Rosario y Esteve Humet en la India

Corría el año 1947, el P. Jules Monchanin, sacerdote francés acababa de llegar a una pequeña aldea del sur de la India donde pretendía iniciar una experiencia de vida contemplativa al estilo de los monjes hindúes, los sannyasis. El obispo del lugar le aconsejó que antes de empezar la nueva vida conviviese con los lugareños como párroco de la pequeña iglesia del pueblo. Durante esos primeros días se acercó a visitar la escuela local y la maestra le recibió invitándole a dialogar con los pequeños estudiantes. Él preguntó a uno de ellos: “¿Dónde está Dios?” Y el niño respondió sin dudar, señalando hacia arriba, hacia el cielo: “Allá”. La maestra comentó al P. Monchanin, discretamente : “Este niño es cristiano”. Acto seguido, el sacerdote formuló la misma pregunta a un segundo niño, pero esta vez la respuesta fue: “Aquí”, señalándose el pecho. Y la maestra de nuevo comentó en voz baja: “Este niño es hindú”.
Esta sencilla anécdota es enormemente elocuente para iluminar el tema que nos ocupa, ya que muestra dos concepciones -dos mapas mentales- que pretenden referirse a la Realidad de manera bien diferente.
La primera que, simplificando, llamaremos occidental por ser heredera de la cultura judeo-cristiana, tiende a contemplar a la Causa creadora, o fundante de todo, fuera de la misma creación, en una transcendencia –un cielo- superior y lejano. La segunda, oriental, que tiende a subrayar la inmanencia de esa Causa fundante, refiriéndose a ella en términos como el Yo Profundo o el Ser de todo.
Aunque complementarias y en cierta manera insuficientes en tanto que meros indicadores de una Realidad que transciende a toda imagen, creo que la segunda concepción nos ayudará más que la primera a explicar la dimensión creadora de todo individuo. El primer enfoque sitúa la “actividad creadora” del Ser como desde fuera, desde su cielo transcendente. La persona humana queda, en cierta manera, al margen de ella. Su tarea vital, si se mueve en ese marco de creencias, consistirá pues en conocer –discernir- la “voluntad de Dios” sobre ella para poder vivir una vida armoniosa i feliz. Pero el riesgo es que, sutilmente, se olvide de contrastar esa “voluntad” con sus propias aspiraciones, capacidades y tendencias interiores.
El segundo enfoque tiene la ventaja, a mi juicio, de no ‘excluir’ al individuo humano del proceso creativo, sino que lo hace co-creador con el Ser o Causa Fundante de todo. Pero en este caso, el proceso creativo será tanto más armónico cuanto más sintonizado esté el individuo humano con ese Fondo donde todo se halla a manera de posibilidad.
Cierto que el ser humano tiene unas potencialidades creativas enormes cuando activa su mente, su mundo emocional, su intuición o su misma fuerza física; lo que llamamos –en una expresión inclusiva de todo ello- el poder de la intención. Pero si ese proceso creativo no está suficientemente conectado con su Fondo, con su Yo Profundo, como su perspectiva es demasiado parcial, corre el riesgo de generar realidad, sí, de crear, pero su creación no surge de una visión global –holística- que tenga en cuenta, no sólo su propio bien individual sino el de todo el conjunto, y no únicamente eso, sino que corre también el riesgo de no responder al despliegue armónico de todos los aspectos de su propio ser individual.
Creer es crear, ciertamente, porque creyendo activamos nuestro potencial creativo. Pero la cuestión clave sería, pues, qué significa creer. Yo diría que aquí creer no se refiere a una mera adhesión intelectual a una verdad o a una realidad, sino que esa adhesión ha de incluir a todo el ser individual, con el que habitualmente nos identificamos: cuerpo, mente, emociones, intuición, inconsciente, etc.
Alguien dijo una frase que ha hecho fortuna: “Vigila qué deseas, porque lo tendrás”. En la misma dirección, decía santa Teresa de Jesús, con un lenguaje más religioso: “Hay más dolor en el mundo por las oraciones escuchadas que por las no escuchadas”. Entiendo que en los dos casos se nos alerta de aplicar nuestro potencial creativo de una manera sesgada o desde una visión corta, demasiado centrada en el provecho individual con una perspectiva corta del tiempo –que no contempla el propio proceso vital global- o del espacio –teniéndonos en cuenta sólo a nosotros o a “los nuestros” con los que nos identificamos-.
Por eso, a mi juicio, la manera adecuada de interpretar nuestro potencial creativo es haciéndolo desde una consciencia despierta a esa Realidad que nos hace sentir unidos al resto de la humanidad, del mundo animal, de la naturaleza y de toda la creación en general. Esa consciencia despierta nos revela una misteriosa Unidad, o mejor, No-Dualidad, con el Todo del que formamos parte, que nos impulsa a activar nuestro potencial creativo sabiendo que nuestro bien real es también el bien del resto de la creación y que no podemos aspirar a uno sin el otro. De lo contrario, por más que consigamos logros momentáneos o parciales continuaremos generando dolor en nuestras propias vidas o/y en las de los demás.
De ahí que la actitud adecuada habría de dirigirse, a mi juicio, en una doble dirección:
– Hacia el interior, conectando con aquella Realidad , aquel Fondo que está más allá de nuestro cuerpo, mente, emociones, etc. –nuestro yo individual con el que normalmente nos identificamos- Fondo donde todo está a manera de potencia, de posibilidad. Así aseguramos esa consciencia expandida que tiene en cuenta el conjunto y no sólo el bien individual, a la hora de activar nuestra intención generativa de realidad, nuestra capacidad creativa.
Hacia el exterior, a través de una actitud de profunda confianza en la Vida que mueve toda la creación, todo el universo, y por tanto, también nuestra pequeña vida individual. Esa confianza es fundamental para apartar el miedo de nuestra existencia. Nuestra vida se convierte entonces en un fluir amable, a veces más abrupto, a veces más calmado, pero siempre –o así lo creemos, aunque no siempre tengamos todos los elementos de interpretación- con sentido.



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