Decía Thomas Merton, escritor, teólogo y activista estadounidense ( 1915-1968) que «Es en la soledad donde uno encuentra su verdadera voz.»
Pero hay dos clases de soledades una es la deseada, y la otra es una soledad obligada por las circunstancias vitales. La primera es una forma de encontrarse con uno mismo, encontrando su verdadera voz que dice Thomas Merton, una soledad elegida y nos ayuda a conocernos mejor.
La soledad obligada ya es otro cantar… una soledad sobrevenida por muerte de un familiar, por separación, por cambio de lugar de residencia, por enfermedad, por el paso de los años… etc… Este tipo de soledad puede llevar consecuencias que no deseamos en nuestro organismo, sobre todo a nivel cerebral.
Es paradójico que en un mundo tan conectado digitalmente, haya una “pandemia” de soledad.
Veamos algunos datos:
En Cataluña y según el “Barómetro de la Soledad no deseada” de 2024 un 18,4% de la población general afirma sentirse solo en el momento actual.
Un 12,6% manifiestan que sufren soledad crónica ( la sienten desde hace dos años o más)
En cuestión de género, en Cataluña ( a diferencia del resto de España donde la soledad afecta más a las mujeres) la soledad no deseada es más frecuente en hombres, un 20,9%.
La soledad afecta de forma muy amplia a los jóvenes en Catalunya; un 28,4% de las personas de entre 18 y 34 años se sienten solas, la cifra más alta por grupos de edad.
A nivel neurobiológico la soledad sobrevenida puede afectar a la memoria. Cuando estamos mucho tiempo solos se puede producir un estrés crónico, y sabemos que en un estado de estrés nuestro cuerpo libera sustancias que pueden dañar áreas del cerebro donde se procesan los recuerdos y la memoria a corto y largo plazo. Esto tiene una incidencia en la capacidad de aprendizaje y procesamiento de información
Algunos estudios revelan que la soledad crónica puede llevar a cambios en la estructura física del cerebro que incrementan el riesgo de desarrollar patologías neurodegenerativas como el Alzheimer y la demencia.
Las personas socialmente activas, muestran una mayor capacidad de resistencia ante la función neurológica.
Sabiendo que la soledad crónica es portadora de estos inconvenientes para nuestro cerebro, ¿Cómo podemos ayudarnos a nosotros mismos?
Quien ha estado y se ha sentido solo sabe que no es tarea fácil salir del círculo vicioso: no querer salir de casa y ni querer hablar con nadie. Hay una acción que propongo habitualmente a mis pacientes. Les digo que vayan paso a paso, y esto es literal.
Les sugiero que vayan a andar un poco cada día, 10 minutos, 15 minutos. Como decía Antonio Machado “ Caminante no hay camino, se hace camino al andar”. Esta puede ser una de las formas de ir saliendo del círculo vicioso. Al poner el cuerpo en movimiento empezamos a generar sustancias cerebrales que nos ayudan a estar más disponibles para darnos cuenta que quizás, hay una esperanza para nuestro penar.
Ir aumentando el tiempo de caminar, encontrarnos con un vecino, hablar con alguna persona en la calle, atrevernos a llamar por teléfono a alguien, hace que podamos ir saliendo de nuestro mundo sombrío.
A veces nos damos cuenta que necesitamos ayuda, que solos no podemos, entonces es el momento de buscar un profesional de la salud y de la ayuda que nos acompañe, que nos preste su presencia y su escucha benevolente a fin de que podamos construir un nuevo mundo en nuestro interior.





