¿Cuánto ruido soportamos diariamente?
La Organización Mundial de la Salud ( OMS) sitúa en 50 decibelios el máximo deseable en exteriores durante el día. A partir de 70-75 dB, el ruido empieza a ser molesto y la exposición prolongada puede comenzar a causar pérdida auditiva.
Veamos la cuantificación de algunos ruidos cotidianos más comunes. Sólo una conversación “normal” puede haber entre 60-70 dB, el tráfico intenso en la ciudad podría alcanzar entre 70-85 dB, el ruido en los grandes almacenes cuando vamos de compras oscilan entre 80-85 dB en hora punta ( esto incluye música alta, anuncios) según la OMS estos niveles se acercan al umbral de riesgo soportable.
La contaminación acústica, una epidemia silenciosa.
La epidemia silenciosa de la contaminación acústica es grave, causa enfermedades cardiovasculares, insomnio, estrés, problemas de aprendizaje en niños/as, etc.. Es silenciosa porque se va instalando en nosotros sin darnos cuenta y llegamos a considerar normal cierto umbral de ruido que no es en absoluto normal. La OMS señala la contaminación acústica como el segundo problema ambiental más importante después de la contaminación del aire.
El cerebro y la fatiga cognitiva por exceso de ruido
El cerebro humano identifica y reacciona ante los cambios de sonidos (señales de peligro) , pero le resulta un gran gasto energético filtrar un flujo interminable de información acústica no relevante.
El ruido constante (tráfico de fondo, música en la oficina, etc) obliga al cerebro a llevar a cabo el filtrado atencional. Este esfuerzo produce fatiga mental y una disminución de recursos destinados a tareas cognitivas.
Los estudios demuestran que la exposición continuada al ruido disminuye la concentración provocando irritabilidad y puede llevar a la pérdida de memoria, acabando en un estado de “agotamiento emocional y mental” por el gran esfuerzo de nuestro cerebro intentando ignorar los sonidos molestos.
El silencio, esencial para nuestra salud
Podríamos hablar del silencio desde un punto de vista físico y otro punto de vista experiencial. El físico sería la ausencia total de sonido en el exterior, cosa que es prácticamente imposible de lograr en nuestro planeta. El punto de vista experiencial sería una experiencia de silencio interno mental, es decir, la quietud de la mente, la reducción significativa del nuestro diálogo interno constante, lo que se llama la “cháchara mental”, que viene derivada de nuestras preocupaciones y/o pensamientos intrusivos.
Ambos tipos de silencio se retroalimentan, el silencio externo nos facilita el acceso a nuestro silencio interno. Cuando el cerebro no necesita gastar recursos en filtrar y procesar grandes cantidades de sonidos ambientales, su actividad excitatoria disminuye considerablemente. Justamente esa disminución de excitación cerebral es lo que permite que la mente se calme, y que el diálogo interno disminuya, dando paso a la posibilidad de un estado de calma y restauración.
Experimentar el silencio en nuestra vida cotidiana
Podemos integrar pausas cortas y conscientes durante varios momentos del día (apagar los teléfonos, radios, ordenadores, etc.. ) iniciar con 5 minutos y si es posible ir aumentando.
La cualidad restauradora de la naturaleza: pasear por la montaña o al lado del mar, es un recurso restaurativo muy notable.
Prácticas de meditación y contemplación, con la idea fundamental de escucharse a sí mismo.
Hay mucho que ganar si dedicamos un espacio diario a observar cómo nos sentimos en relación a nuestro silencio externo e interno: Disminución del estrés, mayor atención, menos fatiga mental, potenciación de la memoria, un aumento de la concentración…
Como decía Confucio, pensador Chino, «El silencio es un verdadero amigo que nunca traiciona.»





