más amable.
La CNV no solo nos ayuda a comunicarnos mejor con los demás. También nos ayuda a relacionarnos con nuestras propias transformaciones con más empatía.
Y desde ahí, la identidad deja de ser una etiqueta rígida.
Se convierte en algo vivo.
Algo que evoluciona con nosotr@s.
Si quieres más información sobre estas Comunidades de prácticas puedes escribirme directamente desde aquí, o visitar mi página web.
Y si quieres leer más sobre este tipo de conflictos de identidad, te invito a visitar mi blog. Puedes hacerlo también desde aquí.
Muchas gracias por leerme.
Alicia Manzano.
www.aliciamanzano.com






