La Dra. Elizabeth Loftus (psicóloga y experta en memoria, con una amplia trayectoria en el ámbito judicial y criminológico) investigó y mostró que recordar no es reproducir el pasado, sino reconstruirlo. Durante mucho tiempo se creyó que la memoria funcionaba como una grabadora: algo ocurría, se guardaba y luego se recordaba tal como fue.
Sus estudios revelaron que los recuerdos pueden cambiar con el tiempo al verse influidos por las emociones, las palabras de otros o por cuándo y dónde los evocamos. Incluso pudo demostrar que podemos estar muy seguros de un recuerdo que no es fiel a lo que ocurrió.
Lo que sugiere la Dra. Loftus es que la memoria no es como un archivo fijo, sino que es un proceso vivo y en constante movimiento.
¿Por qué a veces estamos convencidos de algo que “recordamos” y luego descubrimos que no fue exactamente así?
Por ejemplo, dos hermanos que han vivido juntos con los padres y en la misma casa, de mayores discuten los dos sobre hechos que pasaron y cada uno tiene una versión de la misma cosa. ¿Qué ocurre ahí? ¿Quién tiene razón? Los dos, porque cada uno recuerda según cómo se sintió en ese momento pasado, es decir que la emoción tiñe cómo viviremos posteriormente el recuerdo y cómo lo reconstruiremos.
Nuestros recuerdos no son copias fieles de lo que hemos vivido, sino construcciones. Las investigaciones de la Dra. Loftus cambiaron la forma en que entendemos la memoria: no volvemos al pasado tal como fue, sino que recreamos una experiencia desde el estado mental y emocional presente. Esto implica un giro también en nuestra vida cotidiana, en nuestras relaciones… y también para la terapia
¿Por qué hay experiencias del pasado que vuelven una y otra vez a nuestra mente o incluso como dolores y malestares corporales ( tensión, nudo en el estómago, aceleración, bloqueo) , aunque sepamos racionalmente que el acontecimiento ya pasó?
Cuando una vivencia se vivió intensamente, como dolorosa o estresante, el cerebro puede aprender a mantenerse en estado de alerta, es decir, que el recuerdo no quedó solamente como una historia del pasado, sino como una respuesta automática del sistema nervioso. De ahí que no siempre basta con “entender” lo que ocurrió.
Aunque sepamos que algo ya pasó, el cuerpo no olvida y ciertas partes del cerebro tampoco, porque siguen actuando como si tuvieran que protegernos, es decir que el organismo aprendió a reaccionar.
Cuando el cerebro aprende a funcionar desde la alerta, no lo hace porque esté “fallando”, sino porque intenta protegernos, pero podemos ayudar a nuestro cerebro a autorregularse para salir del modo reactivo ante un peligro que no es tal en el momento presente.
Cuando el sistema nervioso empieza a regularse, las respuestas automáticas se suavizan y la relación con esos recuerdos cambia. No porque se borren, sino porque dejan de activarse con la misma intensidad emocional.
En este sentido, el neurofeedback es una forma de acompañar al cerebro para que observe cómo está funcionando y aprenda, poco a poco, nuevas maneras de autorregularse. Es un proceso respetuoso, no invasivo, que permite que el cambio ocurra desde dentro, a su propio ritmo.
Cuando el sistema nervioso se calma, la memoria también se transforma: lo que antes se sentía presente y amenazador, empieza a ocupar su lugar en el pasado.
Acompañar al cerebro en este proceso es abrir la posibilidad de una relación más amable con lo vivido.





