Los últimos datos del Instituto Nacional de Estadística (INE) y los informes de longevidad del CSIC en este 2026, nos muestra que en España hay un 12,4% de personas que se encuentran en la primavera de su vida, son las personas que actualmente tienen entre 0 y 14 años. El verano lo ocupa un 67,2% de nuestra población con una edad comprendida entre 15 y 64 años. Las personas con una edad entre 65 a 79 años se integran en el otoño vital, un 14,6%. Por último el invierno vital lo habitan un 5,8%, son las personas a partir de 80 años en adelante.
Vamos a hacer un pequeño recorrido por cada una de las estaciones haciendo referencia a los cambios que experimentamos en nuestro cerebro.
La Primavera: Es la etapa de la infancia y la adolescencia, ( de 0 a 14 años) nuestro cerebro florece a toda velocidad creando millones de sinapsis por segundo. Es una etapa del gran aprendizaje, nuestro cerebro es una esponja y a la vez manifiesta una gran inestabilidad, sobre todo emocional porque nuestra corteza prefrontal aún se está formando.
El Verano: Aquí transitamos la juventud y la madurez temprana (15 -64 años) Tenemos las bases para que nuestro cerebro esté en su máxima eficiencia de velocidad de procesamiento, memoria de trabajo y en su punto más álgido en rendimiento físico. Empezamos a buscar la estabilidad.
El Otoño: Entramos en la etapa de la madurez (65 a 79 años). El ritmo de nuestro cerebro puede ir descendiendo, pero tenemos la facultad de ver las cosas de forma más profunda, pudiendo dar paso a la “sabiduría”. Nuestras neuronas ya no van tan rápidas, pero tenemos la posibilidad de contactar ideas y hacer nuevas síntesis. Es la época que quizás perdamos memoria ( el hipocampo pierde volumen). La personalidad se consolida y ganamos en libertad, importando menos lo que piensen los demás. Nuestro cerebro hace una “poda neuronal” selectiva: nos quedamos con lo importante.
El Invierno: entramos en la etapa de la vejez ( a partir de 80 años) . Nuestro cerebro se vuelve más silencioso, (la mielina, la capa aislante de nuestras conexiones cerebrales) se desgasta y los pensamientos viajan más despacio. Nos volvemos más vulnerables a posibles enfermedades, pero también es destacable que si hemos mantenido la curiosidad, la relación social y un buen entorno, esta etapa puede ser pacífica, introspectiva y valiosa.
El invierno cerebral no tiene por qué ser oscuro y frío; si mantenemos la curiosidad y el cuerpo en movimiento ( sobre todo con ejercicio de fuerza), la nieve nos aporta el silencio y una luminosidad tranquila.
Nota: Aunque el INE nos categoriza como ‘mayores’ al llegar a los 65 años (el inicio administrativo de nuestro otoño), la ciencia nos dice que para nuestras neuronas, el inicio del Otoño empieza a ocurrir a los 50 años aproximadamente. No podemos ignorar esta diferencia a fin de proteger nuestra salud.





